Existe una tablilla de cerámica en la que un escriba,
aficionado a darle al magín, grabó con su punzón de caña sobre la arcilla
blanda, imprimiendo con habilidad los caracteres cuneiformes precisos, la idea
de que el mundo estaba ya saturado de novedades y que a ese paso no quedaría
nada que inventar en su futuro próximo. Era más o menos el año 3000 a.n.e., es
decir, hace 5000 años. Éste tatarabuelo filósofo que escribía sobre sus
rodillas sentado en el suelo en algún lugar del delta de los dos ríos con
hardware tan rudimentario estaba estresado por los cambios que había tenido que
afrontar en su vida y el vértigo lo ganaba. También creíamos que el estrés era
cosa nuestra, pero ca, no habíamos leído las tablillas de barro de hace 50
siglos.
