El efecto
más irritante de la crisis es el crecimiento de la desigualdad. Al tiempo que
decrecen los ingresos de la inmensa mayoría (por la disminución de la actividad,
el encojimiento de salarios y prestaciones sociales y el aumento disparatado
del desempleo) aumentan los ingresos de una aristocracia del dinero, una exigua
minoría de gestores de las grandes empresas y potentados de las finanzas; en
suma, una polarización de la riqueza, a contrapelo de lo que habíamos creído
que era la tendencia natural del progreso, en cuyas claves nos juzgábamos ya versados.