Establece la sharia
(ley islámica) que la mujer debe estar bajo la tutela del pariente masculino
más cercano, padre, hermano, esposo o hijo; que cuando se case su marido puede
golpearla si le desobedece sin otro límite que su buen criterio y deseable
moderación, repudiarla en cualquier momento o casarse con hasta otras tres
mujeres; que cuando herede reciba la mitad que sus hermanos varones y que su
testimonio ante los tribunales valga la mitad que el de un varón. Muchos
islamitas consideran que tales preceptos pretendían y consiguieron proteger a
la mujer, que en el ámbito preislámico de Oriente Medio eran auténticas esclavas,
su testimonio no era válido y en lugar de recibir herencia alguna eran parte de
la herencia de los varones. Podemos admitir esta versión, pero resulta
infumable entonces que los musulmanes no hayan sido capaces en catorce siglos de
seguir dando pasos adelante si es cierto y son conscientes de que tenían el ejemplo
de un Mahoma rompedor de la tradición. Es más, en las últimas décadas se han
dado pasos de gigante pero hacia atrás.
