22 mar. 2017

Progresando hacia atrrás


Establece la sharia (ley islámica) que la mujer debe estar bajo la tutela del pariente masculino más cercano, padre, hermano, esposo o hijo; que cuando se case su marido puede golpearla si le desobedece sin otro límite que su buen criterio y deseable moderación, repudiarla en cualquier momento o casarse con hasta otras tres mujeres; que cuando herede reciba la mitad que sus hermanos varones y que su testimonio ante los tribunales valga la mitad que el de un varón. Muchos islamitas consideran que tales preceptos pretendían y consiguieron proteger a la mujer, que en el ámbito preislámico de Oriente Medio eran auténticas esclavas, su testimonio no era válido y en lugar de recibir herencia alguna eran parte de la herencia de los varones. Podemos admitir esta versión, pero resulta infumable entonces que los musulmanes no hayan sido capaces en catorce siglos de seguir dando pasos adelante si es cierto y son conscientes de que tenían el ejemplo de un Mahoma rompedor de la tradición. Es más, en las últimas décadas se han dado pasos de gigante pero hacia atrás.


Los textos sagrados de las iglesias cristianas no presentan contradicciones menos brutales con los usos y la moral actuales; sin embargo, nadie, o prácticamente nadie, aceptaría tomarlos como guía para la conducta de sus seguidores contemporáneos. Sus mensajes se han relativizado sometiéndolos a la crítica histórica (en parte sólo, no hay que exagerar), y se han secularizado la vida, las leyes y la política, erigiéndose el laicismo en norma básica de la convivencia (sin exagerar tampoco). El islam no ha tolerado el proceso de crítica histórica y se empeña en ignorar que fue el poder político quien fijó el texto coránico haciendo de él un código de conducta, que, como pasa por ser no ya inspirado sino la palabra misma de Dios, se convierte en universal en el tiempo y el espacio.

Las leyes de familia son sin duda el mayor obstáculo en la mutua comprensión y la mayor fuente de recelo entre las sociedades islámicas y las demás, especialmente las occidentales. Sin embargo no parece que se estén dando pasos hacia el acercamiento, antes bien, cuanto mayor es la presión migratoria, mayor y más profunda es la regresión (Turquía, Egipto…), incluso entre los inmigrantes, como muestra la apabullante difusión del velo. Pero los musulmanes no son  per se inmunes al contagio del laicismo y la secularización. Durante el siglo XX se construyeron regímenes laicos o con evidente vocación laica en el N. de África y Medio Oriente, repúblicas que habían desbancado a monarquías obsoletas y desprestigiadas por el proceso colonizador y descolonizador. En todas ellas se reformaron las leyes de familia tradicionales y comenzó un proceso de reconocimiento de derechos para la mujer. El retroceso del velo era claramente un signo del proceso que se vivía desde Afganistán a Marruecos, aunque con islas de conservadurismo radical (Arabia, Emiratos…) o más moderado (Marruecos). En el conflicto de la Guerra Fría estos regímenes se despegaron de la tutela occidental, inclinándose hacia la no alineación o hacia la URSS, lo que no benefició el proceso democratizador que era sólo incipiente y a la larga degeneraron en despotismos laicos, no más despreciables que los religiosos y monárquicos, desde luego. A esas alturas el prejuicio de USA hacia ellos había cristalizado por completo, ayudado por un poderoso catalizador: el conflicto palestino. No se necesitan mayores explicaciones para comprender el proceso, mal llamado de la “primavera árabe” y su siniestro balance, que se basó en la alianza tácita o explícita, da igual, entre USA y los regímenes reaccionarios de la zona para liquidar el primer intento serio de modernización del mundo árabe. Como en los relatos policiacos hay que preguntarse quién se benefició del asesinato para hallar al culpable, sin olvidar que a alguno pudiera haberle salido el tiro por la culata.

La esperanza de que la brecha laica y republicana (Afganistán, Turquía, Egipto, Túnez, Irak, Siria…) con derechos de familia homologables con Occidente,  se consolidara y convirtiera en dominante en un caldo de cultivo democrático, se ha perdido definitivamente. Ahora, la imparable difusión del velo y su radicalización, que llega hasta el burka, vuelve a ser un signo revelador, esta vez de regresión.

Se necesitan poderes laicos allí, si es que aún fuera posible, y que Occidente retire sus manos de la zona si es que no puede dejar de utilizarlas para afianzar y beneficiar sus posiciones estratégicas, manipulando todo lo manipulable y con la miopía que ha venido demostrando desde hace al menos un siglo.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Expresado claramente...