15 mar. 2017

Cien años después

S.Petesburgo, marzo 1917
Ha transcurrido un siglo desde el comienzo de la revolución rusa y los poderes actuales del gigantesco país han renunciado a conmemorarla, prefieren considerarla una gran tragedia nacional y rebajar su impacto con el silencio, del que son cómplices gustosos la mayoría de los ciudadanos. En realidad coexisten en el alma del pueblo ruso de este 2017 emociones encontradas que se sintetizan en una reflexión que se atribuye a Putin: añorar el comunismo es no tener cerebro, pero no lamentar la desaparición de la URSS es no tener corazón. Expresión que se complace en los sentimientos nacionalistas y desprecia el objetivo básico de la revolución que era la liberación de los desposeídos con desprecio de fronteras, estados o naciones. Nada confirma mejor su fracaso.


Tuvo la revolución dos momentos clave: febrero y octubre de 1917. En febrero se abrió la vía hacía un régimen liberal y democrático, primero con el gobierno del príncipe Lvov y después con el socialdemócrata Kerenski. Octubre fue el momento de los bolcheviques, que, después de haber conseguido la hegemonía en los soviets (asambleas ciudadanas) que mantenían a las masas de las grandes ciudades en alerta revolucionaria, dieron el golpe que les hizo dueños del poder (asalto al Palacio de Invierno).

La debilidad de la burguesía local y el hartazgo de una guerra que sembraba el caos en todo el país, pero de la que los gobiernos provisionales no quisieron desengancharse por no perder a los aliados occidentales, condujo al triunfo del radicalismo bolchevique y a que, ya en marzo, se frustrara la posibilidad liberal. Había habido un breve precedente de régimen proletario en Francia durante la revolución de la Comuna (marzo, 1871), para el que Marx advirtió en sus inicios de que no se daban las condiciones para el triunfo (faltaba un partido proletario homogéneo y fuerte, y sobraban proudhonianos, blanquistas y anarquistas en la sección parisina de la Internacional). Después del desenlace trágico se ratificó en el diagnóstico, añadiendo la necesidad de haber desmantelado por completo los aparatos del Estado burgués y llevado las acciones revolucionarias a sus últimas consecuencias; sólo un fuerte partido obrero teóricamente preparado lo hubiera podido hacer. Toda una teoría de la dictadura del proletariado y de rechazo a la espontaneidad revolucionaria. En la Rusia de 1917 sí se daba la existencia de ese partido: era la fracción bolchevique (mayoritaria) del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia).

Quizás la evolución de Europa en la postguerra junto a la segunda conflagración mundial y las habilidades de Stalin para personalizar el poder condujeran inexorablemente a la burocratización y ritualización de la revolución, situación prolongada en un estéril proceso de huida hacia adelante que acabó en el 91 con una sorprendente implosión y marcha atrás. Los esfuerzos económicos de la guerra, la reconstrucción, la industrialización, la Guerra Fría y la carrera espacial, fueron para el capitalismo elementos de desarrollo y crecimiento, de oportunidades para una clase empresarial ávida de beneficios; pero, seguramente, para un régimen de mercado centralizado, dirigido por una masa funcionarial dependiente de instancias políticas, que registra rendimientos decrecientes conforme la revolución se aleja en el tiempo, fueran una carga acumulativa absolutamente insoportable. Lo cierto es que 69 años después de su fundación, 74 de la revolución, la URSS expiró sumida en el caos económico y político incapaz de seguir conviviendo y compitiendo con el mundo capitalista. Lo peor es que las sociedades que dejaron atrás en todos los países del Este resultaron estar muy lejos de los estándares de bienestar de las de Occidente. El ejemplo de las dos Alemanias es sintomático.

El impacto de la revolución fue inmenso en el Mundo, en Europa en particular, a lo largo del siglo XX; por lo mismo, el vacío que ha generado su fracaso todavía se percibe con fuerza. De hecho su mayor logro fue la reacción del capitalismo que, por un reflejo de supervivencia, acepto reformas y se implicó en la creación del Estado del bienestar, protagonizado por la socialdemocracia, en un intento, en buena parte exitoso, de superar la lucha de clases que amenazaba su existencia misma. Este fenómeno y la evolución tecnológica (sobre la que Marx, después de la frustración de la Comuna, empezó a fijar su atención como protagonista del cambio) han difuminado los límites de las clases que definiera la revolución industrial. Todo ello anuncia un nuevo mundo pero también un notable desconcierto sobre el valor de la izquierda y la revolución como método de avance. Incluso sobre qué significa avanzar, sobre el sentido del progreso que tan claro tuvieron las generaciones precedentes.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un artículo muy interesante...