Cuenta F. Savater en
un reciente artículo en el País que la asamblea ateniense votó en una ocasión una moción que proponía abandonar la democracia. Sin duda la realidad conseguida no estaba a la altura
de sus sueños. Y es que la democracia no hace milagros. Con toda probababilidad
el bienestar (económico) no es hijo de la democracia sino a la inversa. No es
que en Occidente se hayan conseguido las máximas cotas de bienestar porque se
han practicado políticas democráticas, sino al revés, aunque es cierto que la democracia puede dar a continuación pinceladas nada despreciables. En los setenta, al
comienzo mismo de la Transición, en una asamblea de jornaleros alguien aseguró
que la democracia iba a acabar con el paro de inmediato; aún recuerdo las
caras de los concurrentes cuando insinué que eso podía no ser necesariamente
así. Con democracia o sin ella los problemas persisten si no se aplican los
remedios adecuados; incluso con ella puede que tengamos que soportar con frecuencia
irritante a mandatarios mediocres, conflictos internos insistentes y, desde
luego, por la propia naturaleza del sistema, los problemas se hacen más
visibles. Sin embargo, nos proporciona algo que no podemos encontrar de ninguna
otra manera en sociedad: la completa dignidad de ciudadanos. La contrapartida
es la participación y la responsabilidad de elegir. Ambas pueden ser duras.
Ninguna es un juego.
