19 abr. 2017

Suicidios democráticos


Cuenta F. Savater en un reciente artículo en el País que la asamblea ateniense votó en una ocasión una moción que proponía abandonar la democracia. Sin duda la realidad conseguida no estaba a la altura de sus sueños. Y es que la democracia no hace milagros. Con toda probababilidad el bienestar (económico) no es hijo de la democracia sino a la inversa. No es que en Occidente se hayan conseguido las máximas cotas de bienestar porque se han practicado políticas democráticas, sino al revés, aunque es cierto que la democracia puede dar a continuación pinceladas nada despreciables. En los setenta, al comienzo mismo de la Transición, en una asamblea de jornaleros alguien aseguró que la democracia iba a acabar con el paro de inmediato; aún recuerdo las caras de los concurrentes cuando insinué que eso podía no ser necesariamente así. Con democracia o sin ella los problemas persisten si no se aplican los remedios adecuados; incluso con ella puede que tengamos que soportar con frecuencia irritante a mandatarios mediocres, conflictos internos insistentes y, desde luego, por la propia naturaleza del sistema, los problemas se hacen más visibles. Sin embargo, nos proporciona algo que no podemos encontrar de ninguna otra manera en sociedad: la completa dignidad de ciudadanos. La contrapartida es la participación y la responsabilidad de elegir. Ambas pueden ser duras. Ninguna es un juego.


Vivimos un momento que recuerda aquella asamblea griega. Da la impresión de que en un país tras otro se está formulando la pregunta que se hicieron los atenienses tantos siglos atrás. Y lo alarmante es que la respuesta afirmativa va ganando posiciones claramente. El reciente referéndum turco ha sentenciado a la única democracia en país de mayoría musulmana, que, además, contaba con una ya larga y esperanzadora práctica; recuerda el suicidio político de los alemanes e italianos de entreguerras. Los turcos han preferido un caudillo a la responsabilidad de elegir cada día (en España soportamos un caudillaje de 40 años por la misma dejación de responsabilidades, aunque no se iniciara con una consulta precisamente).

La marea populista con sus propuestas de voladura de la democracia representativa, su denuncia de los cuadros y estructuras políticas como ‘casta’ (o ‘tramas’) con sus escondrijos, su querencia por el culto a la personalidad, caldo de cultivo del caudillaje, no hace sino promover el suicidio democrático. Si hubiéramos llegado al punto de pleamar todo estaría bien, podríamos tomarnos estos sobresaltos como una purga necesaria; pero ¿y si la marea continúa subiendo? De momento tenemos ya en el pescante del país más poderoso y prestigioso del mundo a un personaje notable sólo por su ignorancia, histrionismo y bravuconería, encaramado allí por el pueblo soberano que vio en él al salvador que recuperará las virtudes perdidas de la nación, levantará muros contra la inmigración y aplastará a la casta, sin que nadie haya visto contradicciones entre sus propuestas y su vida privada, aunque saltan a la vista de un ciego. Su oratoria de charlatán de feria se ha dejado oír en el momento oportuno y ha sido escuchada. 

Las crisis políticas suceden siempre a las económicas como una secuela inevitable. Los historiadores saben que es cuando comienza la recuperación cuando el descontento, que ha ido cristalizando lentamente, hace eclosión provocando la ruptura. Estamos en ello.

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Un gran artículo...

Manuel Reyes Camacho dijo...

Un caos político que, a mi modo de ver, viene de que estamos viviendo un cambio de era estamos pasando de la era industrial a la robótica (intento escribir un articulillo sobre el tema. A ver si soy capaz de enjaretarlo). Hoy las máquinas no nos ayudan en el trabajo, NOS SUSTITUYEN, y esto crea una situación de pérdida irreparable de puestos de trabajo que abocará hacia cambios sociales tan profundos como los que hubo cuando la revolución industrial. Sin embargo los políticos, o no lo comprenden, o callan porque no saben qué decir y menos qué hacer.