10 abr. 2017

Aislacionismo y globalización



La pasada semana hizo justo cien años que EE.UU. declaró hostilidades a las potencias centrales después de que Alemania desencadenase la guerra submarina en el Atlántico, lo que suponía el hundimiento indiscriminado de todo lo que flotara (la tecnología del momento no daba para mayores sutilezas); el alto mando alemán estaba convencido de que la acción asfixiaría a los aliados por falta de suministros antes de una más que previsible intervención americana. Efectivamente el hundimiento de numerosos barcos propios convenció a los americanos de lo ineludible y urgente de la intervención, lo que se produjo antes de la profetizada asfixia. Eso cambió el signo de la guerra, pero también de la política ancestral de EE.UU. y de las relaciones internaciones en el futuro, abriendo el siglo americano.


Desde sus inicios, a finales del XVIII, la novel república americana optó por mantenerse al margen de los conflictos europeos, de lo que hay constancia en los escritos y acciones de Washington, Jefferson, etc. La independencia había sido en parte hija de las guerras coloniales hispano-franco-británicas, pero la nueva nación se hallaba rodeada de colonias de las tres viejas potencias y nada garantizaría mejor su seguridad mientras se consolidaba como Estado que mantenerse neutral.

Con muy escasas fisuras el aislacionismo político fue la estrategia básica que mantuvo EE.UU desde su fundación hasta la primavera de 1917, más de un siglo. Terminada la Gran Guerra, Wilson, que había metido a los americanos en el conflicto, pero que también había elaborado los principios idealistas y democráticos con los que debería construirse la paz, no logró que el legislativo aprobara el Tratado de Versalles ni la entrada en la Sociedad de Naciones, prácticamente obra suya. Estados Unidos volvía al aislacionismo, intentando demostrar que la ruptura en la política tradicional había sido una excepción.

Tan sólo una generación después los acontecimientos lo desmintieron: el estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939) y, sobre todo, el ataque de Japón (Pearl Harbour, 1941) sacó definitivamente a EE.UU de su política ancestral. No sólo intervino decididamente en el nuevo conflicto, sino que a su finalización asumió el liderazgo en la reconstrucción, en el establecimiento del nuevo orden político y económico y en el enfrentamiento de la guerra fría que estalló inmediatamente después de las capitulaciones.  El siglo XX ha sido el de la incontestable hegemonía USA, estimulada, más que puesta en cuestión, por el enfrentamiento con la URSS.

Pero hace aproximadamente 25 años comenzaron a mostrarse los primeros síntomas de cansancio: el presidente Clinton retiro a las tropas americanas de Somalia tan pronto se produjeron los primeros muertos americanos; se mantuvo impasible ante la matanza de Ruanda, que conmovió al mundo y evitó la intervención en Yugoslavia. El papel de gendarme universal empezaba a pesar.

El presidente Obama ganó las presidenciales del 2008 prometiendo la salida de Irak y la liquidación de los conflictos armados de la época Bush. La reacción dentro del Partido Republicano ha sido la de llevar el aislacionismo más allá, criticando la acción en Siria y buscando el entendimiento con Rusia. El presidente Trump ha hecho gala de esa política hasta ahora. El bombardeo con misiles de esta semana, como represalia por el uso de armas químicas por parte de al-Asad, se ha presentado como necesario para la seguridad nacional, el argumento con el que Washington justificó siempre cualquier agresión por su parte, lo que muestra que Trump no está muy lejos de las vacilaciones de sus antecesores en este terreno. De hecho la creciente aversión al riesgo de los gobiernos americanos de los últimos años no es más que un reflejo de la opinión pública, que expresa reiteradamente en los sondeos el deseo de que se atiendan más las demandas internas que los problemas en Oriente o en cualquier lugar del Mundo. Además, los avances tecnológicos recientes (fracking, renovables…) han permitido al país cubrir buena parte de su demanda energética con recursos propios, hundir el precio del crudo y reducir su valor estratégico, lo que redunda en un menor interés por la intervención exterior.

Está por ver si la nueva administración continuará complementando estas alertas aislacionistas con el proteccionismo que anunció Trump en su campaña y que ya se ha insinuado con la ruptura del acuerdo Transpacífico, pero que puede continuar con el de las Américas y con el TTIP con la UE. Si así fuera el aislacionismo habría triunfado de nuevo en plenitud.

Estoy convencido de la necesariedad histórica de la globalización y su progreso incontenible, así que sólo puedo ver este fenómeno en USA como regresivo y peligrosamente retrógrado para América y para quien se empeñe en seguirlo; aunque, por otro lado, el abandono del papel de gendarme universal es de aplaudir, lo protagonicen los demócratas o los republicanos, aun requiriendo un esfuerzo de responsabilización (y económico) en sus aliados.