La democracia directa ha sido siempre, al menos desde tiempos de
Rousseau, una utopía política que se inspiraba en la democracia ateniense,
aunque se obviara que el derecho de ciudadanía se lo reservaba allí un escaso
20% de la población. La mayor objeción que se le ha opuesto al sistema es que
en los estados modernos se presenta una imposibilidad técnica por el volumen de
la población y la extensión de los territorios. De hecho, argumento tan
contundente devaluaba cualquier otro en contra. Sin embargo, la historia del sufragio
y, por tanto de la democracia, está llena de barreras y de cautelas encaminadas
a filtrar, a frenar la voluntad espontánea de los ciudadanos, de las que el
sistema representativo es sólo una parte.