En España siempre tuvimos un problema con las élites a las
que percibimos escuálidas, frágiles y ralas en comparación con vecinos de
nuestra envergadura. Ortega que reflexionó mucho, a veces con acierto, sobre
los problemas de nuestro colectivo nacional vino a decir en cierta ocasión (no
tengo la cita a mano) que lo trágico de España no es que la inquisición quemara
a los heterodoxos importantes sino que no hubiera importantes heterodoxos que
quemar y cuando apareció alguno de fuste, como Servet, nos lo quemaron fuera. Seguro
que no conservé la literalidad ni el tono pero sí el contenido. De la escasez
de créme, aunque sea de heterodoxos,
hoy podríamos echarle la culpa al sistema educativo y ratificarlo con las
evaluaciones PISA. Pero ¿Y cuando no existía PISA ni enseñanza reglada alguna
que echarse a la boca, o al caletre? El pensador habla del Santo Oficio que
desapareció allá por los comienzos del XIX, ya caduco y sin candela para
encender hogueras desde hacía más de un siglo. Por cierto, un ejercicio
saludable sería dejar de echarle la culpa de todo a la Inquisición, incluso se
podría intentar una rehabilitación: por ejemplo, cuando toda Europa quemaba
brujas a millares los inquisidores españoles desdeñaban condenarlas porque más que
auténtica connivencia con el maligno veían en su actividad simple ignorancia.
Quizás estaban demasiado ocupados con los judaizantes, pero es un detalle ¿no?