La
sociedad humana a lo largo de los milenios de su existencia ha acumulado un
patrimonio colectivo cuyos beneficios corresponden a todos y cada uno de sus
componentes. Sin interferencias injustificadas ese legado debería bastar para garantizar
una existencia digna a todo humano allí donde resida y proceda del grupo que
proceda.
La civilización, o la cultura, es un proceso acumulativo y
dado que todos los humanos que hoy pueblan el Mundo proceden de ancestros comunes,
los herederos de todos los logros de la raza humana hasta el día de hoy son
todos sus miembros, no sólo los más poderosos, que, de hecho, han monopolizado
esos bienes y se esfuerzan por asegurárselos para el futuro. Cualquier progreso
tecnológico o científico de hoy, por muy bien que esté identificado su autor,
no sería posible sin los millones de pequeños o grandes pero anónimos avances
sucesivos y acumulativos que ha generado la humanidad desde el principio de los
siglos. Cualquier propiedad sobre cualesquiera bienes sólo es posible porque lo
permiten unas leyes que derivan de una coyuntura sociopolítica concreta,
siempre susceptibles de ser abolidas en nombre de otros principios más justos.