Se ha dado un salto cualitativo en el debate sobre la enseñanza, porque nadie
hasta ahora había cuestionado su gratuidad y obligatoriedad si no era para
ampliar su ámbito; sin embargo, la muy liberal presidenta de la Comunidad de
Madrid, aprovechando las obligadas economías a que obliga la crisis, se ha
permitido plantear la duda sobre si acaso no sería conveniente replantearse la
gratuidad de algún tramo. El revuelo producido ha obligado a alguno de sus
correligionarios a asegurar que no habrá modificaciones en ese sentido, de
ganar el PP las elecciones, pero a todos nos ha llegado con nitidez el mensaje
de que el asunto es materia de discusión (en el mejor de los casos) entre
ellos.
Decía recientemente un
comentarista político que los notables se sienten libres para luchar por el
mantenimiento de sus privilegios porque las clases populares han perdido
capacidad de intimidación con el derrumbe de la izquierda política y sindical.
La enseñanza pública se sostiene con los impuestos de todos, mucho más injustos
de lo que debieran, pero de todos. Las clases altas tienden a considerarla como
un despilfarro porque ellos no la utilizan, pero la pagan; genera un nivel de
fracaso escolar elevado (piedra de escándalo para los que no tienen en cuenta
el fracaso social que lo alimenta), que es utilizado para cuestionar su
eficiencia; y es igualitaria y niveladora, lo que contrasta con los fundamentos
existenciales e ideológicos de tal grupo.
Un poco de historia para aliñar
el discurso. El desenlace de la guerra civil, en el sentido que todos conocemos,
supuso la mayor ruptura de continuidad en el desarrollo de la educación desde
la Ley Moyano (1857). En
primer lugar la “depuración”, que afectó a dos de cada tres maestros o
profesores de instituto y universidad, muchos de los cuales fueron fusilados
(¿6000?); se redujo drásticamente la oferta de plazas al cerrarse muchos
centros, sobre todo institutos de enseñanza media; por último se cambiaron las
bases ideológicas, sustituyendo los objetivos laicos y progresistas, propios de
la República, por el ultraconservadurismo y catolicismo excluyentes (sobre este
tema: página
del Caum ). El resultado fue una enseñanza primaria (6 a 12 años) que se
repartían el Estado (gratuita) y la Iglesia (de pago, aunque algunas órdenes la
compaginaban con una enseñanza asistencial, separando estos alumnos de los de pago);
una enseñanza media sin conexión con la primaria (examen de ingreso a los 10
años) en institutos y centros de la Iglesia, que se distribuían en la proporción
de 17% a 40% respectivamente (INE, 1960), el resto “libres”, por vivir
mayoritariamente en zonas rurales a las que ni la Iglesia ni el Estado atendía.
La interacción entre ambas entidades era notable: la Iglesia supervisaba
moralmente (profesores de religión y “directores espirituales” en los centros y
“nihil obstat” en los libros de texto, mientras el Estado controlaba académicamente
en los exámenes de ingreso y las dos revalidadas). En la enseñanza media y
superior los alumnos procedían masivamente de las clases medias(1) y
altas salvo una exigua minoría de becarios, y como los institutos eran
prácticamente gratuitos y la universidad cobraba tasas muy por debajo del costo
del puesto escolar, ambas constituían un regalo para este sector, con los
impuestos de todos. Que yo recuerde ningún liberal protestó entonces, tiempos
durísimos económicamente, por tamaño desaguisado. Hay que puntualizar que sólo
había institutos en las capitales de provincia, salvo alguna excepción, por lo
que la población rural (casi 45% en 1960) sufría muy duramente la
discriminación. Con mínimas variaciones, impuestas más por los cambios sociales
que por voluntad de los dirigentes, esta tónica se mantuvo durante todo el
periodo.
La Ley
General de Educación de 1970, en la agonía del franquismo, impuso un cambio
importante, pero fue la Transición con la política de construcciones escolares
y contratación de profesores (Pactos de la Moncloa),
y la LOGSE
(gobierno socialista), los que asentaron unos principios verdaderamente
democráticos con la universalización, la obligatoriedad y la gratuidad desde
los 6 a los 16 años; por primera vez la enseñanza era un derecho al alcance de
todos -no
entro en la polémica sobre la discutida bondad técnica de la LOGSE y sus
sucesivas modificaciones porque no es el objeto de éste artículo-.
En esas estábamos cuando se
introduce malévolamente la duda sobre la viabilidad del sistema. En aquel
tiempo, por razones ideológicas, se entregó el mando a la Iglesia, hoy se le
intenta regalar al mercado del que la muy liberal presidenta es devota
ferviente, y en cuyo altar está dispuesta a sacrificar lo que sea menester de
derechos ajenos. Yo no me he resistido a invitar a los interesados a que echen
una mirada hacia atrás, para que no se nos vaya a olvidar de dónde venimos y
para que no permitamos poner en cuestión uno de los pilares de la democracia: la
enseñanza universal, gratuita y obligatoria hasta las puertas de la edad adulta.
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(1) El concepto de “clase media” ha variado mucho. En la
época que trato se limitaba a los profesionales y a los medianos propietarios
agrícolas, industriales y comerciantes.




