2 ago. 2010

De clítoris y prepucios

Abraham selló un pacto con Yahvé, por el que se le prometía ser padre de una muchedumbre de pueblos y la tierra de Canaán a cambio de que él y los varones de su casa se circuncidaran; se cuenta en el Génesis, 17:3/14. La curiosa práctica pasó así a ser distintivo del pueblo elegido. La verdad es que de no ser por la ausencia total de sentido del humor en la divinidad bíblica, parecería una broma pesada. ¿Por qué precisamente una mutilación genital? ¿Era necesario marcar a los elegidos? ¿No había otro modo? Diga lo que diga el texto sagrado lo cierto es que los egipcios ya la practicaban, de ellos la tomaron los judíos y los musulmanes la heredaron de éstos, y aunque parece originaria de África, otros pueblos muy alejados, como los indígenas filipinos, también la contaban en su acervo cultural. ¿Habrá tras ella algo más que este supuesto pacto o alianza entre el patriarca y su dios? Hoy, favorecida por el higienismo moderno que alcanza caracteres de neurosis colectiva, por el progreso de las técnicas médicas que han reducido el riesgo y el dolor en las intervenciones, por la influencia de los judíos en la clase médica de USA, etc., se ha ido extendiendo en lugar de reducirse, como cabría esperar de tan pintoresca, molestísima e inútil intervención.

El camino inverso ha seguido otro rito semejante, la ablación del clítoris, nacido también en África y que el islam ha difundido por oriente, pero que es piedra de escándalo en occidente, en donde, a causa de la fuerte sensibilización por el movimiento liberador femenino, no se ve en él más que una bárbara agresión de género institucionalizada, una añagaza del patriarcalismo para anular la personalidad de la mujer y reducirla al papel de servidora y reproductora. Para colmo, su inutilidad desde nuestro punto de vista es más evidente aún que en el caso anterior y el dolor y los riesgos, superiores. Sin duda, en su origen, ambas mutilaciones genitales compartían algo ¿Qué?

Émile Durkheim, uno de los creadores de la sociología moderna escribió en 1912 un ensayo titulado Las formas elementales de la vida religiosa; a él pertenece el siguiente párrafo:
« […] está fuera de duda que estas creencias y prácticas religiosas parecen a veces desconcertantes y quizá se sienta la tentación de atribuirlas a algún tipo de aberración profunda. Mas por debajo del símbolo hay que saber encontrar la realidad simbolizada, aquella que le da su significación verdadera. Los ritos más bárbaros, los más extravagantes, los mitos más extraños traducen alguna necesidad humana, algún aspecto de la vida, ya sea individual o social. Las razones que el fiel se da a sí mismo para justificarlas pueden ser, y de hecho lo son la más de las veces, erróneas; no por ello deja de haber razones verdaderas; es quehacer de la ciencia el descubrirlas».
Aunque lo parezca, no se refería a estas dos prácticas ni a ninguna otra en concreto, pero viene tan al pelo que parece que estuviera pensando en ellas.

La pureza es un concepto básicamente religioso. Lo puro (simple, sin mezcla) es lo bueno y se opone a lo impuro (mezclado, corrompido) que es lo malo. Aparece en todas las religiones, incluidas las más elementales, y todas muestran una gran preocupación, dando lugar a una normativa a veces prolija para mantenerla o alcanzarla. En apariencia, el sexo se presenta mezclado: en las mujeres hay un elemento masculino (el clítoris) y en el hombre un elemento femenino (el prepucio, piel que protege y oculta el glande, y que recuerda el genital femenino). La extirpación de uno y otro debió tener la función de conseguir la pureza, que sólo puede traer beneficios para la acomodación de cada individuo en su sexo y para la procreación: es justo lo que esperan las mujeres africanas o musulmanas que someten a sus hijas a la operación; es lo que promete Yahvé a Abraham, ser padre de una muchedumbre. No se trata pues de una barbarie sin sentido, sino de una conjetura arraigada profundamente que ha sobrevivido desde creencias ancestrales en tiempos primitivos, y que llegó a nuestros días adaptándose a religiones complejas (judaísmo, islamismo), perdiendo o difuminando en el viaje su sentido originario, pero conservando su fuerza.

Intentar combatir la ablación con criterios y argumentos extraídos de la civilización occidental o con la simple prohibición, puede, no sólo resultar inútil, sino incluso provocar una reacción. La mirada de occidente que únicamente ve barbarie en esta práctica, es tan irracional y falta de comprensión como la de las africanas que se empecinan en ella. En este sentido me ha parecido muy sugerente el trabajo del Dr. Sylla Abdoulaye, Nosotros ante la ablación del clítoris, cuya lectura recomiendo (sólo 4 páginas).
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1 comentario:

Manuel Reyes Camacho dijo...

Me parece una interpretación francamente interesante esa de perseguir la pureza, como posible causa del origen de estas prácticas tribales. Y viene abalada por la obsesión por la pureza de la que los judíos han hecho gala a lo largo de su historia y, lo que es peor, la siguen haciendo ciertos grupos ultraortodoxos, con su ridícula indumentaria.
Creo sinceramente que has podido dar en el clavo de una posible explicación epistemológica que estaba muy lejos de producirse. Hace poco acabo de leer un delicioso librito: "El pensamiento judío" de Jesús Mosterín (Alianza) (lo recomiendo) y pese a explicar con claridad meridiana todas las raíces del pensamiento de este pueblo, ni se atreve a aventurar una hipótesis sobre la causa profunda de la circuncisión. Lo interpreta simplemente como un "sello de sangre" de un contrato entre dios y el pueblo: Tú me das las tierras (que ellos no poseían por ser pastores-cazadores-recolectores cuando los demás ya eran agricultores) y yo te ofrezco mi adoración y mi obediencia, solo a ti, Yahvé, el dios de Abraham, no a los otros dioses. Y para sellar el contrato me corto el prepucio.