10 ago. 2010

La destrucción de la Costa del Sol

El vertido en el Golfo de Méjico, los incendios en Rusia, son catástrofes sobre el medio ambiente que nos conmocionan; sin embargo, estos episodios esporádicos, auténticos cataclismos por sí mismos, que dejan cicatrices durante años, se superan con más facilidad que la huella transformadora del lento discurrir de las actividades que genera el crecimiento económico. Las catástrofes puntuales se deben a errores de cálculo, a la desidia o a la falta de prevención, alarman las conciencias y, pasado el paroxismo de la destrucción, se ponen medios para recuperar la situación anterior, lo que, con fortuna, puede lograrse. Sin embargo, la degradación más lenta que sobre el medio genera la lucha por mejorar las codiciones vida, por el progreso económico, no se percibe hasta pasadas generaciones y la recuperación, con frecuencia, se hace imposible. Los ejemplos de estas catástrofes sostenidas en el tiempo e irreversibles son numerosísimos y no se limitan a nuestra época; lo difícil sería escoger alguno entre tantos tan aleccionadores, pero la reciente y mediática estancia de M. Obama en la Costa del Sol1 me mueve a hablar de ella.
La costa del Mediterráneo andaluz ha sufrido históricamente varios envites en su degradación, hasta el horror presente. Primero fue la desforestación, proceso que duró varios siglos pero que tuvo dos causas distintas, ambas relacionadas con la industria: la construcción naval que requería enormes cantidades de madera y que fue un cáncer para todas las regiones costeras del Antiguo Régimen; la industria del hierro, ya que, aunque muchos lo ignoren, los primeros altos hornos que se instalaron en España estuvieron en la costa de Málaga. El hierro procedía de la Sierra de Marbella, pero se carecía de carbón y las pésimas comunicaciones, que ni para eso se mejoraron, hacía imposible traerlo de Sierra Morena, a poco más de 100 km., así que se recurrió a la madera con las consecuencias lógicas: mala calidad del metal, baja productividad, pero también deforestación galopante. Naturalmente, cuando la fachada del norte peninsular estuvo disponible para esa actividad, las ferrerías malagueñas cerraron, dejando el recuerdo y la destrucción.

A partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó la sistemática devastación de la franja costera en aras del turismo. La nueva actividad prometía convertir a la zona en Jauja, por lo que el capitalismo más salvaje se adueño de la situación. La construcción, prácticamente sin freno, lo invadió todo: pequeñas llanuras costeras, deltas y cauces de los ríos, cornisas y laderas de las sierras que asoman al mar, hasta las mismas playas, hundiendo los cimientos en sus arenas. Hoteles, puertos deportivos, urbanizaciones de chalets, bloques de apartamentos y la más reciente perversión de los adosados y los campos de golf. Todo tan caótico que después de muchas décadas de boom turístico la abarrotadísima carretera de la costa aún no se había convertido en autovía, y a nadie se le ocurrió trazar una línea ferroviaria que uniera todos los puntos de la costa. Las infraestructuras son altamente deficientes, pero lo peor, lo dramático, es que la costa ha desaparecido bajo millones de toneladas de cemento y las playas originales tienen dificultades para mantenerse porque la construcción de puertos deportivos, espigones y otros elementos, han cambiado el perfil costero y las corrientes, por lo que necesitan aportes de arena anuales en cantidad creciente. Nadie que conociera la región antes de la debacle sería capaz de reconocerla hoy. Pero no es la añoranza, sino la fealdad de la zona de explotación más antigua (Torremolinos, Benalmádena, Fuengirola e incluso Marbella) lo que invita a las lágrimas.

La costa oriental se vio menos afectada por el turismo o lo ha sido más tardíamente, así que los efectos son menos negativos; para compensar, en Almería se descubrió otro El Dorado, la nueva agricultura, que ha convertido a una de las provincias más pobres de España en una de las más prósperas, aunque a cambio de cubrirse de un mar de plásticos y de arruinar sus acuíferos esquilmados o salinizados por la sobrexplotación.

En conjunto un paraíso climático y paisajístico, convertido en un infierno de cemento y plástico de fealdad infinita, pero que, sin embargo, sigue atrayendo turistas que parecen disfrutar del clima y de los oasis kitsch de los hoteles y urbanizaciones. ¿Cómo revertir la situación? La verdad es que hay pocas esperanzas. Pueden arreglarse cosas, algo se está haciendo, pero una solución integral es, a estas alturas, imposible. Una catástrofe lenta, camuflada tras la máscara del progreso, que ha empobrecido la prometedora variedad económica de la región y que ha convertido en artificial un bello paisaje original; más grave, mucho más grave que los incendios que asfixian Moscú o los millones de barriles vertidos en el Golfo.

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Ver el informe de Green Peace Destrucción a toda costa, recientemente publicado (julio, 2010).

1 Costa del Sol es una marca comercial que se ha convertido en denominación geográfica a causa de su éxito.
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4 comentarios:

jaramos.g dijo...

Excelente recorrido por el viacrucis costero andaluz. A veces suelo pensar que hay lugares con mala suerte histórica, como por ejemplo Rusia (supongo que habrá muchos, incluso con peor fortuna). Tu artículo me ha despertado la idea de que los andaluces tampoco hemos disfrutado de muy buena suerte. Dejo a un lado, por hoy, la culpa que hayamos podido tener. Y, para concluir, una observación general y una pregunta: he creído apreciar en tus escritos la aspiración, el deseo, la necesidad de que se ponga freno al "mercado", al "capital", etc. Me pregunto cuál es ese límite, y cómo y quién lo determina e impone. Saludos.

emilio dijo...

Como habitante de laCosta del sol, no puedo menos que darte casi toda (por no decir toda) la razón.
Son muchos los que llegana a la Costa atraídos por las promesas y los cantos de sirena que vienen a decir que esto es jauja.
Pero esto no es el paraíso. Hay un déficit de infraestructuras y de servicios tremendo.
Empezando por el ferrocarril:
¿en qué cabeza (Estado, país, etc) cabe que en pleno siglo 21, en el país de mas AVE por KM/2 todavía no haya un tren que una Algeciras, uno de los puerto mas importantes del mundo, con Málaga, sede de un interesante Parque Tecnológico y de un puerto y aeropuerto también mundial.
No lo digo sólo por los pobres automovilistas. Tambi´´en por el transporte de mercancías.
Cuando llegué aquí hace 20 años, el tren estaba en elprograma de los aspirantes a la Alcaldía. Hoy los políticos han terminado por aburrir al personal y éste ha decidido darle la espalda.
En fin, Arco, interesante tema y enfoque. La verdad es que necesitaría una continuación, nuevos capítulos. Ya ves, poniendo tareas...

A. R. C. dijo...

JARAMOS. Gracias por tu comentario. Me planteas al final la pregunta del millón ¿cómo ha de ser y quién le pone el cascabel al gato? Yo sólo puedo decirte que no me creo que haya que entregarse inermes a ese mosntruo que llaman mercado, pero casi nada más. A ver si entre todos hallamos la solución. Primero hay que estar convencido de que esto no es lo mejor que pueda existir, y después desear cambiar para mejorar... todos. Saludos.

EMILIO. Tú conoces bien lo que ha ocurrido aquí, así que huelga más comentario. Gracias por tu visita.

Lorenzo Garrido dijo...

Qué triste todo esto que cuentas en tu artículo.