22 mar. 2011

Juegos con la democracia. Primarias

Lo de ponerle apellidos a la democracia no engañó a nadie. Aquello de la democracia orgánica o lo de la democracia popular no eran sino eufemismos para enmascarar regímenes autocráticos usando un vocablo de prestigio vaciado de contenido. Hay otra manera de jugar con el concepto, que trata de determinar qué parte de la actividad del grupo que presume de usarla tiene realmente su impronta. De ahí deriva la reclamación de democracia interna que exigimos a los partidos políticos, suponiendo que si la rehúyen en sus mecanismos íntimos demuestran tenerle poca fe; algo parecido ocurre también con los gobiernos, que se sienten comprometidos con ella en su quehacer doméstico pero mucho menos en sus relaciones con el exterior, como si con los ajenos no existiesen ya obligaciones. De hecho los más conspicuos organismos internacionales carecen de una verdadera democracia, en medida variable, pero siempre alarmante: ONU, FMI, UE… Naturalmente entendemos por democracia el protagonismo igual de los ciudadanos en la designación y control de las estructuras que dirigen cualquier organismo público: partidos, gobiernos o instituciones internacionales.

Se supone, no sé si con fundamento, que unas primarias son un mecanismo mucho más democrático que la cooptación o la elección en un congreso de partido, donde, como es sabido el peso del aparato suele ser decisivo; no digamos nada de la designación por el líder, convertido en intérprete de voluntades ajenas y en conocedor infalible de las necesidades del grupo. Aunque en cualquier caso se necesite la posterior ratificación de las urnas en el acto electoral definitivo, a los candidatos que pasaron por unas primarias se les presume mayor legitimación. Ahora que el tiempo de Zapatero parece haber llegado a su fin se ha actualizado el debate sobre la necesidad de unas primarias para designar al nuevo candidato a la presidencia del gobierno. Enredadas en la polémica se descubren no pocas contradicciones, incógnitas y trampas.

Contradicciones.- Zapatero que es el único presidente seleccionado por unas primarias ha alcanzado cotas de desprestigio comparables a las que consiguió Suárez, que procedía directamente del régimen anterior. Antes que él, Borrell, que arrebató la candidatura a Almunia en primarias, ni siquiera logró llegar a las elecciones. A nivel del Estado nadie más pasó por ese proceso. Rajoy que se perfila cada día más claramente como sucesor de Zapatero en la presidencia del gobierno fue seleccionado del modo menos democrático posible, es decir, por la designación de su antecesor; la posterior ratificación por el partido estaba cantada, era inevitable, dado el dominio de Aznar sobre él.

Trampas.- Los barones del PSOE, presidentes regionales, que ven peligrar sus puestos en las próximas autonómicas, reclaman primarias para sustituir a Zapatero, pero, eso sí, con un único candidato (Rubalcaba, previamente elevado a la vicepresidencia por el Jefe de Gobierno y secretario del partido), lo que significa que optan por la designación pero encubierta por un proceso seudodemocrático.

Incógnitas.- ¿Valora la ciudadanía el origen, democrático o no, de la candidatura a futuro presidente del gobierno? De momento no existe la más mínima prueba de que la contestación deba ser afirmativa. ¿No son las primarias un arma de la lucha interna en el partido socialista que deja fría a la mayor parte de la ciudadanía, cuando no contribuye a un mayor desprestigio de la política por la saturación en la exhibición de la lucha por el poder? Después de las polémicas primarias de Madrid ¿están los socialistas más cerca del triunfo o más lejos? Las primarias son un procedimiento ideado en USA donde existe un régimen presidencialista y en donde la tradición hace de las elecciones una fiesta ciudadana, ¿estamos seguros de que tiene encaje en un sistema parlamentario como el nuestro y en nuestra peculiar idiosincrasia? ¿Quién lo dice? ¿Con qué pruebas? Cuando la restauración canovista quiso trasplantar desde Inglaterra el mecanismo parlamentario y el turno de partidos, en nuestro país se convirtió en una parodia ridícula ¿No lleva este asunto el mismo camino?

Hay modos de profundizar en la democracia como, por ejemplo, la sustitución de la ley electoral que soportamos por otra menos absurda; pero, curiosamente, aquellos socialistas que abogan por las primarias en su partido alardeando de purismo democrático no sienten necesidad de corregir los entuertos de una ley concebida por el equipo de Suárez cuando se planteaban como cuestión prioritaria liderar sin estorbos su proyecto de transición, para lo que necesitaban una hegemonía que podían obtener de esa norma preparada ad hoc. Por supuesto la derecha y los nacionalistas se mantienen en la misma onda que el PSOE por idénticos intereses. Una buena ley electoral no sólo es garantía de justicia en el acto decisivo de la democracia, sino que forzará a los partidos a acomodarse a ella transformando sus mecanismos internos.

Juegos con la palabra, juegos con el concepto, que vienen de todas partes, que todo el mundo practica y que tienen, siempre, otros fines distintos de los que se pregonan. No nos engañemos, más que nada, lo que realmente exige la democracia son ciudadanos sólidamente formados y ampliamente informados que puedan leer entre líneas y devuelvan el engaño con el rechazo. Con ellos muchos mecanismos pueden ser válidos, sin ellos ninguno lo es.