19 jul. 2011

La derecha española

El aniversario (75 años) del golpe militar del 36, fracasado en un principio, pero generador de la guerra y de la dictadura franquista, me ha sugerido hablar de la derecha española. La asociación no es gratuita ni sectaria, creo, como trataré de mostrar.
La derecha sociológica en nuestro país se manifiesta y se organiza en un solo instrumento político, el PP. Sólo en la periferia autonómica hay otras derechas cuyo ADN difiere de la anterior. En efecto, la transformación de AP en PP permitió absorber en varias etapas a la extinta UCD, después que expulsara del parlamento a la ultraderecha (FN), arrebatándole sus votantes. Los intentos de alumbrar algún grupo con marchamo liberal o más nítidamente centrista acabaron en fracaso en todas las ocasiones (CDS, experimento de  M. Roca, etc). Pero esta vez, la unidad de la derecha difiere de otras ocasiones en las que invariablemente se presentaba como un conglomerado electoral de grupos diversos (la propia UCD o, si se me permite remontarme a la república, el caso clásico de la CEDA); por el contrario, hoy es un partido con una imagen de unidad, cohesión y disciplina muy superior a los de la izquierda, en el cual las consignas emitidas desde la ejecutiva se cumplen sin discusión en todos los niveles. Como sabemos este concepto de partido cohesionado y disciplinado nació en la izquierda; el modelo fue el SPD alemán, para luego sufrir una vuelta de tuerca con el leninismo. La derecha española se lo ha apropiado, mientras que la izquierda ensaya ahora uniones y coaliciones (IU) de difícil manejo.
Cabría pensar que un partido así sólo es posible si existe un cemento ideológico de suficiente densidad, pureza y homogeneidad que lo soporte. No es el caso. La clave de su éxito parece estar en que se vende como un instrumento eficiente para hacer frente a los problemas planteados. De hecho la critica a sus oponentes se hace siempre en clave personal y destacando presuntas incapacidades o torpezas. La ideología solo aparece en algunas cuestiones de costumbres, en las que se remite a un fuerte conservadurismo. El caos en la política económica le ha puesto alas.
En julio del 36 los golpistas se ofrecieron como la solución no política a los males del país. El régimen que inauguraron abolió los partidos, dando a entender que era la política la que quedaba proscrita. Se puso en pie un instrumento que funcionó como un partido único pero al que se dio el nombre de Movimiento Nacional, repudiando cualquier calificativo o concepto que recordara la política tradicional. En sus casi cuarenta años de existencia la dictadura (salvo el filofascismo de los comienzos) no sólo no abandonó esta imagen sino que la incrementó con los gabinetes de tecnócratas de la última década. Fueron precisamente técnicos de la administración del Estado (Suárez era nada menos que Jefe Nacional del Movimiento) los que promovieron las reformas sobre las que se montó la “transición”. El régimen franquista no fue derrotado, sino simplemente sustituido, y eso fue así porque los partidos, de izquierdas y de derechas, que lo habían combatido o que esperaban medrar a su caída carecían de suficiente arraigo y credibilidad y, en consecuencia, se vieron forzados a aceptar las condiciones. Con todo, la derecha franquista, la ultra (Falange, FN, etc.) y la más moderada (Alianza Popular de Fraga) vivieron años de repliegue. La torpe intentona militar del 23F, con su fracaso, las frenó aún más, a la vez que, como reacción, dio la oportunidad de gobernar a la izquierda. En los años siguientes la derecha se deshizo y recompuso en torno al partido de Fraga, cambiado de nombre, de líder y poco más ¿Qué de extraño tiene que hoy muestre su herencia franquista en su afán totalizador, en su disciplina, en su negación de la política y en tantos tics que los viejos reconocemos bien? Su éxito es posible porque buena parte de la población olvidó el pasado o no lo vivió, y otra lo añora. Algunos tristes episodios lo ratifican, citaré dos: el fracaso del programa de la memoria histórica, con el disparatado procesamiento de Garzón, y el grotesco asunto del diccionario biográfico de la RAH, promovido por E. Aguirre cuando fue ministra de cultura y aflorado hace semanas.
Hay otra derecha que, como ya dije, difiere de ésta, pero se recluye en Cataluña y País Vasco, básicamente, porque tiene su origen en los nacionalismos. Sus aproximaciones al PP o al PSOE son sólo tácticas. Su importancia en la política del país mucho mayor de lo que le correspondería, consecuencia de la ley electoral que les otorga con frecuencia la condición de partidos bisagra.. Algunos le vemos a veces una cara benéfica por su talante más democrático y una odiosa cuando se ofusca en su nacionalismo.
Así pues, mientras la izquierda se debate en el pasmo y la indecisión que conducen a la inacción, la derecha nos ofrece el pasado como programa de futuro. Opción ganadora según los indicios.

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Excelente presentación del tablero político nacional.

Saludos

Mark de Zabaleta

Máximo Pretoria dijo...

Resulta irónico lo de la memoria histórica cuando, de lo que podemos presumir los españoles es de la desmemoria, incluso en los acontecimientos históricos más recientes. Es como si prefiriéramos la morfina del olvido al rencor de lo acontecido.