12 ene. 2012

La guerra y la economía

           Las noticias esporádicas, pero cada vez más insistentes, sobre una posible intervención militar en Irán comienzan a ser inquietantes en medio de la zozobra en que nos tiene sumidos la crisis. Aristóteles clasificaba a la guerra dentro de las actividades económicas. Desde entonces, por mucho que nos escandalice tal propuesta al desnudo, nada permite desecharla. La relación entre una y las otras es algo más que casual y, en lugar de escándalo, lo que deberíamos sentir es prevención.
En la antigüedad la guerra era un modo habitual de obtener riquezas y medios de producción: mano de obra esclava, motor de aquella economía. En el mundo feudal del Medievo los poderosos (señores laicos o eclesiásticos) obtenían y mantenían, tierras y siervos, base de su poder, mediante el uso indiscriminado de la fuerza. En el capitalismo ¿juega la guerra algún papel “positivo”?
Según el famoso análisis que hiciera Lenin (Imperialismo, fase superior del capitalismo) las contradicciones que afloraron por la expansión imperialista, inducida por el capitalismo industrial en imparable crecimiento, fueron la causa primordial de la Primera Guerra Mundial. El movimiento obrero global lo vio así y se opuso ella, pero fue incapaz de sobreponerse al nacionalismo, un hallazgo reciente, esgrimido como instrumento milagroso para lograr la unión nacional en el interior de cada Estado (Unión sagrada). El desenlace de la guerra desveló los intereses que la habían provocado: maduración del capitalismo en su fase monopolística, sobre lo que Marx había advertido décadas atrás y desplazamiento del centro económico y político a EE.UU, modelo de la nueva economía.
Después de una década de optimismo (felices años 20) y de crecimiento desordenado el sistema volvió a atascarse (1929). A principios de los treinta Alemania, como consecuencia de la crisis y de las medidas de control del déficit, que aplicaban sus gobiernos liberal-conservadores (Brüning), cayó en una profunda depresión con un desempleo abrumador, situación que no parecía tener salida. Hitler la encontró: elevado al poder por la frustración, el descontento y el desarme ideológico y orgánico del movimiento obrero, emprendió una atrevida política de nacionalización del capitalismo y de remilitarización, que suponía el desarrollo de la industria militar y el encuadramiento de centenares de miles de jóvenes en el ejército. La producción industrial creció exponencialmente, el paro cesó y el pueblo literalmente hipnotizado por el éxito y el ultranacionalismo contagioso del líder (führer) no opuso trabas al desenlace natural del diabólico proceso: la guerra.
El triunfo del capitalismo liberal sobre el nacionalista autoritario permitió que aquella oposición se transmutara en confrontación capitalismo (USA) – socialismo (URSS). Después del 45 la enorme influencia de los lobbys industriales en USA consiguió que el inmenso esfuerzo económico, tecnológico e industrial que impuso la guerra pudiera continuar, en una situación menos perentoria por lo que tenía de más artificiosa, pero muy efectiva: la guerra fría. La cuestión no es que la espectacular recuperación económica de los 50 y 60 permitiera mantener la tensión y el gasto que suponía la guerra fría, sino que ésta fue la base sobre la que se montó el milagro económico. Al otro lado del telón de acero ocurría lo contrario: el enorme esfuerzo armamentista se restaba al bienestar y, por razones obvias, no generaba beneficios ni desarrollo como en el mundo capitalista, lo que a la postre fue uno de los factores de la implosión final del mundo socialista.
Así pues las dos guerras mundiales, que habían hecho la fortuna de EE.UU, fueron prolongadas artificialmente en la guerra fría con resultados excelentes, salvo momentos críticos por excesos puntuales (Vietnam). Es normal que algunos sectores influyentes de ese país sientan la tentación permanente de reproducir la situación. Al fin y al cabo sería el único incremento de gasto con el que ninguna de las facciones ideológicas y de intereses que se reparten el poder allí estarían en desacuerdo, como se ha demostrado en tantas ocasiones. Es difícil no encuadrar los crecientes rumores sobre una posible intervención en Irán, directamente o por delegación (Israel), en esta estrategia, que es económica más que ninguna otra cosa, y no porque la zona sea vital por las reservas de energía fósil que encierra, que también.
 Las banderas que se enarbolan en las guerras representan principios y valores sublimes, pero los mástiles están hechos de intereses. Así fue siempre.

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Un excelente artículo!
Al final, la Economía lo acaba explicando todo...

Un cordial saludo
Mark de Zabaleta

jaramos.g dijo...

A estas alturas de mi vida, ya nadie me bajará del convencimiento de que no existe motivo alguno que justifique la guerra. Excelente artículo, amigo Arcadio.