13 oct. 2015

El bolero de la indepedencia

Lo que está más de moda es la independencia, pero a ritmo de bolero. O sea, que quien la desea no la consigue por la oposición de fuerzas invencibles. En los días de la descolonización las independencias cundían como rosquillas, pero aquello se acabó hace mucho. Recuerdo cómo entonces se construían nacionalidades ancestrales de urgencia para gentes que, habiendo quedado encerradas por unas fronteras arbitrarias que trazaron políticos europeos en sus despachos y mesas de negociación, se apresuraban a emplearlas en la consecución de un puesto en la ONU. ¡Qué tiempos!


 Las cosas cambiaron. Los saharauis, que descubrieron ser una nación justo cuando España colocaba los mojones de las fronteras del territorio por donde ellos habían deambulado desde siempre, no consiguen ahora el divorcio de Marruecos al que sorpresivamente se vieron unidos con lazos de hierro, sin que nadie preguntara si era ese el Estado que buscaban en sus ensueños de modernidad. Por su parte, los palestinos no logran frenar la progresiva colonización de su territorio, del que ya prácticamente no queda nada, por parte de judíos recién llegados desde todos los rincones del mundo imbuidos de un nacionalismo religioso, el más peligroso de todos porque aúna dos creencias, dos mandatos trascendentes (además traen papeles: el certificado de pueblo elegido y escrituras de la tierra prometida). Pero las arenas del desierto o las aguas del Jordán son elementos de la geografía tercermundista, en la que la sangre nunca desentonó. En Europa el sufrimiento por la patria irredenta es, como casi todo por estas latitudes, de lujo, o sea, superfluo, charmante; pero, por supuesto inconsolable como el alma dolorida de los boleristas. Tiene un tufo, diré mejor aroma, romántico por el recurso a un pasado medieval del que se intentan resucitar ‘libertades’, privilegios, que truecan en derechos democráticos, aunque el concepto democracia no existiera en aquellos tiempos y cuando apareció lo hiciera como abominación política (todavía a fines del XIX el papa de Roma y sus huestes de teólogos y propagandistas lo calificaban de invento del demonio).

Catalanes, vascos, corsos, bretones, flamencos, padanos, bávaros, escoceses… aspiran a tener estados propios presentando currículos que se remontan como poco a la Edad Media pero en algunos casos a los hijos de Noé. ¡Ahí es nada! De momento prefieren acompañarlos con el dulce sonido de las maracas,  recordándonos el civilizado divorcio de los escandinavos o de checos y eslovacos, pero ocultando el olor a sangre de ETA o el IRA y el matadero balcánico, por impropios y pasados de moda. El amor no correspondido de mil boleros desemboca en la nostalgia y la melancolía paralizantes, sin embargo, quién sabe, en un momento podemos vernos sorprendidos con el despertar de la ira. No sería nada nuevo, es sabido que las modas vuelven cuando menos se las espera.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Muy buen artículo...salvo el título (pone indepencia)

Saludos