16 oct. 2015

El crecimiento

Estamos obsesionados con el crecimiento, me refiero al crecimiento económico. Lo cuantificamos, lo desmenuzamos, lo analizamos, lo buscamos revolviendo todo tipo de índices e indicadores y aunque no aparezca por ningún lado no renunciamos a él y, en el peor de los casos, cuando no está, calificamos  la situación de crecimiento negativo. Como pasa con cualquier uso de los tiempos, nos parece que siempre fue así, sin embargo esta manía del crecimiento no nos acompañó históricamente, ni siquiera se puede decir que es inherente al capitalismo. Antes de los sesenta del pasado siglo no existía. Sin embargo a finales de la década ya había empezado a generar inquietud hasta el punto de producir el famoso informe del Club de Roma que proponía el “crecimiento 0” (1972). Inmediatamente después (1973) se desató la primera crisis producida por el temor al agotamiento próximo de un recurso fundamental: el petróleo, lo que no ocurrió ‒las reservas aumentaron y, más de 50 años después, el progreso tecnológico (fracking) y otros sucesos (deshielo del Ártico) han permitido aplazar sine die tan fatídica predicción.


Así pues, la amenaza del petróleo se ha evaporado de momento uniendo su destino al del clásico espantajo maltusiano del crecimiento de la población. También pierde gravedad la advertencia de agotamiento de otros recursos minerales ante, por ejemplo, los progresos en la creación de nuevos materiales ¿Cómo detener la sensación de que el crecimiento ilimitado es posible?

Desde el fracaso del informe del Club de Roma empezó a elaborarse una alternativa posible: el crecimiento sostenible. Pero ¿qué encierra este concepto aparte el deseo de no renunciar a lo que consideramos ya un derecho y un punto inevitable en el programa de cualquier gobierno? Nos parece que el crecimiento forma parte de los cimientos del sistema y que sin él solo nos espera el más estrepitoso derrumbe, y es posible que así sea. Lo inquietante es que con él también es altamente probable el cataclismo.

Sin duda es el capitalismo financiero, que tiene sus raíces en la segunda mitad del pasado siglo, el que ha introducido la fiebre del crecimiento en las empresas, en los gobiernos, en los individuos. Crecer es la consigna. Fuera del crecimiento no hay vida. El endeudamiento masivo público y privado que caracteriza nuestro tiempo ¿no tiene esta motivación? ¿No es el crecimiento de la deuda sobre el de la producción lo que está generando las últimas crisis?

Como todo en esta vida, será pasajero. El propio sistema acabará absorbiendo y neutralizando esta excrecencia mientras forma otra; pero, el ciclo siempre será más largo que el de la vida humana, así que no veremos su final. Por otra parte hay que considerar que sólo existe el sistema, la oposición a él forma parte de un mecanismo interno de revisión que trabaja, se quiera o no, para perpetuarlo. No espero, por tanto, la salvación por la llegada de una alternativa radical, me pido, más bien, un descanso en el crecimiento y aprovechar para repartir un poco lo ya crecido. ¿Sería mala idea?

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Esperemos que sea pasajero...un gran artículo !

Saludos