19 abr 2009

Esto no es una pipa


Hay cardúmenes de peces en los que miles de individuos se mueven al unísono con sorprendente rapidez e incomprensible coordinación, lo que no podía dejar indiferentes a los científicos que, naturalmente, decidieron investigar el fenómeno: en un laboratorio se extirpó parte del cerebro a uno de ellos para reintegrarlo más tarde al grupo. El resultado fue que cuando el conjunto giraba bruscamente con la insólita unanimidad de un cuerpo de baile, el pez intervenido seguía su camino sin enterarse, creando algún desconcierto en los demás; poco a poco fueron adaptándose a la nueva situación, hasta que pasado algún tiempo se restableció de nuevo la normalidad, todos los peces volvían a moverse como uno sólo; pero ahora seguían los caprichos del descerebrado, convertido en líder. Leí esta anécdota en un libro titulado “Elogio del imbécil”, del periodista italiano Pino Aprile, que sostenía la tesis de que los individuos han ido perfeccionando su inteligencia por efecto de la selección natural, pero al crear una sociedad jerarquizada el proceso se ha invertido y los imbéciles han prosperado y encuentran las mejores condiciones para hacerse con el liderazgo y hegemonizar la sociedad humana.
Con mayor fundamento y no menor sentido del humor el historiador económico, también italiano, Carlo Mª Cipolla exhibe un inquietante punto de vista a propósito de la estupidez:

«La humanidad está continuamente sometida a una catástrofe imprevisible. Un grupo de personas se afanan en devastar cuanto conocemos. No están de acuerdo, no se conocen, no actúan bajo ninguna planificación. Pero están ahí. Son las personas estúpidas»
C. M. Cipolla. Allegro ma non troppo

En el libro de la cita expone toda una curiosa tipología de los individuos –incautos, malvados, inteligentes y estúpidos, estos últimos los más peligrosos– y despliega hasta cinco leyes sobre la estupidez humana que de alguna manera debieron inspirar a Aprile y que os aconsejo que no os perdáis visitando el enlace que os propongo arriba.
Todo esto me ha venido a la mente a propósito de la intervención de Sarkozy sugiriendo que tal vez Zapatero no sea muy inteligente, y de echar una mirada, aprovechando la ocasión, sobre los mandatarios mundiales de hoy y de ayer mismo, incluyendo al propio Sarkozy, experiencia que me ha producido un profundo escalofrío y un fin de semana entreverado de ansiedad. La concentración de imbéciles, el liderazgo de los estúpidos[i], no se da sólo en la política –echad una mirada alrededor, recordad los orígenes de la crisis económica, etc., etc.– pero en ella, en la cosa pública, son además de especialmente peligrosos, más visibles.
Lamentablemente el imbécil nunca sabe que lo es, así que jamás podremos descartar la posibilidad de encontrarnos entre ellos. Nos ayudará en todo caso la pista que nos proporcionaba René Magritte cuando decía que «la imbecilidad consiste en creer que se comprende lo que no se puede comprender». Por eso, a modo de test, he colocado su obra Ceci n’est pas une pipe[ii], como ilustración y en el título de este artículo, un poco idiota, por cierto.

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[i] Imbécil y estúpido son términos perfectamente intercambiables, pero yo prefiero el primero por su fonética contundente y porque en latín de donde procede significaba literalmente, el que no sabe andar sin báculo. Eso me recuerda que se decía del presidente norteamericano Reagan, aludiendo a las prestaciones de su cerebro, que era incapaz de bajar una escalera y mascar chicle al mismo tiempo.
[ii] Si comprendéis la paradoja no os deberíais inquietar, quizá Magritte se equivocaba ¡o era uno de ellos!

16 abr 2009

Los males de la escuela


De nuevo escribe en El País Losé Luis Barbería un artículo sobre educación, tocando un tema muy interesante: la influencia del genero en los resultados escolares y, por tanto, en el fracaso escolar. En realidad, por muy de actualidad que esté el asunto, el trabajo concluye sin aportar algo nuevo o positivo. Todos los profesores hemos tenido la percepción desde hace mucho tiempo de que en la educación secundaria el éxito de las chicas es superior. Por otra parte, los datos estadísticos recientes, conocidos por todos los que nos interesamos en estas cuestiones, revelan con claridad que el fracaso escolar es básicamente masculino y que las mujeres están ganando la partida de la formación, en la secundaria y en la universidad. La cuestión es saber por qué. En el artículo de Barbería, interesante por muchas cuestiones, no se aporta ninguna hipótesis novedosa, ni que se aparte de la manida idea de la diferente evolución de las facultades intelectuales de chicas y chicos y, por esa vía, llegar a insinuar la también manoseada además de retrógrada y peligrosa idea de la separación de sexos en la escuela, como solución al fracaso masculino.
Este verano tuve la suerte de leer un trabajo de Daniel Gabarró titulado “Transformar a los hombres: un reto social”, que, bajo mi punto de vista, daba en la diana al explicar el fenómeno por la presencia del machismo en los escolares adolescentes. Poco después escribí un post sobre la cuestión: ¡La escuela es una mariconada! Machismo y fracaso escolar, al que os remito. En él, glosando a Gabarró, explicaba cómo el modelo de hombre que han construido los escolares, extraído de la concepción socialmente dominante, no encaja en el ámbito dialogante y cooperador que es la escuela, a la que perciben como un espacio femenino, por esas características y porque el profesorado es también mayoritariamente femenino. De modo que reaccionan haciendo suya la “cultura del patio”, como espacio de libertad, en el que las cualidades pretendidamente masculinas, competición, agresividad, tienen mejor desarrollo, y se oponen con resentimiento y tenacidad a la “cultura del aula”, percibida como un ámbito que no les es propio. El rechazo de tantos adolescentes a los valores que se cultivan en la escuela, y a la escuela misma, por tanto, tiene una raíz ideológica: es consecuencia de la asunción por aquellos de los valores del machismo más rancio, que flotan por todas partes y que ellos captan con fina intuición y los hacen suyos extremándolos.
Las posibles soluciones, de ser esto cierto, trascienden a la escuela porque habrían de apuntar a la sociedad en su conjunto, ya que tienen que ver con la formación de los modelos que ofrecemos a nuestros jóvenes, y, por tanto, las acciones que la tengan como único objetivo no darían resultados aceptables. Se trata de un fenómeno social, y, desde luego, más amplio de lo que a primera vista parece ya que alcanza un ámbito casi universal, la preocupación no sólo es nuestra: recientemente apareció un trabajo de colaboración entre educadores australianos, británicos y estadounidenses titulado “Qué les pasa a los chicos” (What about the boys?) que abunda en estas ideas y que demuestra que no es un asunto local.
En el ámbito familiar, en la oferta de estereotipos que presenta el cine, la televisión y los medios de difusión de ideas en general, en todos los ambientes en los que los jóvenes se socializan, no en la escuela, es donde se contagian del virus que luego les hará fracasar en las aulas. El machismo es una ideología cuyos componentes, sexismo, patriarcalismo y heterosexismo, informan de manera más o menos difusa a toda la sociedad y a nuestros propios comportamientos, por mucho que rechacemos indignados sus manifestaciones más brutales, lo que hace sumamente difícil su erradicación, ya que las más de las veces, ni los identificamos como machistas, ni percibimos su malignidad.
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El estudio de Gabarró se puede encontrar en su página web: http://danielgabarro.cat/

12 abr 2009

Consecuencias de un fracaso y de un éxito. Jesús y Mahoma

Entre el mundo islámico y el cristiano existe una gran diferencia que cualquiera percibe a primera vista: el cristianismo ha abandonado en buena medida la esfera pública y se ha restringido a la privada, mientras que el Islam invade todos los aspectos de la vida sin hacer distingos entre lo privado y lo público. Por esta característica percibimos desde nuestro punto de vista al mundo árabe como anclado en el tiempo, como si viviera una época del pasado, como si no hubiera acabado de superar el medievo. Se suele argumentar que en occidente, movimientos históricos como el Renacimiento y la Ilustración produjeron la secularización de la sociedad civil, mientras que en el mundo musulmán tales fenómenos no se dieron. Es una explicación convincente, pero podríamos seguir preguntando ¿Y por qué no se dieron? Como en cualquier fenómeno social las causas serán múltiples y complejas, pero se me ocurre que la fundamental arranca quizá de los orígenes de ambos credos y tiene que ver con el fracaso o el éxito vital de sus creadores.

El proyecto religioso-político de Jesús resultó fallido. Fue apresado al abortar la autoridad romana un complot –los evangelios lo registran como la oración del huerto y el prendimiento– que había sido preparado aprovechando la Pascua y la consiguiente afluencia de judíos a Jerusalén, y, en consecuencia, ejecutado como un sedicioso. La muerte que las leyes judías preveían para un blasfemo que se proclamaba hijo de Dios era la lapidación –Esteban y después Santiago, hermano de Jesús, murieron así– mientras que la cruz (mors aggravata: hoguera, exposición a las fieras o crucifixión) la reservaban los romanos para los delitos de sedición contra el Estado (laesa maiestas populi romani), ésta fue la reservada a Jesús. La dispersión y ocultamiento de sus seguidores, después de ser ejecutado por el procedimiento infamante, escenifica el fracaso; la cartela con la leyenda INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum), la naturaleza del delito. Durante los primeros siglos de existencia los cristianos utilizaron diversos símbolos, pero no la cruz, que seguía siendo vergonzante y los identificaba como sediciosos. Tales sucesos justifican y explican la expresión «Mi reino no es de este mundo», Juan 18, 33-37, y otros recursos de los evangelistas por dar a la misión de Cristo un signo espiritual, aunque no logren borrar los vestigios que revelan otras actitudes en las que es imposible deslindar lo religioso de lo político, por otra parte normales entre los judíos de la época. Habrá que concluir que Jesús fracasó en su plan, y sus seguidores, obligados a vivir bajo la autoridad romana, optaron por transformarlo en un proyecto espiritual –esa y otras cuestiones fundamentales fueron obra de Pablo–, lo que, con el tiempo, fue el elemento que permitió la laicidad de lo público sin romper el mensaje cristiano central: el Humanismo y la Ilustración utilizaron ese postigo.

En el 622 Mahoma abandonó La Meca (Hégira) forzado por los coraxíes que controlaban el culto de La Ka’aba y temían por su prevalencia. En Medina se hizo fuerte y fue asentando paulatinamente su dominio de la región, combinando la predicación y las operaciones militares, hasta que en 628 pudo atreverse contra los mequíes con éxito. Desde La Meca completó la dominación de toda Arabia. A su muerte, en 632, controlaba la península valiéndose de su carisma personal y acuerdos con las tribus, pero sin ninguna estructura de estado. Mahoma, que seguramente era analfabeto, no dejó ningún escrito y sus enseñanzas, retenidas mentalmente por los “memoriones” serían recopiladas y fijadas más tarde en El Corán bajo la autoridad de los califas sucesores, que al mismo tiempo construían el Estado islámico y expandían su dominio. Así se confundió la condición de ciudadano y de creyente, y el Corán y los hechos y dichos del profeta se convertían en fundamento de la ley. El éxito de Mahoma hizo impensable, lo sigue haciendo, la disociación de lo civil y de lo religioso.

También el Islam experimentó un Renacimiento en torno al siglo XI con una gran eclosión cultural basada asimismo en la recepción de la cultura clásica, pero que, sin embargo, no llegó a tener el efecto del Humanismo occidental, ni se vio confirmado y amplificado por un movimiento equivalente a la Ilustración. Así, el efecto esterilizador de la religión se impuso muy pronto y muy intensamente, generando la exclusión del orbe musulmán del ámbito de la ciencia y del progreso de la sociedad civil, hasta nuestros días.

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ILUSTRACIÓN: Mahoma y el arcángel Gabriel. Miniatura iraní del s.XV.

7 abr 2009

¿Fracaso escolar o fracaso social?

Han corrido ríos de tinta sobre la idoneidad de la reforma desde que la LOGSE entrara en vigor y luego con los retoques diversos en forma de otras tantas leyes orgánicas. Han opinado expertos e ignorantes (a veces, reclutados entre intelectuales, que por serlo, o por creérselo, piensan que sus opiniones no pueden quedarse en el tintero[i]). Se han puesto en cuestión los principios teóricos, los procedimientos de aplicación, la solvencia de la pedagogía y de los pedagogos, la capacidad y actitud de los profesores, las intenciones de los políticos… En este fenomenal guirigay nada ni nadie quedó a salvo y ha alcanzado volumen ensordecedor desde que los informes PISA han puesto de manifiesto la deficiente preparación de nuestros escolares y la magnitud del fracaso escolar, vivido como una lacra social que quita el sueño a padres, docentes y responsables políticos.



Bastantes profesores acogimos la reforma educativa con ilusión porque nos pareció una humanización y racionalización de la enseñanza y una apuesta valiente por el cambio social, que era en aquel momento un anhelo prioritario en cualquier mentalidad progresista. La realidad no nos ha desmentido, simplemente ha puesto de manifiesto lo que ya sabíamos: que la desigualdad social es la causa principal de la diferencia de oportunidades y que la escuela, por sí sola, no cambiará esa realidad, o que, en todo caso, su tiempo se mide en generaciones. No fuimos ingenuos nada más que en creer que lo que a todas luces era evidente sería igualmente aceptado como tal por la inmensa mayoría. En términos generales la reforma fue acertada, los principios en los que se basó eran impecables, y pese a los avatares de su aplicación y la falta de confianza de algunos políticos y muchos profesores, ha producido un sistema educativo socialmente avanzado del que podemos enorgullecernos. ¿Y el fracaso escolar? ¿Y los resultados de los informes?


En El País de hoy un reportaje de José Luis Barbería, La clase perdedora, pone el dedo en la llaga al publicar y glosar los resultados de los últimos trabajos de sociólogos y pedagogos al hilo de las conclusiones en las evaluaciones a cargo de organismos internacionales (PISA) y nacionales. No voy a redundar en los mismos temas que él, sólo os recomiendo su lectura y relaciono y subrayo algunos de los hallazgos y confirmaciones de los investigadores que cita y que yo creo notables:


• Los alumnos con padres sin estudios tienen 20 veces más probabilidades de fracasar en la escuela.
• Los hijos de trabajadores no cualificados tienen 4.5 veces menos probabilidades de acceder a la universidad
• La variabilidad de resultados por centros se deben en más de un 50% a la condición socioeconómica y cultural de los alumnos. El centro influye en sólo un 16% y el tipo de enseñanza apenas un 6%.
• Descontando los condicionantes socioeconómicos y culturales, la enseñanza pública es de mejor calidad que la privada.
• La presencia de inmigrantes no influye en el nivel medio de la clase si no supera su número el 10%.


El problema es que la escuela es cada vez más clasista desde que en los años 90 los estratos sociales medios empezaron a protagonizar un éxodo hacia los centros privados, incluido el nivel universitario, no justificado por la calidad, sino estimulado por la mentalidad de nuevos ricos que nos ha invadido en los últimos tiempos. Como consecuencia se ha multiplicado el gasto privado y público por una enseñanza discriminatoria sin otra justificación que esa misma actitud discriminadora. Aquellos que se sientan preocupados por la enseñanza deberían reflexionar sobre esta cuestión y no sobre las propuestas de los pedagogos, que son una cuestión técnica y compete a los profesionales. Desde nuestro particular punto de vista, el gran fracaso de la LOGSE sería que la sociedad a la que ha pretendido cambiar se imponga con su clasismo a la primera escuela igualitaria y universal que ha avistado nuestro país por primera vez en su historia.



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[i] Entre otros recuerdo por ejemplo a Muñoz Molina y Pérez Reverte que con estilos acordes con sus respectivas personalidades (paternalista y añorante el primero, faltón y chulesco el otro) arremetieron en su día contra el sistema educativo poniendo de manifiesto tan sólo su radical ignorancia sobre el asunto, a pesar de la excelencia demostrada en su profesión.

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2 abr 2009

La tentación proteccionista

Pueden resultarnos chocantes las permanentes admoniciones contra el proteccionismo ante los debates pasados, en curso y por llegar para salir de la crisis. Al fin y al cabo proteccionismo no es otra cosa que anteponer los intereses nacionales. Ángela Merkel ha dado a entender que es su objetivo prioritario y, cada vez más, es lo que se desprende de la opinión de un sector de la prensa (ayer mismo en en el programa de TVE, 59 segundos); sin embargo, mi punto de vista es que las enseñanzas de la historia justifican los temores ante esa posible deriva.

En 1933 tuvo lugar en Londres una conferencia, semejante a la actual, para tratar de buscar acuerdos que permitiera remontar la crisis iniciada con el crack financiero de 1929. El fracaso fue rotundo. En Italia y Alemania se habían instalado ya el fascismo y el nazismo, respectivamente, con sus programas ultranacionalistas y autárquicos; con ellos pretendían medrar obteniendo los mercados necesarios (lebensraum o «espacio vital») manu militari si fuera preciso. La Unión Soviética, aislada del resto, no estaba interesada en la pervivencia del capitalismo y aplicaba sus planes socializadores al margen de cualquier acuerdo internacional. El resto no consiguió los consensos mínimos para romper el ensimismamiento económico y la dinámica proteccionista. Seis años después la lógica del proteccionismo a ultranza y del nacionalismo sumía al mundo en el incendio de la guerra (1939-45). Y no es que no hubiera experiencia.

Diecinueve años antes de la malograda conferencia había comenzado la Gran Guerra (1914-18) en cuyos orígenes encontró Lenin las contradicciones internas del capitalismo imperialista (Imperialismo, fase superior del capitalismo). En efecto, la lucha por los mercados, que Alemania combinaba con un fuerte proteccionismo y el dominio de lo más sustancioso del mercado internacional acaparado por el Reino Unido dentro de su imperio casi universal y sus exigencias de librecambio en el exterior, contenían, como se demostró, la agresividad potencial suficiente como para hacer saltar la precaria convivencia internacional en un conflicto sin precedentes por su magnitud y consecuencias. Sin embargo la guerra se cerró en falso tras la rendición de Alemania y no se pusieron soluciones para las verdaderas causas, que no eran sino económicas: los ciudadanos y sus mandatarios estaban cegados por el espejismo del nacionalismo. La lección no se aprendió.

Hoy la situación es diferente, las dos guerras quedan lejos y hemos aprendido mucho de su análisis, pero la tentación de recurrir al proteccionismo y al nacionalismo, que se vende con facilidad a la opinión pública, está viva. Habría que andar con pies de plomo.