21 sept 2009

Religión y psicoanálisis

Para los que la fe religiosa no nos dice nada, para los que ni siquiera decimos aquello tan vacuo y tan manido, “hombre, algo tiene que haber”, la persistencia del fenómeno religioso en el tiempo, su capacidad para perdurar por encima de cualquier circunstancia, su universalidad, tiene algo de misterioso. Por supuesto que no basta para convertirlo en una prueba de la existencia divina, como hacen muchos creyentes, pero sí que es un problema que reclama solución y que, al menos, frena con frecuencia la dialéctica de ateos y agnósticos.

Durante el siglo XX han proliferado los Estados laicos al ritmo que crecía el número de las democracias; incluso desde 1917 ha existido un grupo, que se definían como estados ateos, en los que la práctica religiosa sólo era tolerada; en ellos la religión desapareció de las escuelas y se ejercieron acciones positivas para erradicarla de las mentes de los ciudadanos y de los hábitos sociales. Por otra parte el progreso de la ciencia ha ido dejando sin sentido las cosmogonías religiosas y los mitos sobre el origen del hombre y su singularidad en la naturaleza. Además las condiciones de la vida moderna han trastocado en muy poco tiempo una buena parte del aparato ético de casi todos los credos convirtiéndolo en anacrónico. Cabría esperar ante esta acumulación de obstáculos un drástico retroceso de las creencias religiosas; pero eso no ha ocurrido. En los países que se proclamaron ateos las iglesias han recuperado en un santiamén (nunca mejor dicho) su antigua pujanza, demostrando que dos generaciones de bombardeo racionalista servía para lo mismo que aquellas bombas con las que las gaditanas se hacían tirabuzones. El más sensato laicismo y el progreso y difusión de la ciencia apenas si han logrado una cierta templanza y leve retroceso de las creencias. El trastorno de las costumbres ha tenido mayor efecto, pero, sobre todo, en el terreno de la militancia en las iglesias, que han perdido prestigio y capacidad de liderazgo, pero nada más. De África, del Oriente Próximo y del Asia islamizada mejor no hablar: allí la religión, convertida en bandera antioccidental, está en auge. ¿Por qué la racionalidad tiene tan poco efecto sobre las conciencias?

De las explicaciones múltiples que se han dado del fenómeno religioso a lo largo de la historia existe una que, me parece a mí, pone el dedo en la llaga y de ella se puede extraer una argumentación que desmonta el misterio.

Freud utiliza el psicoanálisis para dar una explicación coherente de la experiencia religiosa: en Totem y tabú y en Moisés y la religión monoteísta, desgrana una argumentación lúcida y atrayente en la que reduce el sentimiento religioso a la condición de una neurosis colectiva:

“los fenómenos religiosos sólo pueden ser concebidos de acuerdo con la pauta que nos ofrecen los ya conocidos síntomas neuróticos individuales; que son reproducciones de trascendentes, pero hace tiempo olvidados sucesos prehistóricos de la familia humana; que su carácter obsesivo obedece precisamente a ese origen; que, por consiguiente, actúan sobre los seres humanos gracias a la verdad histórica que contienen”.

En una muy conocida y genial fórmula: la neurosis obsesiva debe ser considerada como una religión individual y la religión como una neurosis obsesiva universal resume con maestría la conclusión de esta argumentación en la que obviamente no puedo entrar, pero si os remito a las obras citadas que se pueden leer o descargar en http://www.librodot.com/ (228K y 624K respectivamente).

Si realmente se trata de una neurosis obsesiva de carácter universal o colectivo anclada en la experiencia histórica de la especie humana, tenemos la clave para comprender su universalidad y su resistencia a los progresos de la razón y de la ciencia y la explicación de que incluso algunos científicos estén subyugados por ella; de la misma manera, una neurosis obsesiva individual no se erradica con argumentos ni están exentos de padecerla las personas más inteligentes o con mayor formación, que seguirán revisando las puerta del coche tres veces consecutivas o caminando sin pisar las juntas de las losetas por muchos que sean sus conocimientos y su inteligencia.

10 ago 2009

Farenheit 451

Ray Bradbury creó una situación de pesadilla en Farenheit 451. Como en 1984 de Orwell y en Un mundo feliz de Huxley la población, alienada y sometida por el poder mediante la propaganda y el control exhaustivo, aceptaba con docilidad su situación sin plantearse alternativa alguna. El titulo de la novela hace referencia a la temperatura a que arde el papel, unos 233ºC; en ella brigadas especiales de bomberos buscaban y quemaban cuantos libros hallaban, porque según la doctrina gubernamental su lectura creaba ansiedad y desigualdad entre los hombres, dificultando la consecución de la felicidad, objetivo supremo.

En la literatura de anticipación las imágenes del futuro que se nos ofrecen pueden encontrarse siempre en el pasado. Por fértil que sea la imaginación del novelista, al fin, lo que ocurre es que se trasladan hechos pretéritos insertándolos en una sociedad por venir. En el caso de la destrucción de los libros esto es más que evidente: sería difícil enumerar las veces que ha ocurrido en la historia, imposible inventariar lo destruido, y mucho más evaluar el daño causado. Los totalitarismos gubernamentales y eclesiásticos, en su afán por controlar a las personas y sus mentes, han sido en todos los casos los tristes y airados protagonistas.

En la Antigüedad, la ciudad de Alejandría se dotó, con un esfuerzo perseverante durante decenios, de la biblioteca más importante de su tiempo por el número y la variedad de sus fondos, y con ella de una institución emblemática del saber y el conocimiento en todas las épocas. Vinculados a la biblioteca estuvieron Eratóstenes, que midió las dimensiones de la Tierra y su distancia al Sol, e Hipatia, matemática y filósofa, por citar sólo a su primer y último responsable respectivamente. Un incendio accidental cuando Cesar desplegó allí sus legiones dañó parcialmente los fondos pero no a la biblioteca misma. En el S. V, en el combate que libraba el cristianismo entre sus diferentes facciones y contra el paganismo con todo lo que representaba culturalmente, la biblioteca fue incendiada e Hipatia asesinada por bandas de fanáticos impulsados por el patriarca Cirilo, que luego sería elevado a los altares. Puede ser que algo quedara de la biblioteca y cuando el islam se enseñoreó de la ciudad acabó con ella; se dice que el califa Omar argumentó ante el dilema de quemar o no los libros: Si está en el Corán es superfluo y si no lo está es pecaminoso. La mayor compilación del saber de la antigüedad había sido devorada por las llamas del fanatismo religioso.

En el S. X en Córdoba se vivía un auténtico renacimiento. El califa Al-Hakan II, ilustrado y amante de los libros consiguió reunir una inmensa biblioteca trayendo ejemplares de todos los rincones del mundo. Se cuenta que un barrio entero de la ciudad se dedicaba a tareas complementarias, como la más delicada e importante de copiar los textos, para lo que se empleaba a centenares de mujeres, de alguna de las cuales conocemos sus nombres. Se asegura que logró reunir 400.000 volúmenes, de los que unos miles estaban anotados y comentados por el propio califa, lector incansable. Poco después de su muerte el poder cayó de hecho en manos de Abú Amir, llamado Al-Mansur (Almanzor) que contaba entre sus cualidades el despotismo y el rigor religioso. Tan pronto tuvo oportunidad la biblioteca fue espulgada de aquellos textos considerados peligrosos para la fe, especialmente de filosofía y astronomía. En el siglo siguiente se produjo la invasión de los almorávides, fundamentalistas islámicos que habían creado un imperio en el norte de África. Al extenderse por Al-Andalus hicieron desaparecer brillantes manifestaciones de la cultura andalusí, entre ellas lo que quedaba de la biblioteca. Otra vez en nombre de Dios se atentaba gravemente contra la inteligencia y el trabajo racional.

En el S. XVI, el prelado fray Diego de Landa, franciscano por lo demás ilustrado, organizó un auto de fe para quemar miles de manuscritos mayas que habían logrado requisar a los indígenas, según cuenta él mismo: Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del Demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena. La cultura escrita maya desapareció y hoy todavía se intentan descifrar los jeroglíficos que han quedado en dos o tres códices que milagrosamente conservamos.

En algunos casos se trataba de papel, en otros de papiro o pergamino y la temperatura de ignición variaría ligeramente, pero, en todos, el daño causado fue irreparable, porque los textos, escritos manualmente, eran con frecuencia únicos. Los enemigos de la libertad lo tenían muy fácil, conseguir 233ºC está al alcance de cualquiera. Hoy las técnicas de difusión de la cultura son más complejas y también han de serlo sus contrarias. No es un seguro, el fanatismo aún anda suelto, pero da cierta tranquilidad.

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Ilustración por gentileza de Pep Boatella

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30 jul 2009

El futuro de la izquierda

En El Capital, y en otras obras, Marx analizó las contradicciones internas del capitalismo que, a la postre, auguraba, habrían de acabar con él. El mensaje revolucionario que creó consistía en acelerar y provocar el colapso. Entendía que sin el concurso revolucionario de los trabajadores el sistema podría orillar sus contradicciones más graves y perpetuarse evolucionando en una dirección no prevista. Al fin, es lo que ocurrió: la revolución, que tendría que haber sido universal, se produjo sólo en la periferia del sistema –la Rusia semifeudal del 17 y la China agraria del 49–, dando lugar a una caricatura del comunismo que después de enquistar durante seis decenios acabó por implosionar. No resistió el contacto con un capitalismo renovado que había logrado aunar un crecimiento espectacular con la elevación del nivel de vida de los trabajadores, entre los que la conciencia de clase se diluyó. La libre competencia en el mundo occidental generaba un crecimiento tecnológico y de la productividad que al comunismo burocrático del Este se le hacía imposible alcanzar a golpe de decreto.

El colapso inevitable del “socialismo real” produjo el desconcierto en la izquierda, de hecho ya confundida desde hacía tiempo por las insuficiencias democráticas del sistema y por los éxitos del capitalismo. En realidad el capitalismo con la “ayuda” de la presión sindical y del reformismo socialdemócrata había logrado una síntesis que lo situó en un nuevo nivel.

Las contradicciones, sin embargo, subsistieron, transformadas unas, enmascaradas otras, agravadas algunas: hemos visto como las finanzas se han apoderado del control de la economía operando con ubicuidad desde cualquier punto del Planeta, mientras las industrias emigran al Tercer Mundo donde hoy reside el nuevo proletariado, tan desprotegido como en los peores tiempos de la revolución industrial; los trabajadores del centro, transmutados en clases medias, han asumido la ilusión de haber superado la explotación, pero conviven con un lumpen subsidiado y masas de inmigrantes desarraigados, desclasados y sin derechos; la concentración del capital sigue su curso, creando corporaciones gigantescas mediante absorciones, fusiones y opas que cuestionan la autonomía y la propia existencia de los estados; la producción creciente impone un consumismo acelerado que desafía el equilibrio natural del Planeta agotando recursos irremplazables y degradando y contaminando el medio de modo probablemente irreversible.

La crisis sobrevenida en el momento en que parecía que nada ni nadie podría detener la maquinaria triunfal del capitalismo ha puesto en cuestión su fortaleza, su coherencia y sus procedimientos. Por un momento han vuelto a sonar en los foros económicos los nombres de Keynes y hasta de Marx y Engels, y, sin embargo, la izquierda política no se ha distinguido en nada sobre las soluciones a aplicar, e incluso está siendo derrotada en los comicios en todas partes por un electorado que confía más en la derecha para que lo saque de la depresión; la única izquierda que parece prosperar es el penoso populismo latinoamericano y el P.C.CH en funciones de trader. Nadie parece esperar ni desear una alternativa real. Ante tal situación, sin duda, el capital tomará nota, como ha hecho tantas veces en condiciones mucho peores, y aplicará algunas reformas que hará que a la recuperación de la actividad nos encontremos con un sistema, que será el mismo, pero que el lavado de cara sufrido nos permitirá aplicarle algún calificativo novedoso, y otra vez la locura.

Sin duda la izquierda seguirá teniendo un papel, pero en poco parece que se vaya a diferenciar del de los últimos años; es decir, un papel subsidiario, tocando poder de vez en cuando, aquí y allá, faltaría más; con programitas sociales que bien podrían basarse en la Rerum novarum, y alguna cuestión sobre costumbres, entreverada de derechos, que resultan tan espectaculares: escandalizan a los de enfrente y entusiasman a los de acá.

¿Cabe esperar algo más? Quizá no. El personal no parece demandar gran cosa en este sentido y en este momento, a pesar de que los tiempos son recios, que diría un clásico. ¿Tenemos pues la izquierda que nos merecemos? Probablemente sí. La verdad es que últimamente había abandonado incluso el papel de mosca cojonera… el capital hasta había dejado de mover el rabo… Algunos nos daríamos con un canto en los dientes porque lo recuperara.

Bueno, es un futuro.
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24 jul 2009

Locura y religión


Recuerdo haber leído de niño una biografía de Juana de Arco. Todavía conservo nítida en mi memoria la imagen de una de las ilustraciones del libro en la que Juana desenmascaraba ante la corte francesa la burla que habían querido hacerle presentándola ante un cortesano que suplantaba la personalidad del príncipe Carlos: “¡Oh, no! Vos no sois el Delfín”, rezaba el pie del dibujo, como expresión indignada de la Doncella de Orleans. Éste y otros sucesos milagrosos, especialmente voces de diversos santos que le indicaban lo que había de hacer marcaron su trágica epopeya. Unos la tomaron por santa y la siguieron ciegamente, otros la consideraron bruja, poseída por el demonio, y acabaron enviándola a la hoguera; posteriormente, por las especiales circunstancias del suceso se convirtió en un símbolo patriótico de los franceses. Hoy, cualquier persona informada de los entresijos de la mente no dudaría en considerarla un caso de alteración neurológica y/o esquizofrenia.

La historia de las religiones ha aportado una ingente cantidad de dementes, individuos con taras psíquicas, a veces invalidantes, que han influido decisivamente en ellas, cuando no han sido sus propios creadores. Una lectura de la Biblia nos conduce a la inevitable conclusión de que la totalidad de los profetas mayores hubieran pasado por el manicomio, de ser otros los tiempos. Pablo de Tarso descubrió a Cristo camino de Damasco como consecuencia de una crisis histérica, con alteraciones sensoriales (pérdida temporal de la vista) incluidas; un caso de libro. Nos han quedado testimonios reveladores de la sintomatología que sufría Mahoma cada vez que era objeto de revelaciones por la intermediación del arcángel Gabriel, lo que no deja muchas dudas para un diagnóstico objetivo, al margen de la fe.

En las religiones reveladas sus profetas, sus predicadores, incluidos Jesús y Mahoma, solían entregarse durante un tiempo al ayuno en lugares desérticos (generalmente 40 días; por encima de esa cifra el organismo corre serio peligro de colapsar) en busca de no se sabe bien qué verdades o revelaciones (en esa situación Jesús fue tentado espectacularmente por el demonio y Mahoma recibió las primeras visitas del arcángel). Lo cierto es que en tales condiciones carenciales la mente está en la mejor situación para producir febriles alucinaciones, en ningún caso verdades de ningún tipo. Para eso se requiere un cerebro bien nutrido y libre de estrés o angustias de conciencia; desde luego, el desierto con una alimentación de insectos y otras sabandijas no es el mejor de los medios. Sin embargo, la historia nos muestra que tal práctica tuvo gran predicamento en el cristianismo, islamismo, hinduismo, etc. y se extendió a simples seguidores, como procedimiento para hacer méritos, pero también para lograr el “verdadero conocimiento” y la comunicación con la divinidad. El resultado no es la clarividencia, como creían, sino la demencia, como sabemos hoy. El procedimiento recuerda a los médicos antiguos que aplicaban sangrías a los pacientes induciéndoles un estado de debilidad añadido a su enfermedad con resultados a veces fatales.

Nuestros días viven momentos de cierto desprestigio de las iglesias y los credos religiosos (algunos), lo que ha desviado la atención de los que sufren esas alteraciones hacía otros ámbitos: ocultismo, esoterismo, adivinación, videncia, extraterrestres, etc. Por eso, quizá, tenemos la sensación de que son cosas del pasado, aunque a diario estemos sometidos a la influencia, a veces pesada y dura, de lo que engendraron aquellas mentes.

La ignorancia sobre las enfermedades mentales justifica que en la antigüedad se considerara que los afectados estaban en relación con la divinidad o las fuerzas demoníacas. En nuestro tiempo carece de toda lógica que sigamos callando sobre estas evidencias, haciendo el juego al oscurantismo y la superstición, con el silencio de los expertos. ¿O es que los expertos dejan de serlo cuando se interpone la fe?



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ILUSTRACIÓN: Juana camino Reims. Nantes. S:XV
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16 jul 2009

El hombre y el Universo


Alguien me contó que de pequeño siempre que había un día de fiesta pensaba que era por él, como su cumpleaños o su onomástica; se creía el centro del Mundo. La humanidad ha tenido también su infancia y durante milenios se ha creído el centro del Universo: las plantas y los animales estaban ahí para alimentarle y servirle; las estrellas, la Luna y el Sol para iluminar sus días y sus noches, darle calor y orientación. El mito judeocristiano de la creación no deja dudas. Pero, poco a poco, como el niño, con desilusiones y frustraciones, va tomando conciencia cierta de su verdadero papel: ya en el XVI era evidente que la Tierra no era el centro de un Universo que hubiera permanecido inmutable desde el principio de los tiempos, sino un planeta más del sistema solar; poco después, que nuestro Sol era tan sólo una de los millones de estrellas que componen la Vía Láctea, que a su vez no es más que una de las incontables galaxias que pueblan el firmamento. Hoy la ciencia sabe esto y, además, que el hombre no es el final de ningún proceso, ni pieza clave en ningún proyecto.

El mito moderno de los orígenes se cuenta así: 
Hace unos 15.000 millones de años todo lo existente se concentraba en un punto de volumen ínfimo y extrema densidad, momento en el cual se produjo el Big Bang, la explosión con la que comenzó la expansión y enfriamiento del universo, proceso que aún perdura. Instantes después de la explosión las altísimas temperaturas produjeron la aniquilación recíproca de materia y antimateria generando inmensas cantidades de radiación; pero quedó una pequeñísima parte de materia –una diezmilmillonésima parte de la materia inicial– de la cual deriva todo lo existente. Los átomos de H, el elemento más simple, se forman entonces y todos los que existen en el universo son los mismos que se originaron en ese momento. La posibilidad de que en el futuro algunos de esos átomos llegaran a formar parte del hombre era ínfima y podía considerarse despreciable.

El resultado de la mutua interacción de las cuatro fuerzas básicas del universo –gravitatoria, electromagnética y nuclear fuerte y débil– fue la formación de todos los objetos celestes. Las estrellas son enormes acumulaciones de gas y polvo, en cuyo núcleo se consume H y después He hasta agotarlos, produciendo radiación que sale a la superficie y se emite en su entorno. Cuando se agota el combustible la estrella muere siguiendo diferentes procesos según su masa. Miles de millones de estrellas han nacido, evolucionado y muerto hasta este momento. En torno a las estrellas, atrapados por su fuerza gravitatoria, se van formando por agregación de polvo y rocas nuevos cuerpos que acaban constituyendo los planetas. Los más cercanos a la estrella serán desiertos rocosos abrasados por su intensa radiación, los más lejanos, de hielo y gas, gigantes gaseosos; sólo a la distancia justa puede existir un planeta con agua líquida como la Tierra.

En el medio acuático que cubría la Tierra los elementos que son responsables de la vida –hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno– formaron, ayudados por la radiación solar, diversas combinaciones cada vez más complejas que interactuaban con el entorno del que obtenían algunos elementos y al que cedían otros, así surgió la vida. Aparecen las plantas, más tarde los animales y hace unos cuatro millones de años la especie homo de la que somos parte. Si los quince mil millones de años de existencia del Universo los concentráramos en uno sólo resultaría que los primeros ancestros del hombre llegaron tan sólo dos horas antes de que se acabara el año.

La insignificancia del hombre frente a la inmensidad del Universo es manifiesta en el tiempo y en el espacio. Su habitat, la Tierra, no es más que un pequeño planeta, que bien pudo no existir, en el sistema de una estrella de tamaño medio perdida en el extremo de una galaxia, en un Universo que las cuenta por millones; su tiempo, fracción ínfima del lapso total, terminará probablemente mucho antes de que el Sol haya llegado a su fin, mientras miles de millones de estrellas nacen y mueren en el transcurso de un periodo para nosotros inabarcable; su génesis como ser vivo, resultado de un proceso evolutivo de gran complejidad y fragilidad, que pudo haber cambiado de dirección y resultados en infinidad de ocasiones según las cambiantes situaciones del entorno, y que tan sólo un día antes de que acabara el año, si seguimos nuestra anterior simulación, era impensable su aparición.

Podemos concluir que su existencia es trivial, su destino indiferente, su trascendencia insignificante, su finalidad quimérica.
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Annia Doménech: La Tierra era plana porque así la veia el hombre. En Caos y Ciencia.