30 ene 2009

La infancia, presente y pasado

El vocablo procede del término latino infantia, que significaba incapacidad para hablar; así pues, se define por sus carencias, lo que no deja de ser significativo. De hecho, el concepto de infancia que tan familiar nos resulta hoy, es históricamente reciente; en un sentido estricto podría decirse que no se remonta más allá del s. XX: hay quien lo considera una consecuencia directa de la gran masacre de la Primera Guerra Mundial. Como sucede con otros fenómenos, con los que estamos en la actualidad tan íntimamente identificados que nos parece que existieron siempre y en todas partes, la infancia sería una creación cultural, de civilización, histórica.
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Estos días está siendo juzgado Thomas Lubanga por el reclutamiento de niños, utilizados como soldados en el conflicto congoleño, lamentablemente no es un caso único. El empleo de niños en el trabajo industrial y agrícola es una plaga en África, Asia y América. Los casos de pederastia en todas partes y la prostitución infantil en algunos países son lacras con las que estamos familiarizados. Sin embargo, estos hechos son visibles por dos razones: el progreso de las comunicaciones que permiten una rapidísima difusión de noticias desde cualquier rincón del mundo y la universalización de nuevos valores que contemplan la infancia como un sector de la población portadora de derechos, con valor propio –la Declaración de los Derechos del Niño data de una resolución de la ONU de noviembre de ¡1959! En ninguna parte ninguna institución, ni local ni internacional, ni laica ni religiosa, hizo nunca algo parecido–. Y es que las cosas no funcionaban igual tiempo atrás.

La Biblia cuenta como Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo Isaac porque así se lo reclamaba Yahvé como prueba de obediencia y, aunque el sacrificio no se consumara, revela una costumbre ancestral. Los espartanos despeñaban a los niños que nacían con taras que les impedirían en el futuro ser buenos soldados. En Roma cuando nacía un niño era presentado al padre que decidía si lo aceptaba o no, y aunque con el tiempo se convirtió en un ritual más, el pater familias disponía de las vidas de sus hijos. Aixa, la tercera esposa de Mahoma, tenía siete años cuando la casaron, y ella misma cuenta como, cuando tenía nueve, fue llevada por su madre de la mano desde el columpio donde jugaba al lecho del profeta ¡Allah es grande!. Explica Amin Maaluf[i] cómo los cruzados devoraban, frente a las murallas de las ciudades cercadas, a niños capturados para infundir terror a los sitiados. En la Santa Sede, hasta el s. XVIII, se castraba a algunos niños que formaban parte de los coros para que conservaran más tiempo la belleza de la voz infantil, con la que se cantaban las alabanzas al Señor ¡Laudamus Deo!. Ya en el s. XIX, y en el mundo occidental, los niños que nacían de madres esclavas, eran esclavos desde su nacimiento; con la revolución industrial se reclutó niños de corta edad para tareas como introducirse entre la maquinaria textil para desenredar los hilos, o en las minas para empujar vagonetas cargadas de mineral por túneles que se cavaban muy estrechos para reducir el costo. Muchas mujeres que se empleaban como nodrizas abandonaban o se deshacía de sus hijos por no perder el empleo. Todavía hoy hay paises que luchan por erradicar la costumbre del infanticidio femenino.

El silencio de la historia sobre los niños es tal que parece que no existieran. En las imágenes que conservamos vemos que visten como adultos y sólo se distinguen de ellos por su menor tamaño; incluso los artistas muestran una especial torpeza al retratar sus rasgos, eso cuando se ocupan de ellos, porque sorprende su ausencia en la pintura y la escultura por lo menos hasta el barroco, con la excepción del Niño Jesús. En cambio sabemos que en las sociedades agrícolas del Antiguo Régimen la natalidad era muy alta porque los campesinos los veían como una inversión para su futuro, aportando trabajo desde muy pronto y garantizando el cuidado de los mayores; y que en las sociedades desarrolladas disminuyó drásticamente porque se los vió más como un gasto y un estorbo para la realización personal de los presuntos padres.

En resumidas cuentas, los niños han existido siempre, pero nunca tuvieron el mismo valor y, desde luego, el considerarlos como sujetos de derechos y valorarlos por sí mismos, es un fenómeno reciente que, desgraciadamente, todavía se resiste en algunas mentes, en algunos ambientes y en algunos ámbitos culturales. Entre nosotros, todavía manipulamos con absoluto descaro sus mentes según la pertenencia ideológica de los padres, como si les pertenecieran; dice Dawkins[ii] que los abusos sexuales de que han sido acusados tantos clérigos son, por sus consecuencias, mucho menos graves que la manipulación ideológica que practican impunemente inculcándoles creencias contrarias a la razón, con el consentimiento de los padres, la sociedad y las autoridades. Reflexionemos.


[i] AMIN MAALOUF: Las cruzadas vistas por los árabes. Alianza Editorial[ii] RICHARD DAWKINS: El espejismo de Dios. Espasa-Calpe.
IMAGEN: niños mineros.


28 ene 2009

Palestina, tres testimonios y un mapa

Entre la multitud de textos y otros testimonios que podemos hallar, demostrativos de la injusticia histórica que se ha cometido y se sigue cometiendo con el pueblo Palestino, he seleccionado tres cuya relevancia me parece indiscutible. El primero, del más alto responsable británico en la zona advirtiendo del expolio de las tierras por el procedimiento de que las asociaciones judías internacionales las compraran a los terratenientes absentistas para expulsar después a los cultivadores palestinos. El segundo, unas palabras de Mahatma Ghandi, observador imparcial y sensible a las injusticias del dominio colonial, escritas poco después de comenzada la primera revuelta árabe; por eso dice: «Desearía que hubieran escogido el camino de la no-violencia». El tercero es una esclarecedora intervención de Ben Gurión –padre del Estado de Israel–ante sus correligionarios, expresándose con la cruda sinceridad que le caracterizaba y constituyéndose en auténtica conciencia de su pueblo.
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1) Las tierras que ocuparon los judíos ni estaban desocupadas ni eran baldías.

"El alto comisionado británico para Palestina, John Chancellor, reinició la suspensión total de la inmigración y de la compra de tierras por parte de judíos para proteger a la agricultura árabe. Dijo que 'toda la tierra cultivable está ocupada; que ninguna tierra cultivable en posesión actual de la población indígena, puede ser vendida a los judíos sin crear una clase de agricultores árabes sin tierra'... La Oficina Colonial rechazó la recomendación."

John Quigley: Palestina e Israel: Un Desafío a la Justicia.

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2) Ghandi habla sobre el Conflicto Palestino en 1938

“Palestina pertenece a los árabes de la misma manera que Inglaterra pertenece a los ingleses o Francia a los franceses… Lo que está sucediendo en Palestina en la actualidad no puede ser justificado por ningún código moral de ninguna especie. Si ellos tienen que considerar a la Palestina geográfica como su hogar nacional, es incorrecto que entren al país bajo la sombra de los fusiles británicos. Un acto religioso no puede ser realizado con la ayuda de bayonetas o de bombas. Pueden asentarse en Palestina sólo a través de la buena voluntad de los árabes. En la situación actual, son los copartícipes de los británicos en el despojo de un pueblo que no les ha hecho ningún mal. No estoy defendiendo los excesos árabes. Desearía que hubieran escogido el camino de la no-violencia en la resistencia contra lo que consideran –con justicia- como una invasión inaceptable de su país. Pero, según los cánones aceptados de lo que es justo o injusto, no se puede decir nada contra la resistencia árabe frente a desventajas abrumadoras”.

Mahatma Ghandi, citado en Un país para dos pueblos, ed. Mendes-Flohr.

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3) Ben Gurión se expresa sin ambages sobre el significado de la ocupación.

"En 1936-9 los árabes palestinos realizaron un levantamiento nacionalista... David Ben-Gurión, eminentemente realista, reconoció su naturaleza. En la discusión interna, indicó que «en nuestra argumentación política en el exterior, minimizamos la oposición árabe contra nosotros», pero exhortó a que, «no ignoremos la verdad entre nosotros mismos». La verdad era que «políticamente somos los agresores y ellos se defienden... El país es suyo, porque ellos lo habitan, mientras que nosotros queremos venir aquí e implantarnos, y desde su punto de vista nosotros queremos arrebatarles su país, mientras aún estamos en el exterior...» La sublevación fue aplastada por los británicos, con considerable brutalidad."

Noam Chomsky: El triángulo fatídico.
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4) El mapa.




Después del año 2000 algunos asentamientos judíos en territorio palestino han sido abandonados, como los que se ven en Gaza en el último mapa.
Más mapas de Palestina aquí.

25 ene 2009

Origen del conflicto palestino

El origen del problema palestino arranca del momento en que el gobierno británico acepta la tesis sionista de recuperar para los judíos la tierra prometida; este es el tema de la llamada declaración Balfour:
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Foreign Office,
2 de noviembre de 1917.

Estimado Lord Rothschild:

Tengo el placer de dirigirle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él.

«El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina ni los derechos y el estatuto político de que gocen los judíos en cualquier otro país.»

Le quedaré agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Sinceramente suyo,
Arthur James Balfour.



¿Cuál era la situación en este momento? ¿Por qué esta carta? ¿Por qué la decisión del gobierno británico?

En noviembre de 1917, fecha de la carta, faltaba justo un año para que terminara la Gran Guerra con la capitulación alemana, y la derrota de Austria Hungría y de Turquía. Hacía sólo unos meses –desde abril– que EE.UU. había entrado en el conflicto. Alemania y Francia aspiraban a hacerse con las provincias turcas de Oriente Medio, entre ellas Palestina; de hecho existían contactos franco británicos para el reparto de toda la zona –en contra de las promesas a los árabes por intermedio del general Allemby y su subordinado “Lawrence de Arabia”.

En la primavera de 1917 "Londres informaba a los sionistas que su toma de posición en favor de un mandato británico en Palestina sería muy apreciada". Los contactos entre Balfour, secretario del Foreing Ofice, y destacados sionistas (Waizman, Rostchild) fueron intensos y numerosos, pero tardaron en cuajar por la dura oposición de otros judíos no sionistas (Montagut, también ministro británico) que veían más problemas que ventajas en el proyecto de Palestina. La actitud filobritánica de la mayoría, o lo más destacado, del movimiento sionista indujo la respuesta del gobierno de Lloyd George, otorgando la declaración Balfour –con algún párrafo (no se hará nada… que pueda perjudicar…) debido a la oposición Montagut.

Pero ¿qué esperaba sacar Gran Bretaña de este compromiso exactamente? Dos cuestiones fundamentalmente: 1) de modo inmediato se trataba de "conseguir el apoyo del pueblo judío, de otras naciones en lucha y de países neutrales, como Estados Unidos, a la causa aliada durante la I Guerra Mundial "–cuestión que no dejaría de tener importancia en la deriva antisemita de la Alemania de posguerra–; 2) como objetivo a largo plazo se trataba de la importancia estratégica de Palestina en las rutas marítimas y terrestres hacia la India, vital para Gran Bretaña, y su posible utilización como terminal de los oleoductos procedentes de los campos petrolíferos de Oriente Próximo, que en esta fecha ya apuntaban su inmenso valor futuro.

El 24 de julio de 1922 la Sociedad de Naciones (precedente de la ONU) incluyó la declaración en el mandato por el que se establecían las condiciones con las que se confiaba al Reino Unido la administración temporal de este territorio en nombre de árabes y judíos. En esa fecha la población del territorio era multiétnica, con mayoría absoluta árabe; los judíos, cuya número había aumentado considerablemente desde finales del s. XIX por la inmigración desde comunidades de Europa oriental, era del 11%. Desde entonces esta proporción no hizo más que cambiar a favor de los judíos, por un doble proceso de adquisición de tierras, de las que se expulsaba a sus cultivadores palestinos, y el asentamiento de colonos judíos. La revuelta árabe de 1936 no logró detener el proceso. En 1948 se declaró la independencia del Estado de Israel, consecuencia directa de la declaración Balfour, y terminó el mandato británico.

22 ene 2009

Obama y el cambio climático

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Pocas veces se han dado circunstancias tan propicias para que tanta gente espere tanto de un mandatario recién elegido. No hay terreno de la actividad humana en el que no se tenga la esperanza de un cambio que Obama no deba intentar. El medio ambiente es uno de ellos y no de los menos necesitados. El flamante presidente ha mostrado en diversas ocasiones sensibilidad en la materia, la misma que le ha faltado a la administración saliente. Quizá por eso, a finales de diciembre, el climatólogo James Hansen ha escrito una especie de carta abierta titulada: Decir la verdad a Barak Obama – Toda la verdad. [Texto en inglés, o francés]

Hansen es un científico que ha sido denostado y ridiculizado desde que emprendió una campaña de sensibilización sobre el problema del calentamiento global, dirigiéndose al gran público y a la clase política –formó parte del equipo del candidato demócrata J. Kerry–. Los escépticos del cambio climático, que con tanta frecuencia coinciden con posiciones políticas ultraconservadoras, y la derecha chocarrera y descalificadora del progresismo en cualquiera de sus manifestaciones, lo ha crucificado de todas las formas posibles. Desde posiciones más equilibradas se le acusa de apocalíptico y desmesurado. Sin embargo el texto a que hago referencia contiene ideas que en mi modesta opinión son muy acertadas, mientras no se me argumente con mayor convicción en contra.

El problema de las emisiones de gas carbónico es decisivo –387 ppm (partes por millón) de contenido de la atmósfera en la actualidad frente a 280 ppm antes de la revolución industrial– en el calentamiento global. Para reducirlo propone la captura del CO2 a la salida de las centrales termoeléctricas y su almacenamiento, el recurso a las centrales nucleares de cuarta generación y la imposición rigurosa de una tasa por las emisiones de carbono, como soluciones ineludibles porque las considera irremplazables, a escala planetaria, por las políticas seguidas en algunos países, de ahorro energético y uso de energías renovables.

Critica duramente el uso del carbón para la producción de electricidad y la tendencia actual a incrementarlo en países emergentes con reservas y en los antiguos productores para diversificar las fuentes o escapar del dominio del petróleo. Considera su uso extremadamente pernicioso porque es la fuente energética más contaminante y que más sufrimiento ha causado a la humanidad, desde su extracción a su combustión y conversión en gas de efecto invernadero. El almacenamiento del CO2 ha de acompañarse de una política de nuclearización de China y la India con centrales de cuarta generación, considerablemente avanzadas sobre las tradicionales, en seguridad, consumo de uranio y contaminación.

El texto es largo y prolijo, muy bien argumentado y hace un llamamiento a su crítica desde posiciones científicas. Se extiende considerablemente sobre los efectos del calentamiento global, sobre lo pernicioso del carbón como fuente energética, hoy y en el pasado reciente, y la necesidad de la energía nuclear, aunque entiende que haya países que no la acepten, en contra de las propuestas del ecologismo dogmático.

En el suplemento Futuro de El País se podía leer ayer un experimento en marcha protagonizado por el buque oceanográfico alemán Polarsten, con científicos europeos e indios que pretenden sembrar una zona del Atlántico con sulfato de hierro, con lo que esperan favorecer la proliferación de la población de algas y microorganismos, aumentando así la capacidad de almacenamiento de CO2 del océano.

Espero que la administración Obama sea sensible a estas demandas y colabore e incluso lidere, como corresponde a EE.UU., este tipo de esfuerzos, recuperando el tiempo perdido por una administración tan obtusa como la que acaba de hacer mutis, a Dios gracias. Si es así, hasta podríamos disculparle el cigarrillo.

18 ene 2009

¡Se acabó la fiesta!

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Entre los países de la zona euro, Irlanda y España se habían convertido en modelo y admiración de toda Europa por sus tasas de crecimiento, casi asiáticas. Una y otra mostraban en los foros europeos sus cuentas de resultados con cargante petulancia, amenazando con sobrepasar a las potencias más sólidas del continente. Ayer mismo, alegando estos resultados, pugnaba con insistencia Zapatero por hacerse un sitio en el G8.

Hoy, el zarpazo de la crisis ha dejado a Irlanda a las puertas de la unidad de cuidados intensivos del FMI, y España, noqueada por el impacto empieza a vislumbrar un futuro que se adivina oscuro y difícil por mucho más tiempo (empezamos a hablar de años) de lo que podía imaginarse hace tan solo unos meses. Nadie duda de que sin la cobertura del euro, habría que haber recurrido ya a la devaluación monetaria. Evidentemente la fiesta –aquella en la que usamos el disfraz de nuevos ricos– ha llegado a su fin. Ya sé que los que nos quedamos sin diversión hemos sido todos, el mundo entero, esta es la primera crisis global; pero lo que más me preocupa es nuestra resaca, que, quizá por ser noveles y haberle dado a la bebida sin las debidas precauciones, nos deje sin aliento mucho, mucho tiempo.

Todo es pasajero, también las recesiones; pero cuando ésta haya pasado, ¿en qué situación quedaremos? Imagino lo que ocurrirá en EE.UU., Japón, Alemania, Reino Unido, Francia… etc.; cuando sus engranajes comiencen de nuevo a rodar, porque sólo se habrán oxidado un poco, seguirán vendiendo equipamiento y servicios a China, India…; hasta es posible que alguna innovación tecnológica permita acelerar el crecimiento y proporcione un complemento de alegría al nuevo proceso. Pero ¿y España? ¿Pondremos de nuevo en marcha las hormigoneras? Me temo que no, la construcción no puede ser otra vez el motor del crecimiento porque se ha llegado a un punto de saturación ¿Qué nos queda? Un equipamiento industrial raquítico, unas tasas de productividad a la cola de Europa, una inversión en innovación tecnológica tercermundista, un sistema escolar con el índice de abandono más alto de nuestros iguales y una eficiencia lamentable. La mayor parte de los emigrantes se habrán marchado, el déficit público sobrepasará el 6%, la Seguridad Social volverá a sentir la amenaza del déficit, el paro andará por los 5 millones…

Ojalá me equivoque pero todos los indicios me hacen pensar que nuestra postración va a ser más duradera que los pasados años de euforia, que tan mal aprovechamos para dotarnos de mayor solidez que el prpocionado por el superávit de los dos o tres años pasados y el hormigón que hemos derramado por todos los rincones de nuestro país, como muestra la instalación que celebra la presidencia checa de la UE.

Puede que me tildéis de pesimista; para librarme de esa presunta acusación os recomiendo la lectura de las dos fuentes que he utilizado: la entrevista a Solbes en El País y el artículo de Pierre–Antoine Delhommais, La derrota de la Armada Invencible (La déroute de l’Invincible Armada), en Le Monde, ambos de hoy, 18 de enero.