26 may 2009

La enfermedad globalizada

La globalización universaliza lo bueno y lo malo. Hoy las epidemias se convierten rápidamente en pandemias por efecto del contacto entre poblaciones de todos los rincones del mundo, después de la revolución de los transportes. El SIDA, la gripe aviar, la gripe porcina son ejemplos elocuentes, pero no siempre fue así ni muchísimo menos.

La enfermedad es consecuencia del parasitismo que algunas especies ejercen sobre otras. Los agentes responsables son microorganismos que forman parte de los nichos ecológicos y en ellos se hallan en equilibrio con las especies que parasitan; el cambio de cualquier factor puede desencadenar el progreso espectacular de uno de esos agentes o el salto a otro nicho donde producirá una catástrofe hasta su acomodación definitiva. La especie humana, distribuida por el mundo desde hace milenios, se organizó en grupos, civilizaciones, aislados a veces por barreras geográficas que eran otros tantos obstáculos para la propagación de las enfermedades. Los contactos comerciales o de cualquier índole entre culturas han sido con frecuencia vías de penetración de las infecciones. Atentos a los acontecimientos políticos, los historiadores han descuidado siempre, salvo casos puntuales, el papel que éstas jugaron.

Sabemos que todo el primer milenio después de Cristo fue un periodo de detenimiento del crecimiento demográfico e incluso de descenso en todo el inmenso espacio eurasiático. Estudios recientes parecen indicar la aparición y repetición de sucesivas epidemias de viruela, sarampión y rubeola en la Roma de los primeros siglos del milenio, enfermedades desconocidas hasta entonces y para las que las poblaciones estaban indefensas porque carecían de los anticuerpos, biológicos y culturales, necesarios para neutralizarlas; en la época de Justiniano (S.VI) apareció la primera epidemia de peste bubónica en Bizancio, que resultó catastrófica. En el otro extremo, en China, se perciben fenómenos similares. El impacto demográfico fue inmenso, de modo que en el año 1000 había menos población en Europa y en China que en los primeros tiempos del Imperio romano (S.I). ¿El desorden y los trastornos producidos por la caída del Imperio Romano (fin de la Antigüedad) y de la dinastía Han en China produjeron estos males, o estos males contribuyeron decisivamente a desmoronar estructuras tan bien construidas? Hay más, en las zonas de contacto, el Oriente Medio, el Asia occidental y norte de la India, las enfermedades tuvieron menos impacto, seguramente porque por ser zonas de paso sus poblaciones estaban más inmunizadas. Pero entonces podemos hacer otra pregunta: ¿no se deberá a eso el nacimiento y expansión del Imperio persa Sasánida, el imperio Gupta de la India y, por supuesto, del Islam?.

Es sólo un ejemplo, pero podemos continuar hasta el infinito. En la conquista y colonización de América, los españoles, además de la lengua y el cristianismo, aportaron, entre otros, el virus de la viruela, que causó muchísimas más víctimas que la avaricia de los colonizadores, diezmó a la población indígena.

"[la viruela] desempeñó en la expansión del imperialismo blanco un papel tan importante como la polvora (...) porque los indígenas volvieron los mosquetes y luego los fusiles contra los ivasores, pero pocas veces ha combatido la viruela en el bando de los indígenas" (Alfred Crosby)

Sin ese fenómeno quizá no hubiera existido población negra en el continente porque el tráfico de esclavos hubiera tenido menos sentido. En contrapartida, se dice, que los europeos contrajeron allí la sífilis, a la que en España se llamó el mal de La Española (primer nombre de la isla de Sto. Domingo y primer asentamiento español). Tampoco hay que hacer mucho caso a esto porque en Europa, sobre todo en Inglaterra, pronto se la conoció como el mal francés, cargando el muerto a nuestros vecinos; en Francia, en cambio fue la enfermedad italiana, en Japón la enfermedad portuguesa, en Portugal mal castellano, para los rusos era el mal polaco y para estos el mal alemán, cerrando el círculo los turcos hablaban de mal cristiano o mal español. Definitivamente con la sífilis no vamos a hacer carrera en la investigación sobre el origen de las enfermedades.

Todavía hoy la enfermedad produce mucha zozobra, pero también muchos interrogantes, quizá en ella estén las claves de acontecimientos históricos que hasta hoy, con un punto de vista demasiado simplista, hemos achacado a causas políticas o, en el mejor de los casos, económicas.

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En la ilustración indígenas mexicanos afectados de viruela. Nueva España S.XVI.
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24 may 2009

El valor de la mentira

Como homenaje a Castilla del Pino, recientemente perdido, me he descargado de internet (lícitamente) La Incomunicación; ya en el prologo (a la 11ª edición) leo que la incomunicación es imprescindible para mantener la salud mental, para generar la introspección tan necesaria en la creación de un concepto de nosotros mismos y hasta para mantener una actividad creadora:

“Debemos mucho, en orden a la creatividad, a este forzado repliegue del hombre sobre sí mismo, a la búsqueda de «diálogos» interiores, de flujos de conciencia, de autodescripciones de los propios estados. Ni la mística, ni la poesía, ni la novela moderna, ni siquiera la psicología y la filosofía en lo que tienen necesariamente de introspección, hubieran sido lo que son si la única necesidad del ser humano hubiera sido la exteriorización y esta no le hubiera resultado frustrante.”

Aparentemente es difícil encontrar un fenómeno tan negativo para la vida social como la incomunicación, en realidad se nos aparece como destructor por excelencia de la sociabilidad, una cualidad esencial de la raza humana. Pero, sin embargo, a poco que reflexionemos encontramos que prescindir por completo de ella provocaría justo la catástrofe que pensamos evitar manteniéndolo a raya.

Sin desarrollarlo, lo mismo apunta para la mentira, como elemento igualmente necesario para el buen funcionamiento de la sociedad y de una mente sana. La verdad tiene un inmenso prestigio social: a todos nos gusta, de una forma o de otra, presumir de veraces y muchos aseguran decir siempre la verdad (sin percatarse de que al hacerlo se delatan como mentirosos). Pero todo apunta a que prescindir de la verdad es con frecuencia deseable o conveniente e incluso necesario: los rituales de la cortesía, que es el aceite que engrasa las relaciones sociales, la convivencia, se alimentan de ciertas formas de mentira, disimulo y ocultación; con frecuencia recurrimos a la mentira, en cualquiera de sus formas, para preservar nuestra intimidad; es también evidente que la evitación de un mal mayor nos apremia a utilizarla más veces de las que estamos dispuestos a admitir (muchas de las mentiras casi instintivas de los niños tienen esa finalidad).

He hablado antes de su necesidad para mantener una mente sana. Pensaba en la multitud de ocasiones en que nos engañamos a nosotros mismos. Enfrentados a una conciencia, a veces demasiado exigente, el único recurso para no frustrarnos, para que nuestra vida no nos parezca un fiasco, es ocultarnos la verdad. Detectamos la estrategia en los demás y nos causa sorpresa e incredulidad por lo burdo, a veces, del artificio, pero ¿qué razón hay para pensar que a nosotros no nos ocurre aunque sea con fórmulas más sutiles?

Incluso en la naturaleza encontramos formas admirables de mentira y engaño, todos conocemos mil y un ejemplos, que no se diferencia de las humanas más que en la falta de verbalización.

En definitiva, mi punto de vista sobre esta cuestión es que verdad y mentira no son más que dos aspectos de la realidad que conviene administrar con sabiduría y prudencia al margen de absolutismos o maximalismos morales.

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21 may 2009

Un equilibrio frágil

Vivimos en un planeta al que una portentosa serie de casualidades ha convertido en un solar apto para la vida e incluso para que nuestra especie se sienta cómoda, pero esa situación es inestable y parece frágil. En el sistema solar sólo una estrecha franja, en la que se halla la Tierra (ecósfera) reúne condiciones. Permanecer en esa zona es una condición primaria, pero no la única: hace tiempo que sabemos que el clima ha oscilado en la tierra de tal modo que se ha situado en varias ocasiones al límite de lo tolerable para la vida hasta el punto de producirse varias extinciones masivas de especies, en algún caso hasta del 95% (en el Pérmico, cuando se formó un solo continente, Pangea, mucho antes de extinguirse los dinosaurios en el Cretácico quizá por el efecto invernadero que produjo la caída de un meteorito); las oscilaciones térmicas se han hecho más frecuentes en los últimos tiempos (último millón de años), produciendo una alternancia de períodos fríos (c.10ºC) y cálidos (c.15ºC). A la especie humana le ha tocado vivir este tiempo precisamente, entre periodos glaciares e interglaciares; los últimos 10.000 años, los de la civilización, se corresponden con un periodo cálido interglaciar. Dentro de la tendencia general del planeta al enfriamiento desde hace cientos de millones de años, el fin próximo de la interglaciación que vivimos anuncia un nuevo enfriamiento y, sin embargo estamos preocupados por el calentamiento global.

Las causas de tanta inconstancia en el mantenimiento de las temperaturas parecen estar en algunas irregularidades en la inclinación del eje y en la órbita terrestre, razones astronómicas. Pero además la geología es fundamental en el clima: la distribución de los continentes y que la circulación de las aguas oceánicas tengan abierto o no el acceso a los polos determina altas o bajas temperaturas respectivamente; ya hemos visto lo ocurrido cuando todas las tierras se reunieron en un continente en el Pérmico. Sin embargo el tiempo geológico y el nuestro tienen ritmos muy dispares, por eso no podemos verlo como una amenaza.

La biota (conjunto de la flora y fauna) también es capaz de alterar las condiciones químicas y climáticas. Sabemos que el abundante oxígeno que contiene nuestra atmósfera es un producto de desecho de determinadas bacterias que lo produjeron en cantidades ingentes, pero gracias a ellas estamos aquí contando o leyendo esto. Muchas algas producen dimetilsulfuro, un gas que al reaccionar con el oxígeno permite que se condense vapor de agua haciendo el efecto de sembrador de nubes, las cuales al hacerse abundantes impiden que llegue la radiación solar al suelo, produciendo un enfriamiento y, a su vez, una reducción de las algas; pero al disminuir éstas, disminuirán también las nubes y subirán las temperaturas permitiendo que empiece un nuevo ciclo. En este caso, el bucle tiene la virtud de funcionar como un termostato que mantiene las temperaturas constantes. Este fenómeno lo utilizó Lovelock para explicar su teoría llamada Hipótesis Gaia (Gea en castellano), que pretende que los organismos vivos, sin saberlo, crean las condiciones necesarias para su permanencia neutralizando las alteraciones climáticas o químicas que les serían desfavorables.

Hay una especie, la nuestra, que ha proliferado tanto y tiene tal capacidad de adaptación que ha invadido casi todos los nichos del planeta, con la excepción de la Antártida, algunos desiertos, los restos de selvas ecuatoriales que subsisten y la alta montaña; las zonas templadas las ocupa con densidades altísimas; ha modificado de tal forma el medio que salvo en las zonas indicadas ha creado por todas partes un nuevo paisaje; ha manipulado la flora y la fauna seleccionando y modificando las especies que le son útiles y eliminando las que le estorban convirtiéndose en el principal destructor de la biodiversidad; aprendió a utilizar la energía de otras especies y recientemente a obtenerla de los recursos fósiles almacenados durante miles de millones de años de la historia terrestre, liberando a la atmosfera cantidades inmensas de CO2. La modificación del paisaje, la proliferación de los desechos y la alteración de la composición de la atmósfera son herramientas tan poderosas que están generando un cambio climático hacia un calentamiento de consecuencias imprevisibles.

La desaparición de algunas culturas o civilizaciones se produjo por una catástrofe ecológica, inducida o no por su propio desarrollo ¿Nos espera el mismo futuro pero a escala global, como corresponde a la nuestra? Desde cualquier punto de vista el impacto de la humanidad sobre la biosfera carece de precedentes

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18 may 2009

La expulsión de los moriscos

En la primavera de 1609 un decreto de Felipe III ordenaba la expulsión de los moriscos de todos los reinos españoles, tanto de la Corona de Aragón como de Castilla. El episodio es el último acto de un proceso que hoy llamaríamos de limpieza étnica, que había comenzado en Granada con la política del Cardenal Cisneros, ratificada por los Reyes Católicos con la pragmática de 1502 que obligaba a la conversión con la alternativa de la expulsión. Desde ese momento las fuentes cambian la denominación tradicional de mudéjares por la de moriscos.

El primer problema que se plantea es encontrar una causa para una decisión tan grave. Hubiera sido explicable tras la sublevación en Granada por la represión de Cisneros, o en la de las Alpujarras en la época de Felipe II, pero en ambos casos se resolvió sólo con la dispersión de los granadinos por Andalucía y Castilla. De hecho la mayor parte de los moriscos eran los de Aragón (20% de la población) y Valencia (33%), que no planteaban problema alguno por su existencia de tres siglos largos. Económicamente era un despropósito mayor, como demuestra la resistencia de los nobles terratenientes que veían la expulsión como una catástrofe para sus tierras, sin tener en cuenta la multitud de oficios que quedarían desatendidos, en una época en que el trabajo manual era signo de villanía. No parece que haya explicación mejor que el fanatismo religioso uniformador y excluyente, que no se detiene ante el genocidio; ya existía el precedente judío.

Segunda cuestión. Todos los expulsados pertenecían más a la tierra de la que eran arrojados que los que los extrañaban, y no porque estuvieran en ella desde el S. VIII, inicio de la presencia islámica, y aquellos desde la repoblación del XIII o del XV, sino porque la idea de una invasión musulmana era una ficción gestada en la “reconquista”, hoy aceptada por la historiografía, con matices que impiden hablar de unanimidad. Las diferencias eran exclusivamente de fe y costumbres, incluida la lengua. Pero aunque ahora (en el XVII) se arguyera la imposibilidad de la asimilación como justificación, en otros momentos (Aragón S.XIII) se les había obligado a portar distintivos en las ropas para contrarrestar la absorción social que estaba borrando las diferencias externas.

El tercer punto que quiero resaltar es que hubo muchos que no salieron o que volvieron después, con los cuales se hizo la vista gorda, incluso la Inquisición que, la verdad, nunca había actuado con celo contra los moriscos, aunque por estar bautizados entraban de lleno en su jurisdicción. Naturalmente tanto los que no salieron como los que volvieron se vieron obligados a disimular su condición y acabaron por formar grupos marginales, algunas veces nómadas. La lexicóloga Elena Pezzi ha rastreado el origen de palabras como guapos, rufianes, pícaros, chulos, arrieros, qinquis o majos, para las que encuentra filiaciones moriscas, lo que da idea de las ocupaciones y medios en los que se movieron tras la expulsión y la huella que dejaron en los siglos siguientes. El abandono de denominaciones que los delatara está en el origen de la palabra maño, con la que hoy designamos coloquialmente a los aragoneses, no en balde los moriscos aragoneses fueron numerosísimos. Quizá el término murciano con la acepción de maleante (recordad la famosa y controvertida frase de las ordenanzas militares que decretara Carlos III prohibiendo que fueran abanderados “gitanos, murcianos y gentes de mal vivir”) tenga la misma explicación.

Un sano punto de vista sería atender la efeméride no para celebrarla pero sí para reflexionar sobre la maldad y estupidez que encierra el desprecio o el miedo a los otros.

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En la ilustración salida de moriscos por el puerto de Denia.
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9 may 2009

Brevísima historia del trabajo y una pregunta final

Los antiguos despreciaban el trabajo. En la antigüedad era cosa de esclavos y de gentes incapaces de sustentarse de otro modo. Puede decirse que los trabajadores eran esclavos, desde los que agonizaban en las minas o remando en los barcos, hasta los que administraban empresas o departamentos del Estado, pasando por los que educaban a los hijos de la aristocracia, o los que cultivaban los latifundios de los terratenientes. Nuestro vocablo negocio, que designa una ocupación o trabajo productivo, procede del término latino negotium, que es la negación de otium, ocio. El ocio era considerado el estado ideal para cualquier ciudadano: permitía dedicarse al deporte, al arte, la filosofía o la política, mientras el trabajo productivo descansaba en manos de los esclavos y gentes de poca calidad. El deporte, la filosofía o la política como actividades normales de los ciudadanos construyeron la excelencia de la cultura griega, pero se sostenía sobre el trabajo forzado de los esclavos. La potencia de las legiones romanas formadas por ciudadanos, que controlaron el mundo y construyeron el primer Estado “moderno”, se basaba en el trabajo de legiones más nutridas de esclavos, logrados, precisamente mediante la guerra. Los avances científicos y técnicos de la época hubieran podido desencadenar una revolución industrial –en Alejandría en el siglo I se diseñó por primera vez una máquina de vapor– si no hubiera sido porque nadie estaba interesado en sustituir el trabajo humano. ¿Para qué, si no, los esclavos?

La caída del Imperio, más que por las invasiones, se produjo por una gran crisis sistémica: el esclavismo no era capaz de seguir manteniendo el crecimiento, a causa de unos costes crecientes y una productividad decreciente. Arruinadas y despobladas las ciudades, desaparecidos la moneda y el Estado, ruralizada la vida, los esclavos se transformaron en colonos, siervos de algún señor; habían ganado en libertad jurídica pero estaban sujetos ahora a la tierra, de la que aseguraban así su productividad. La obligación de trabajar para sí y, gratuitamente, para el señor que los protegía/explotaba seguía siendo una maldición de la que estaban libres las dos clases dominantes: nobleza y clero, la coerción armada y la ideológica.

Este punto de vista, la idea de que el trabajo era una abominación que sólo recaía sobre el pueblo, perduró más de otros mil años, hasta bien entrada la Edad Moderna; pero para entonces ya había aparecido la burguesía, clase nacida del comercio, activado con la reaparición de la moneda y el renacer de las ciudades, y pronto empezó a tener peso en la sociedad, la política y la cultura. Su poder y su origen se fundamentaban en el dinero obtenido mediante el trabajo. Conforme su éxito social se consolidaba, el trabajo productivo se transformaba en valor: empezaron a representarlo los artistas –pintura flamenca–; conquistó la nobleza –en el escudo de armas de los Medicis había unas monedas, símbolo de su actividad originaria–; escaló los altares, cambiando el discurso religioso –el calvinismo convirtió el éxito material en señal de elección divina– y las iglesias levantaron la prohibición del préstamo con interés que pesaba sobre los cristianos y que había hecho la fortuna de los judíos. Lentamente fue transformándose de vicio en virtud, de castigo en bendición. El capitalismo descubrió que funcionaba mejor usando de la libertad: la explotación del trabajo se hacía mejor a través del salario que con la coerción física o jurídica anteriores; la libre competencia, su caldo de cultivo vital, necesitaba de la libertad de comercio e industria. Con ello el trabajo acabó por conquistar cotas de dignidad impensables un siglo antes.

Nuestro concepto del trabajo como eje económico y moral de nuestra vida, la libertad que nos proporciona, la exaltación con la que nos referimos a él, el respeto y veneración por los que le dedican su vida, el desprecio que nos inspiran los que lo evitan… En fin, toda nuestra ética del trabajo tiene su origen en el capitalismo.

Si bien lo pensamos, la presunta libertad que nos proporciona el capitalismo es una ficción: existe una coerción económica, reforzada por la ideológica (ética del trabajo), que ha sustituido a las antiguas, física (esclavismo) y jurídica (servidumbre). ¿Podemos imaginar una situación en que no haya coacción, ni siquiera económica?

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ILUSTRACION: mosaico romano representando a esclavos en tareas agrícolas.