30 jul 2009

El futuro de la izquierda

En El Capital, y en otras obras, Marx analizó las contradicciones internas del capitalismo que, a la postre, auguraba, habrían de acabar con él. El mensaje revolucionario que creó consistía en acelerar y provocar el colapso. Entendía que sin el concurso revolucionario de los trabajadores el sistema podría orillar sus contradicciones más graves y perpetuarse evolucionando en una dirección no prevista. Al fin, es lo que ocurrió: la revolución, que tendría que haber sido universal, se produjo sólo en la periferia del sistema –la Rusia semifeudal del 17 y la China agraria del 49–, dando lugar a una caricatura del comunismo que después de enquistar durante seis decenios acabó por implosionar. No resistió el contacto con un capitalismo renovado que había logrado aunar un crecimiento espectacular con la elevación del nivel de vida de los trabajadores, entre los que la conciencia de clase se diluyó. La libre competencia en el mundo occidental generaba un crecimiento tecnológico y de la productividad que al comunismo burocrático del Este se le hacía imposible alcanzar a golpe de decreto.

El colapso inevitable del “socialismo real” produjo el desconcierto en la izquierda, de hecho ya confundida desde hacía tiempo por las insuficiencias democráticas del sistema y por los éxitos del capitalismo. En realidad el capitalismo con la “ayuda” de la presión sindical y del reformismo socialdemócrata había logrado una síntesis que lo situó en un nuevo nivel.

Las contradicciones, sin embargo, subsistieron, transformadas unas, enmascaradas otras, agravadas algunas: hemos visto como las finanzas se han apoderado del control de la economía operando con ubicuidad desde cualquier punto del Planeta, mientras las industrias emigran al Tercer Mundo donde hoy reside el nuevo proletariado, tan desprotegido como en los peores tiempos de la revolución industrial; los trabajadores del centro, transmutados en clases medias, han asumido la ilusión de haber superado la explotación, pero conviven con un lumpen subsidiado y masas de inmigrantes desarraigados, desclasados y sin derechos; la concentración del capital sigue su curso, creando corporaciones gigantescas mediante absorciones, fusiones y opas que cuestionan la autonomía y la propia existencia de los estados; la producción creciente impone un consumismo acelerado que desafía el equilibrio natural del Planeta agotando recursos irremplazables y degradando y contaminando el medio de modo probablemente irreversible.

La crisis sobrevenida en el momento en que parecía que nada ni nadie podría detener la maquinaria triunfal del capitalismo ha puesto en cuestión su fortaleza, su coherencia y sus procedimientos. Por un momento han vuelto a sonar en los foros económicos los nombres de Keynes y hasta de Marx y Engels, y, sin embargo, la izquierda política no se ha distinguido en nada sobre las soluciones a aplicar, e incluso está siendo derrotada en los comicios en todas partes por un electorado que confía más en la derecha para que lo saque de la depresión; la única izquierda que parece prosperar es el penoso populismo latinoamericano y el P.C.CH en funciones de trader. Nadie parece esperar ni desear una alternativa real. Ante tal situación, sin duda, el capital tomará nota, como ha hecho tantas veces en condiciones mucho peores, y aplicará algunas reformas que hará que a la recuperación de la actividad nos encontremos con un sistema, que será el mismo, pero que el lavado de cara sufrido nos permitirá aplicarle algún calificativo novedoso, y otra vez la locura.

Sin duda la izquierda seguirá teniendo un papel, pero en poco parece que se vaya a diferenciar del de los últimos años; es decir, un papel subsidiario, tocando poder de vez en cuando, aquí y allá, faltaría más; con programitas sociales que bien podrían basarse en la Rerum novarum, y alguna cuestión sobre costumbres, entreverada de derechos, que resultan tan espectaculares: escandalizan a los de enfrente y entusiasman a los de acá.

¿Cabe esperar algo más? Quizá no. El personal no parece demandar gran cosa en este sentido y en este momento, a pesar de que los tiempos son recios, que diría un clásico. ¿Tenemos pues la izquierda que nos merecemos? Probablemente sí. La verdad es que últimamente había abandonado incluso el papel de mosca cojonera… el capital hasta había dejado de mover el rabo… Algunos nos daríamos con un canto en los dientes porque lo recuperara.

Bueno, es un futuro.
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24 jul 2009

Locura y religión


Recuerdo haber leído de niño una biografía de Juana de Arco. Todavía conservo nítida en mi memoria la imagen de una de las ilustraciones del libro en la que Juana desenmascaraba ante la corte francesa la burla que habían querido hacerle presentándola ante un cortesano que suplantaba la personalidad del príncipe Carlos: “¡Oh, no! Vos no sois el Delfín”, rezaba el pie del dibujo, como expresión indignada de la Doncella de Orleans. Éste y otros sucesos milagrosos, especialmente voces de diversos santos que le indicaban lo que había de hacer marcaron su trágica epopeya. Unos la tomaron por santa y la siguieron ciegamente, otros la consideraron bruja, poseída por el demonio, y acabaron enviándola a la hoguera; posteriormente, por las especiales circunstancias del suceso se convirtió en un símbolo patriótico de los franceses. Hoy, cualquier persona informada de los entresijos de la mente no dudaría en considerarla un caso de alteración neurológica y/o esquizofrenia.

La historia de las religiones ha aportado una ingente cantidad de dementes, individuos con taras psíquicas, a veces invalidantes, que han influido decisivamente en ellas, cuando no han sido sus propios creadores. Una lectura de la Biblia nos conduce a la inevitable conclusión de que la totalidad de los profetas mayores hubieran pasado por el manicomio, de ser otros los tiempos. Pablo de Tarso descubrió a Cristo camino de Damasco como consecuencia de una crisis histérica, con alteraciones sensoriales (pérdida temporal de la vista) incluidas; un caso de libro. Nos han quedado testimonios reveladores de la sintomatología que sufría Mahoma cada vez que era objeto de revelaciones por la intermediación del arcángel Gabriel, lo que no deja muchas dudas para un diagnóstico objetivo, al margen de la fe.

En las religiones reveladas sus profetas, sus predicadores, incluidos Jesús y Mahoma, solían entregarse durante un tiempo al ayuno en lugares desérticos (generalmente 40 días; por encima de esa cifra el organismo corre serio peligro de colapsar) en busca de no se sabe bien qué verdades o revelaciones (en esa situación Jesús fue tentado espectacularmente por el demonio y Mahoma recibió las primeras visitas del arcángel). Lo cierto es que en tales condiciones carenciales la mente está en la mejor situación para producir febriles alucinaciones, en ningún caso verdades de ningún tipo. Para eso se requiere un cerebro bien nutrido y libre de estrés o angustias de conciencia; desde luego, el desierto con una alimentación de insectos y otras sabandijas no es el mejor de los medios. Sin embargo, la historia nos muestra que tal práctica tuvo gran predicamento en el cristianismo, islamismo, hinduismo, etc. y se extendió a simples seguidores, como procedimiento para hacer méritos, pero también para lograr el “verdadero conocimiento” y la comunicación con la divinidad. El resultado no es la clarividencia, como creían, sino la demencia, como sabemos hoy. El procedimiento recuerda a los médicos antiguos que aplicaban sangrías a los pacientes induciéndoles un estado de debilidad añadido a su enfermedad con resultados a veces fatales.

Nuestros días viven momentos de cierto desprestigio de las iglesias y los credos religiosos (algunos), lo que ha desviado la atención de los que sufren esas alteraciones hacía otros ámbitos: ocultismo, esoterismo, adivinación, videncia, extraterrestres, etc. Por eso, quizá, tenemos la sensación de que son cosas del pasado, aunque a diario estemos sometidos a la influencia, a veces pesada y dura, de lo que engendraron aquellas mentes.

La ignorancia sobre las enfermedades mentales justifica que en la antigüedad se considerara que los afectados estaban en relación con la divinidad o las fuerzas demoníacas. En nuestro tiempo carece de toda lógica que sigamos callando sobre estas evidencias, haciendo el juego al oscurantismo y la superstición, con el silencio de los expertos. ¿O es que los expertos dejan de serlo cuando se interpone la fe?



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ILUSTRACIÓN: Juana camino Reims. Nantes. S:XV
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16 jul 2009

El hombre y el Universo


Alguien me contó que de pequeño siempre que había un día de fiesta pensaba que era por él, como su cumpleaños o su onomástica; se creía el centro del Mundo. La humanidad ha tenido también su infancia y durante milenios se ha creído el centro del Universo: las plantas y los animales estaban ahí para alimentarle y servirle; las estrellas, la Luna y el Sol para iluminar sus días y sus noches, darle calor y orientación. El mito judeocristiano de la creación no deja dudas. Pero, poco a poco, como el niño, con desilusiones y frustraciones, va tomando conciencia cierta de su verdadero papel: ya en el XVI era evidente que la Tierra no era el centro de un Universo que hubiera permanecido inmutable desde el principio de los tiempos, sino un planeta más del sistema solar; poco después, que nuestro Sol era tan sólo una de los millones de estrellas que componen la Vía Láctea, que a su vez no es más que una de las incontables galaxias que pueblan el firmamento. Hoy la ciencia sabe esto y, además, que el hombre no es el final de ningún proceso, ni pieza clave en ningún proyecto.

El mito moderno de los orígenes se cuenta así: 
Hace unos 15.000 millones de años todo lo existente se concentraba en un punto de volumen ínfimo y extrema densidad, momento en el cual se produjo el Big Bang, la explosión con la que comenzó la expansión y enfriamiento del universo, proceso que aún perdura. Instantes después de la explosión las altísimas temperaturas produjeron la aniquilación recíproca de materia y antimateria generando inmensas cantidades de radiación; pero quedó una pequeñísima parte de materia –una diezmilmillonésima parte de la materia inicial– de la cual deriva todo lo existente. Los átomos de H, el elemento más simple, se forman entonces y todos los que existen en el universo son los mismos que se originaron en ese momento. La posibilidad de que en el futuro algunos de esos átomos llegaran a formar parte del hombre era ínfima y podía considerarse despreciable.

El resultado de la mutua interacción de las cuatro fuerzas básicas del universo –gravitatoria, electromagnética y nuclear fuerte y débil– fue la formación de todos los objetos celestes. Las estrellas son enormes acumulaciones de gas y polvo, en cuyo núcleo se consume H y después He hasta agotarlos, produciendo radiación que sale a la superficie y se emite en su entorno. Cuando se agota el combustible la estrella muere siguiendo diferentes procesos según su masa. Miles de millones de estrellas han nacido, evolucionado y muerto hasta este momento. En torno a las estrellas, atrapados por su fuerza gravitatoria, se van formando por agregación de polvo y rocas nuevos cuerpos que acaban constituyendo los planetas. Los más cercanos a la estrella serán desiertos rocosos abrasados por su intensa radiación, los más lejanos, de hielo y gas, gigantes gaseosos; sólo a la distancia justa puede existir un planeta con agua líquida como la Tierra.

En el medio acuático que cubría la Tierra los elementos que son responsables de la vida –hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno– formaron, ayudados por la radiación solar, diversas combinaciones cada vez más complejas que interactuaban con el entorno del que obtenían algunos elementos y al que cedían otros, así surgió la vida. Aparecen las plantas, más tarde los animales y hace unos cuatro millones de años la especie homo de la que somos parte. Si los quince mil millones de años de existencia del Universo los concentráramos en uno sólo resultaría que los primeros ancestros del hombre llegaron tan sólo dos horas antes de que se acabara el año.

La insignificancia del hombre frente a la inmensidad del Universo es manifiesta en el tiempo y en el espacio. Su habitat, la Tierra, no es más que un pequeño planeta, que bien pudo no existir, en el sistema de una estrella de tamaño medio perdida en el extremo de una galaxia, en un Universo que las cuenta por millones; su tiempo, fracción ínfima del lapso total, terminará probablemente mucho antes de que el Sol haya llegado a su fin, mientras miles de millones de estrellas nacen y mueren en el transcurso de un periodo para nosotros inabarcable; su génesis como ser vivo, resultado de un proceso evolutivo de gran complejidad y fragilidad, que pudo haber cambiado de dirección y resultados en infinidad de ocasiones según las cambiantes situaciones del entorno, y que tan sólo un día antes de que acabara el año, si seguimos nuestra anterior simulación, era impensable su aparición.

Podemos concluir que su existencia es trivial, su destino indiferente, su trascendencia insignificante, su finalidad quimérica.
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Annia Doménech: La Tierra era plana porque así la veia el hombre. En Caos y Ciencia.

25 jun 2009

La Renta Básica de Ciudadanía

Hay pobres porque hay ricos; o, lo que es lo mismo, la riqueza necesita de la pobreza para existir. Los ricos lo saben porque no son imbéciles y, cuando lo son, lo presienten; por eso les huele a chamusquina cualquier política de promoción social, por eso son de derechas. Adam Smith, el apóstol del liberalismo, mil veces prostituido por los suyos, calculó con afán científico la cantidad de pobres que se necesitaban para sostener la existencia de un rico propietario: «Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres» (La riqueza de las naciones, 1776). No sé si la proporción habrá cambiado, pero sí sé que la relación entre los salarios altos (hoy muchos ricos son asalariados) y los bajos rebasan esa cifra de quinientos.


Que la pobreza es una situación de injusticia no necesita argumentos, aunque haya aún algunos apegados a la explicación (muy americana, por cierto) del fracaso personal, del perdedor. No cabe duda tampoco de que los países que en la segunda mitad del siglo pasado construyeron el Estado de bienestar estuvieron más cerca que nunca nadie de erradicarla. Sin embargo, jamás se ha ido más allá de leyes protectoras, de subsidiar determinadas situaciones, de proporcionar servicios básicos gratuitos, etc. Hoy, después de la ridícula debacle del neoliberalismo, necesitamos dar un paso adelante, no ya recuperar el Estado de bienestar, sino algo más. Se trataría de reconocer el derecho de todo ciudadano a percibir una renta incondicional, independiente de su género, estado civil, situación familiar, riqueza o cualquier otra consideración; una renta de subsistencia que, en la máxima situación de desamparo en que pudiera caer, le permita subsistir dignamente. Hay que contemplarla como un derecho, no como un subsidio o una ayuda para pobres o desvalidos de algún tipo, por eso deben percibirla todos sin ninguna condición de edad o de situación socioeconómica.

Existen muchas críticas a esta propuesta, que no es tan nueva como podría creerse (las primeras formulaciones datan del S.XVIII), pero la que más interesa desmontar es la que asegura que es económicamente inviable. Existen varios estudios, uno de ellos el que realizaron en 2005 ARCARONS, J., BOSO, À., NOGUERA, J.A. y RAVENTÓS, D., a propósito de su viabilidad en Cataluña. Según ellos mediante una reforma en profundidad del IRPF, que establezca un tipo único (57,5%) y la exención de un tramo hasta alcanzar la cuantía de la Renta Básica, se podrían garantizar 5.400 € para los adultos y 2.700 € para los menores, manteniendo un nivel similar de cotización al de hoy salvo para las rentas más altas, que se elevaría algo[i]. Naturalmente la Renta Básica sustituiría a cualquier otra renta, subsidio o pensión pública inferior a ella.

Otra crítica que surge a primera vista, casi de modo automático, es que pocos estarían interesados en trabajar. Conviene cuidar de que no la hacemos desde el prejuicio, no sea que nos ocurra como a Trichet, Ordoñez y tantos altos ejecutivos, que sienten y manifiestan, un día sí y otro también, la necesidad de flexibilizar el mercado laboral, desde sus empleos blindados con leyes o millones de euros y sin que se les mueva un músculo de la cara; o como a muchos burgueses decimonónicos que les costaba pensar que subir los salarios a los obreros sirviera para otra cosa que para que pasaran más tiempo en la taberna o el prostíbulo. Lo cierto es que en el Estado de Alaska existe ya, financiada con un fondo soberano que se alimenta de los excedentes de la explotación de hidrocarburos, y no ocurrió nada de eso. De todos modos pienso que seguramente habría que soportar un cierto nivel de holgazanería por algunos individuos, pero nada que no hayamos visto y tolerado desde siempre entre los ricos.

La Renta Básica de Ciudadanía sería el primer intento serio de erradicación de la pobreza desde la dignidad republicana (seguramente también de la riqueza excesiva). En suma, un paso en la dirección de la justicia. No me extenderé en analizar los múltiples beneficios que aportaría, por ejemplo para la autonomía de los jóvenes y las mujeres, por no hacer interminable este post. Os dejo a vosotros la tarea como un buen ejercicio de imaginación solidaria.
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[i] Una explicación más detallada aquí.

22 jun 2009

El capitalismo convaleciente

El capitalismo ha sido el sistema económico capaz de crear más riqueza en la historia de la humanidad. En su forma de capitalismo industrial amenazó con incinerar en el proceso de producción masiva de mercaderías a la ingente masa del proletariado sobre la que se sustentaba. Marx vio que una contradicción tan importante acabaría con él, y si los trabajadores tomaban conciencia y eran capaces de utilizarla en su provecho podrían liderar un cambio de sistema hacia una sociedad igualitaria y justa. La última parte del XIX y la primera del XX ha sido el escenario temporal de esta epopeya. En todos los momentos críticos que se presentaron en esos largos cien años pareció que el capitalismo corría peligro de muerte, la alternativa comunista era una realidad palpable, para muchos aterradora, para otros esperanzadora.


Hoy, otro momento crítico, las cosas se presentan de distinto modo. Nadie pone en cuestión el capitalismo por dos razones básicas: 1) el sistema logró ir superando algunas de sus más peligrosas contradicciones; 2) el comunismo se desprestigio en la delirante experiencia en que desembocó la revolución soviética. La presión del movimiento obrero, la deriva de parte del marxismo hacia el reformismo socialdemócrata y la propia iniciativa y capacidad de supervivencia del capitalismo se combinaron para acabar con la explotación brutal de los trabajadores –incorporándolos al sistema como consumidores además de cómo productores– y crear una sociedad de bienestar, que tuvo momentos de esplendor hace más de una década y que se convirtió en la sociedad más próspera, más justa, democrática y libre que haya existido jamás. Como esta experiencia se ha dado en el ámbito del libre mercado en el momento en que el comunismo agonizaba en medio de un colapso nada heroico, es difícil pensar en una alternativa al sistema hacia esta dirección.

Desde los gobiernos, de derechas o socialistas, las políticas que se están aplicando no difieren gran cosa, todos han optado por modelos keynesianos de intervención y de estimulo de la demanda, procurando no desmantelar lo que queda del estado de bienestar, mermado por la pasada ofensiva neoliberal, que la favorece. Las diferencias están más en el énfasis que se ponga en cada cosa o que a cada uno le interesa mostrar. La derecha española desde la oposición, en cambio, apoyada por algunas instituciones importantes (Banco de España), insiste una y otra vez en la reducción de impuestos y en la reforma del mercado laboral, recetas manidas del liberalismo, que ellos mismos se cuidarían de no aplicar si obtuvieran el gobierno.

Sólo desde la izquierda no parlamentaria, muchas veces procedentes de movimientos ciudadanos sin estructura de partidos, se están planteando propuestas novedosas, valientes y algunas muy atractivas. Me refiero a ATTAC que lleva años proponiendo el desmantelamiento de los paraísos fiscales, recogida en las últimas cumbres mundiales, aunque aún no se han visto acciones concretas, y la aplicación de una tasa mundial sobre las transferencias de capital, en un intento de humanizar la globalización domesticándola. Otra muy interesante, que en España ha sido elevada al Parlamento por IU y ERC, pero que ha surgido en otros movimientos (Red Renta Básica –RRB–, Basic Income Earth Network –BIEN–), es la implantación de una renta básica incondicional para todos y cada uno de los ciudadanos, incluidos los menores, que haría real el ejercicio de la ciudadanía sin que la pobreza lo convierta en una entelequia.

Estas propuestas reciben siempre la crítica de ser utópicas, pero todas ellas están estudiadas con detalle por expertos y la verdad es que tienen pocos flecos por controlar. No hay utopía, sino deseo de cambio y trabajo positivo y eficiente. Solo falta que les prestemos mayor atención. En el próximo post me propongo exponer los fundamentos de la Renta Básica de Ciudadanía.

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La ilustración es de Bartolomé Seguí.