13 ene. 2015

De San Bartolomé a Charlie Hebdo

Matanza de la noche de S. Bartomé
Uno puede pensar que la radicalización islamista que está dando lugar a episodios de terrorismo en Europa tiene una explicación relativamente simple. En el caso de los que atentaron contra Charlie Hebdo eran emigrantes de segunda generación y de nacionalidad francesa, lo que pone un punto de perplejidad en el observador. Sin embargo podemos elucubrar sobre la marginación que vive en Francia (en Europa) este sector, al que se unen los problemas de identidad en individuos que se encuentran en la frontera entre la cultura de origen y la de acogida sin que puedan identificarse plenamente con ninguna de las dos. Marginación y problemas de identidad son factores importantes que quizás los empujen a una ansiosa identificación con versiones integristas de su cultura originaria. Mucho más si existe la percepción de una confrontación de civilizaciones que arrancaría de la colonización y se habría perpetuado y agravado con la relación desigual (de explotación) entre occidente y el resto del mundo. Poco importa que esta visión arranque del espejismo simplificador con que se ha ocultado la inhumanidad explotadora del capitalismo moderno, porque lo que aparece a simple vista se nos antoja siempre incuestionable.

Siendo razonable y seguramente bastante acertada, esta explicación no lo aclara todo ni muchísimo menos. ¿Cómo explicar el genocidio terrorista emprendido por integristas en Nigeria, en Sudán… etc., que no toca ni de lejos intereses occidentales? ¿O la violencia criminal de grupos sunnitas contra el chiismo, o a la inversa, en Oriente Medio? ¿Y las acciones en el sur de Asia? De hecho la mayor parte de las operaciones del terrorismo islámico tienen como víctimas a otros musulmanes.

Así pues, habrá que tener en cuenta también el factor que todos tenemos en la cabeza y que con frecuencia nos negamos a considerar con el débil argumento de que no todos los musulmanes son fundamentalistas y mucho menos violentos o terroristas (faltaría más): la religión misma y sus contradicciones internas.

No debería ser necesario recordar que el cristianismo ha derramado tanta sangre que a los pertenecientes a la civilización cristiana (Occidente) nos incapacita para condenar a otros mientras no reconozcamos lo nuestro. Por seguir con Francia,  se me ocurre traer a colación la matanza de la noche de San Bartolomé (1572), al fin y al cabo sólo un episodio de las Guerras de Religión que ensangrentaron Francia en el S. XVI. La guerra más terrible que sufriera Europa, antes de las dos mundiales del S. XX, fue la de los Treinta Años (1618/48), de origen religioso, que dejó asolada y hambrienta a Alemania durante décadas. Por acercarnos a nuestro terreno, podríamos recordar las hazañas de la Santa Inquisición o el genocidio americano, todo ello en nombre de Dios y por la salvación de las almas; o quizás rememorar el genocidio sobre los moriscos de Granada que lideró el cardenal Cisneros en tiempos de los RR.CC. y que remató Felipe III con la expulsión a principios del XVII. Y si queremos detenernos en los judíos ahí tenemos los pogromos que desde la más temprana Edad Media ‒en España desde los visigodos hasta la expulsión de 1492, con el remate de las purgas inquisitoriales sobre los conversos‒ diezmaron a los judíos de Europa, con el colofón del holocausto nazi; de lo cual ahora se desquita el sionismo integrista en Palestina con otro genocidio.

En todas estas acciones hay mezcladas pulsiones políticas, racistas e intereses de todo tipo en proporciones cambiantes, pero eso no anula la responsabilidad de la religión, cualquiera que sea, y de sus dirigentes, cualesquiera que sean. Todas las religiones predican el amor y la paz, pero es mejor que no toquen poder o controlen la conciencia de las masas porque las palmas y ramos de olivo se transforman milagrosamente en hachas o kalashnikov.

Afortunadamente para nosotros (europeos) la Iglesia fue desalojada paulatinamente del poder, separada del Estado, desde el XVIII, al tiempo que las masas sufrían un proceso de laicización más o menos intenso ‒interrumpido por algún ridículo salto atrás como el ‘nacionalcatolicismo’ franquista que provocó que la Iglesia española declarara ‘cruzada’ el golpe militar y fascista contra la II República‒. Quizás en el mundo musulmán se estén produciendo ahora las tensiones que genera un proceso como el que experimentó Occidente en los dos o tres últimos siglos y ese sea un factor más, puede que decisivo, en la agitación presente.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un gran artículo, que sabe tratar este delicado tema de una manera coherente.

Saludos