15 ene. 2015

¿Con el amor y la paz o a sangre y fuego?

El pacifismo es una ideología moderna. Al menos se ha convertido en un valor de civilización en tiempos recientes. Las religiones del libro, como las llama el islam (judaísmo, cristianismo, islamismo), se formaron entre el 700 a.d.C y el 700 d.C, época durante la que la violencia era asumida como una actitud saludable y necesaria, se ejerciera sobre individuos o sobre colectivos. Ninguna de las tres la rechazó de forma explícita e inequívoca ni en sus textos fundacionales ni en la práctica. Desde el punto de vista de la racionalidad histórica esto no tiene nada de extraordinario ya que las religiones son fenómenos culturales que emanan de una sociedad concreta que aporta los materiales con los que se construyen y que las preceden. Otra cosa es que su pretensión de trascendencia y universalidad (todos los monoteísmos la tienen) las lleve a ejercer en nichos socioculturales con los que entran en contradicción, lo que conduce a torsiones y tensiones que hacen inevitable el travestismo.


Un vistazo a la Torá (Antiguo Testamento) nos deja sorprendidos por el baño de sangre y la violencia en que se resuelve la epopeya del ‘pueblo elegido’, no sólo tolerados, sino impulsados y, con frecuencia, ordenados por Yahveh, el dios protector de los judíos, el dios padre de los cristianos, Al-lah de los árabes. El “no matarás” de los mandamientos mosaicos no era obstáculo. ¿Cómo resuelven los fieles de hoy esta permanente incitación a la violencia y al desprecio por los derechos de los demás, incluido el de la vida, de que están plagados sus textos sagrados, leídos aún con veneración litúrgica en todas las sinagogas del mundo? Sin duda las conciencias tienen recursos para orillar tan graves contradicciones, con tal de que el truco no se haga explícito.  Colectivamente el Estado teocrático de Israel disimula mucho menos, como todos sabemos. Los estados no tienen conciencia ni frenos morales, salvo los que les impongan sus propias opiniones públicas o las internacionales.

El cristianismo asume esta tradición así que comparte contradicciones. Sin embargo el Nuevo Testamento parece estar en otra onda. Ahora bien, desde antiguo y creciendo en la actualidad, existe una interpretación que atribuye a Jesús una actitud violenta, al menos al final de su vida. Para ello se aporta, entre otros, el episodio del templo, que se interpreta como una provocación de cierta consideración  porque no es creíble que actuara en solitario y que la guardia del templo, los mercaderes y el público no replicaran; el suceso del huerto, en el que por estar rodeado de seguidores armados, se precisó de una cohorte (unidad militar de varios cientos de soldados) para prenderlo, si hemos de creer los testimonios evangélicos; por último la muerte en la cruz (mors agravata) que Roma, un Estado de derecho, reservaba exclusivamente para los sediciosos, es decir para los delitos graves contra el Estado. Pero esta muerte infamante y la presunción de rebeldía no eran buena tarjeta de presentación para captar seguidores en territorio romano, especialmente después de la guerra judía (66/73), así que se hizo conveniente la ocultación de los hechos más comprometidos y resaltar al tiempo los mensajes de paz y concordia. Sabemos con certeza que algunos pasajes evangélicos tuvieron esta intención manifiesta (la moneda del Cesar). Por último, la historia de la Iglesia desde el S. III es una historia de violencia contra los disidentes, los judíos, los musulmanes, las conciencias…  Recordemos las cruzadas o, en la mitología hispanocristiana, cómo el apostol Santiago combatió junto a las huestes asturianas en la supuesta batalla de Clavijo, por lo que mereció el mote de Santiago Matamoros; antes, la Virgen en persona había aplastado, literalmente, a una tropa sarracena en Covadonga. Las protestas de paz y amor son también en este caso un sarcasmo.

El islam no mejora a los anteriores. El Corán alterna las llamadas a la paz con el reclamo de la violencia, siempre que sea necesaria y esté justificada, faltaría más. Pero, además, es que los musulmanes consideran los dichos y hechos del Profeta como guía y modelo de comportamiento, complemento de la revelación y prácticamente a su nivel, y la cuestión es que Mahoma no solo no despreció la acción violenta sino que se organizó militarmente contra sus enemigos de la Meca. Antes, en Medina (Yatrib) se hizo con el control político usando de la fuerza contra los que se le resistían. Incluso con actos de extrema violencia y crueldad, como la aniquilación completa de la tribu judía de Banu Qurayza, que se le había opuesto y que fue masacrada nada menos que por sugerencia del arcángel Gabriel, según los testimonios de la época. Así pues la gloriosa expansión del islam comienza con un flagrante genocidio dirigido por el propio Mahoma y continúa con la exhortación explícita para la guerra (sura 8). Posteriormente los musulmanes mismos narran la expansión de su doctrina mediante el uso de la guerra casi en exclusividad (tesis que, curiosamente, la historiografía moderna pone en cuestión).

En el caso del judaísmo y el cristianismo, los fieles no integristas, pueden intentar explicar las contradicciones flagrantes que he expuesto como parábolas, símbolos o metáforas, que los exégetas se esfuerzan en hacer creíbles. En el islam el ejemplo de Mahoma y los primeros musulmanes es tan manifiesto que no admite la ocultación o el disimulo. En los tres casos caben interpretaciones fundamentalistas, en el último lo verdaderamente difícil es una interpretación light porque la violencia y la guerra están en su origen.

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Un artículo muy ilustrativo...

Saludos

QuuicoM dijo...

Da que pensar y mucho. Es el problema de las religiones, usar valores de hace 2000 años en la actualidad