4 feb. 2015

Política y emoción

Soy uno de los que se equivocaron. El 15M me pareció un movimiento de la indignación incapaz de generar una propuesta política organizada y coherente. Ha transcurrido algún tiempo pero el resultado está ahí: Podemos es ya la gran amenaza para la derecha y para la izquierda parlamentaria y la gran esperanza de una masa de ciudadanos frustrados, empobrecidos, indignados, hasta ahora, desesperanzados. Un grupo de universitarios izquierdistas han sabido encauzar y dar forma política a aquel movimiento, en el que estuvieron presentes y no sabemos bien hasta qué punto contribuyeron a su gestación y desarrollo.

No se entienda esto como la insinuación de una conspiración para reducir su validez, pero conocemos la idea leninista del partido o de un grupo orgánico, cualquiera sea la forma que adopte, como vanguardia de las masas potencialmente revolucionarias, ante las que se presenta como guía intelectual, maestro, encuadre para la acción y estructura orgánica. Como expertos en politología los creadores de Podemos han sabido disimular esa relación ‒hoy algunos de sus aspectos resultan chirriantes‒, con estructuras ultrademocráticas novedosas, avaladas por la fe de la joven generación en la tecnología, que parecen garantizar que todo nace de la voluntad de las bases, propuestas, candidatos, programas, tácticas y estrategias, lo cual, curiosamente, no anula el estrecho dirigismo que emana de la cúpula. La asamblea sea ‘digital’ o ‘analógica’ es más fácil de manipular que un congreso de delegados responsables con un mandato que han de respetar y una preparación acorde con su responsabilidad. El partido de Lenin se encontraba como pez en el agua en las asambleas espontáneas y revolucionarias (soviet) por lo que despreció al parlamento al que acusaba de ser instrumento de la burguesía y de pactismo con la reacción.

Hasta aquí todo parece indicar que Podemos camina hacía una solución revolucionaria de extrema izquierda. Sin embargo, eso no es cierto ni posible en las circunstancias presentes. Si se explicitara un proyecto radical de cambio de sistema, anticapitalista, probablemente la desbandada sería inmediata. Pese a la crudeza de la crisis y a que el neoliberalismo ha desvelado el lado oscuro del capitalismo, la inmensa mayoría no renegaría de él porque lo asocia al Estado del bienestar y a las libertades, y se plantea más que dudas de que ambas puedan ser restauradas desde un sistema comunista al uso. Esa es la razón por la que Podemos no habla de izquierda y derecha sino de arriba y abajo, ni de explotadores y explotados sino de casta y pueblo. Una terminología ambigua que no dice nada. Si el ‘antiguo’ antagonismo propietarios - proletarios tiene un sentido científico que busca la comprensión de una realidad injusta, el arriba y abajo o el pueblo y la casta solo obedece a reclamos emocionales que demanda adhesiones.

Para los constructores, ya dirigentes, de Podemos la conquista del poder es lo que interesa de manera inmediata. Los objetivos programáticos pasan a segundo plano porque, dicen, serán definidos por el pueblo en los debates y asambleas digitales. La cuestión es desalojar a la ‘casta’, a la que se culpa de todos los males que padece el ‘pueblo’, inocente y sabio por naturaleza. Un cuento infantil contendría mayores reservas.

El problema de podemos es que plantea tantos interrogantes que para seguirlo lo que se requiere es fe. Fe en sus dirigentes a los que se ha de suponer imbuidos de las virtudes del pueblo (¿?) y exentos de los vicios de la casta; fe en el mecanismo en marcha al que se ha de presumir de mayor eficiencia democrática, aunque nadie lo haya probado nunca, más bien al contrario; fe en que los programas por definir van a coincidir milagrosamente con los intereses generales, con mis ideas y las del vecino; fe en que la dirección renunciará a sus propias ideas para aplicar cualquier cosa que salga de las asambleas; fe en que las asambleas no serán manipuladas, cuando todo el mundo sabe que nada hay más fácil; fe en que una vez en el poder no cambiará el discurso.

Quizás lo que necesite mucha gente es fe en algo. El milenarismo político no es cosa de hoy.

Como dice Garzón, los partidos son sólo instrumentos, así que cuando dejan de ser útiles para el objetivo básico que nacieron habría que sustituirlos. El ciudadano que vota no es el fan que sigue incondicionalmente a su equipo (“manque pierda”), así que, no descarto verme alguna vez votando a Podemos; pero, si ocurriera no sería por alguna de las fes expuestas sino porque presente indicios racionales de cambio en la dirección deseada. De momento esa circunstancia no se da. O me equivoco de nuevo.

La emoción y la política hacen un maridaje peligroso.


2 comentarios:

Manuel Reyes Camacho dijo...

Hombreeee! Me causa una gran alegría que estés empezando a considerar que estos señores de la coleta son algo más que unos advenedizos sin futuro. Pese a que yo tampoco soy un hombre de fe, "creo" que Pablo Iglesias es el único líder político con que cuenta nuestro menguado cofre del tesoro político español.Y tengo la casi seguridad que será (ya está siendo) el único y verdadero catalizador del cambio. Si es que llegáramos a cambiar, claro.

Mark de Zabaleta dijo...

Ciertamente hay que tener fe...porque ya no se cree en lo que había antes !

Saludos