7 ene. 2016

Una ficción necesaria

Con frecuencia he señalado que “la nación” o “el pueblo” son ficciones y he denunciado el abuso que se hace de ellas con habitual desparpajo y sin justificación suficiente. Sin embargo es preciso decir a continuación que son ficciones, a lo que se ve, necesarias para sustentar el entramado jurídico constitucional preciso para armar una democracia. Si echamos un vistazo a las constituciones españolas desde 1812 a 1978 veremos que todas las que presentan una orientación progresista: 1812, 1837, 1869, 1931, 1978, residencian el poder, la soberanía, en la nación o el pueblo españoles. En realidad ese es el primer dato que se considera para homologarlas como democráticas.


Dice Pérez Royo(1) que la unificación de las dos alemanias tras la caída del muro fue posible sin ninguna oposición interna o externa porque nadie puso en duda la existencia de una “nación alemana” (ficción necesaria para la residenciación del poder que, a su vez, es condición para la construcción del Estado democrático); sin embargo, la descomposición de Yugoslavia fue incontenible porque nadie creía en la existencia de una “nación yugoeslava”, sino de varios “pueblos” que habían sido reunidos más o menos forzadamente y en unas circunstancias, que en los años noventa habían periclitado.

Pero ¿existe (o tienen los españoles conciencia de su existencia) una nación española comprensiva de todos los territorios que forman el Estado? 

Es obvio que la constitución vigente fue elaborada en esa creencia y eso hace que sea imposible desde ella un referéndum de autodeterminación (sin eufemismos) de ningún territorio, cualquiera que sea su pasado histórico. Texas, que fue en su origen una república independiente y que recoge en su constitución ese derecho, recibió en 2013 a preguntas de algunos ciudadanos (125. 746 firmas) una rotunda contestación negativa de la Casa Blanca sobre la posibilidad de una separación(2). En los años 60 del XIX el intento de secesión de los estados del sur que consideraron que la soberanía residía en el pueblo de cada Estado y no en el de la Unión fue contestada tajantemente en la guerra más cruel del siglo. La tesis triunfadora se basaba en la existencia de una nación norteamericana, por supuesto indivisible. Hoy, pese a esa pregunta de numerosos tejanos, y a otras idénticas de algunos otros estados sureños, existe un consenso básico sobre la existencia de una nación.

Si fuera cierto que en España no tenemos hoy ese consenso tendríamos un problema porque la Constitución sería papel mojado y mantenerla por la fuerza una actitud irresponsable. Nos encontraríamos con la paradoja de que la consulta es imposible pero la única solución sería celebrarla.

Alejarnos en lo posible de los ejemplos anteriores más negativos requeriría inteligencia, imaginación, capacidad de dialogo y altas dosis de generosidad. Quizás la presión por la difícil situación política que vivimos libere algo de eso tan necesario. Hoy no parece atisbarse gran cosa en el horizonte político, ni en las cúpulas de los partidos ni al nivel de la calle. Sólo cabe desear que por algún procedimiento, que aún no se vislumbra encontremos el modo de que las ficciones jurídicas, políticas o culturales, por necesarias que sean, no ahoguen un futuro aceptable y razonable.
__________________________________
(1)J. Pérez Royo, La reforma constitucional inviable. Ed. Catarata. Madrid, 2015.
(2)Lavozdebarcelona.com

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Ciertamente no se atisba...

Saludos