25 ene. 2016

En funciones

La rutina del turno nos había ocultado otra disfunción constitucional que acaba de saltar a la palestra tan pronto se ha descompuesto el paso a dos habitual. En las constituciones similares y próximas a la nuestra la designación por el jefe del estado de un candidato no obliga a éste a presentarse ante el parlamento hasta que haya logrado apoyos suficientes; si no los consigue renuncia. En la nuestra la designación obliga a presentarse y a que empiecen a correr plazos, convirtiendo el rechazo de la cámara en la escenificación de un fracaso. Es lo que ha intentado evitar Rajoy con su espantada. Naturalmente Pedro Sánchez podría hacer igual, con lo que entraríamos en un bucle idiota. Quizás los padres de la constitución (putativos y biológicos, por si no fueran los mismos) estaban tan obsesionados con el turno que ni siquiera contemplaron la posibilidad de que se podía desarticular alguna vez y, entonces, con este texto habría dificultades. Una razón más para la reforma.


Aparte los fallos en la estructura constitucional,  los tres partidos más votados han demostrado mucho más interés por los juegos tácticos que puedan dañar a los oponentes que por encontrar una solución práctica y pronta al problema planteado por el resultado electoral. Sin embargo los maquiavelismos y las performances de vena populista parecen tener con mucho la preferencia de los que toman las decisiones en los grupos en liza.

En todo el proceso causa asombro la inmovilidad de Rajoy, que nunca acabamos de saber si obedece a una táctica o a una incapacidad psicológica para el movimiento. La última decisión, que consiste, una vez más, en no hacer nada, cuando parecía que era su deber moverse en la dirección marcada, ha descolocado a todo el mundo, especialmente al PSOE que se ve ahora en la posición que tenía el PP, la posibilidad de presentarse al parlamento escenificando un fracaso, réplica penosa del fiasco electoral.

De manera inevitable todo el peso parece recaer sobre Pedro Sánchez que debe elegir si inclinarse a la derecha o a la izquierda, con la seguridad de que cualquiera que sea la elección será mala: a  la derecha porque deja el liderazgo de la izquierda a Podemos; a la izquierda porque el problema envenenado de las nacionalidades, que no resolverá, caerá sobre su cabeza, también porque el populismo y la falta de consistencia de la formación de Iglesias puede ser una ciénaga de la que sea problemático salir. Hay que agregar que la reforma constitucional, tan necesaria, suponiendo que en esa posible coalición de gobierno se diera un consenso mínimo, sería inviable porque la derecha tiene la minoría de bloqueo necesaria para frenarla y es impensable su consentimiento en tales circunstancias.

Iba a escribir que esta carga sobre el líder socialista es injusta, pero no lo es. Los socialistas han aplicado sistemáticamente desde que tocaran poder una política económica de derechas, matizada con toques progresistas en el ámbito de los derechos. Con esos elementos se ha venido definiendo como partido de izquierdas o de centro según les convenía, utilizando las armas que ponía en su mano, con fines exclusivistas en la izquierda, un sistema electoral implacable con las minorías, que ni ellos ni el PP quisieron nunca reformar. Pero la ambigüedad y la prepotencia tienen un coste. El resurgir de la izquierda, fuera de sus muros, tras la crisis, ha sido una consecuencia inevitable porque un sector cada vez más numeroso no se siente representado por ellos; ha arrollado instrumentos políticos anquilosados (IU) y se ha dotado de nuevos elementos ideológicos (populismo). Creo que el PSOE no está en condiciones de trabajar con ellos. Quizás necesite, por fin, redefinir su espacio.

La crisis política no es sólo constitucional sino también de los partidos. Cuando salgamos de ella estaremos en otro país, como nos vimos en otro país tras la muerte del dictador.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Totalmente de acuerdo...

Saludos