La democracia es un sistema desagradable: a veces ganan los otros y gobiernan a su antojo por poco que los dejemos; otras veces ganamos nosotros, pero hay que respetar a las minorías, pactar con algunos, ceder siempre, poco o mucho. Lo dicho, desagradable. Con las dictaduras todo va de perlas: teniendo la simple prevención de estar de acuerdo, siempre se hace lo que queremos, o sea, lo que hay que hacer. De hecho, por lo que yo recuerdo, y aun no me atacó el alzheimer, la mayoría de los conciudadanos con los que conviví tantos años eso fue lo que hicieron. Que me expliquen de otra manera aquellos cuarenta años.
Si la historia sirviera para detectar el carácter de un
pueblo por sus iniciativas y reacciones reiteradas tendríamos que reconocer que
la democracia nunca fue lo nuestro. Muchos experimentos democráticos no hemos
tenido, pero alguno sí. El que cuenta con más glamur es la II República y ya en
el 34, 1934, a tres años de la proclamación, la izquierda quedó tan sorprendida
del triunfo de la derecha que promovió una intentona revolucionaria ¡Faltaría
más! ¿No era suya la república? En el 36 el triunfo del Frente Popular
convenció a la derecha de que, efectivamente, la República era de los otros y
se sublevó. Eso sí que eran líneas rojas y no las de Sánchez, Rivera o
Iglesias.
En el 78 empezamos a convencernos de que todo aquello fueron
cosas de los abuelos, que vaya cómo eran… nosotros ya éramos europeos, aunque
todavía sólo supiéramos decir buenos días en francés mal pronunciado. Véase
como pasamos de UCD al PSOE, de éste al PP, otra vez al PSOE y otra más al PP,
y todo sin más sobresaltos que aquel neandertal con tricornio y los, más o
menos, quinientos asesinatos de los abertzales, glorificados por una parte
importante de su pueblo —alguna vez, para escarmiento de populatrías, habría
que hacer una seria relación de las veces que el pueblo la cagó—. El caso es
que parece que la transición nos había cambiado; hasta empezó a haber pasta,
cosa nunca vista por estas tierras desde tiempo inmemorial.
Puro espejismo. La
pasta, dijeron en Europa, no era nuestra; los políticos que se alternaban sin
quejarse y sus votantes europeizados, unos traidores de mucho cuidado, dijeron
los chavales del 15M. Así que volvemos a las esencias patrias: o sale el
resultado que me conviene o no vale, y a repetir. Por fortuna algo del pelo de
la dehesa parece que dejamos entre los erasmus, la PAC, los fondos
estructurales y demás, por eso quizás esta vez no acabemos a garrotazos. Pero
votar, eso sí. Ahí, dale que te pego, hasta que el PP tenga suficiente mayoría,
que por lo visto es lo que tiene que salir ahora.
Si hacemos lo que hay que hacer y encima con democracia,
miel sobre hojuelas. El que no esté contento es porque no quiere.
1 comentario:
Muy bueno.
Publicar un comentario