8 sept. 2016

Sta. Bárbara y los truenos

Cuando amenazaba una tormenta era común invocar a Sta. Bárbara, que además de ese fenómeno meteorológico patronea a los dinamiteros, a los mineros y a los artilleros. Todo muy ruidoso. Y es que la santa, virgen y mártir, como no, fue decapitada según cuentan los hagiógrafos por su propio padre, que todavía con la espada en la mano cayó fulminado por un rayo. Una espectacular manera de irse de este mundo, pero así y todo, nuestra persistente futilidad nos lleva a olvidar el suceso y acordarnos tan sólo cuando atruena alrededor. Así lo registra el refranero: no nos acordamos de Sta. Bárbara hasta que truena. En política también.


Sta. Bárbara aparte, pese a las advertencias sobre las catástrofes que nos amenazan si persistimos en no dotarnos de un gobierno las cosas marchan. De hecho las cifras macroeconómicas, tan sensibles ellas, se están comportando mucho mejor que cuando el último gobierno en ejercicio nos protegía de todo mal. No es un fenómeno insólito, lo mismo hemos visto no hace mucho en Bélgica y tiempo atrás en la Francia de la IV República o la Italia anterior a la tangentópoli. Seguramente el poder político es en buena medida ficción. Está ya tan diluido en el entramado de la administración, la tupida red de la normativa jurídica, las cesiones de soberanía a instituciones supranacionales y la trasferencia de competencias a entidades regionales —amén de otros poderes soberanos que pululan en los mercados— que la falta de titulares en el ejecutivo apenas si afecta a la vida normal de la ciudadanía. De hecho el gobierno de Rajoy ha tenido una fuerte tendencia a dejar de hacer política en beneficio de la administración de justicia, por ejemplo, en el caso del secesionismo catalán. Quizás en un ensayo o entrenamiento para su etapa en funciones, que parece ser lo que más le llena.

A propósito de Cataluña, de todos los males que nos aquejan la radicalización y expansión del nacionalismo catalán se me antoja el más grave con mucho. Un fenómeno para el que sí que se requiere enfrentarle un ejecutivo solido, capaz e imaginativo. Puede ser que en los últimos meses la fiebre secesionista haya decaído un tanto, pero no para que podamos respirar con tranquilidad, ni mucho menos. En cambio pareciera que el asunto no tiene entidad para mover a los políticos a un acuerdo, ni tampoco a la opinión pública, que castiga sin piedad a los que pactan, como se ha visto en la repetición de los comicios. Entre tanto los secesionistas siguen pacientemente colocando piedras en el muro de separación, del que ya echaron los cimientos ante la mirada impasible de Rajoy, convencido de que basta y sobra con la administración de justicia.

En cualquier momento puede producirse un salto cualitativo en Barcelona, impulsado por la huida hacia adelante en la que está empeñado el nacionalismo. Ese será el trueno que nos hará despertar,  recordar a Sta. Bárbara y formar por fin un gobierno. Entonces ya será tarde porque aunque se frenara el proceso habrían crecido las frustraciones y los agravios, que han sido su alimento estos años. El rayo lo habrá precedido y lo único a nuestro alcance para entonces será rezar a la santa para que los destrozos no hayan sido irreparables ¿Nadie despertará antes?