18 may. 2017

Morir de éxito

La socialdemocracia agoniza. Sólo en Portugal se mantiene en el poder un partido socialista, aunque apuntalado por una coalición de izquierdas. En Francia, François Hollande renunció a repetir y su sucesor, Hamon, ha obtenido un ridículo 6%; En Alemania, Schulz va de fracaso en fracaso, el del domingo en su propio feudo, Renania-Westfalia; en Reino Unido, Corbin se esfuerza por llevar el suyo, el Labour party, a la irrelevancia definitiva; no hablemos de Grecia o Italia; En España tres candidatos mediocres, por decirlo con benevolencia, tironean por el dudoso honor de ser el desguazador seleccionado por la militancia. El panorama es desolador; pero hay que decir a continuación que el socialismo europeo muere de éxito.


Por supuesto muchos de los que lloran al moribundo lo hacen con lágrimas de cocodrilo o son plañideras profesionales, pero la mayoría de los que manifiestan su pesar son sinceros. Muchos lo lamentan pero nadie lo remedia porque es como si fuera el resultado de una catástrofe natural. Quizás lo sea. Todavía el PSOE conserva una ‘O’ en su nombre: era la inicial de ‘obrero’, aquel que trabaja con sus manos y carece de propiedades. Era un partido, como todos los de su linaje, que empleaba la mayor parte de sus esfuerzos en crear conciencia de clase entre aquellos de los que esperaba su participación política y a los que pretendía liberar de unas condiciones de trabajo y de vida francamente mejorables. Compartía preocupaciones, estrategia y tácticas con los demás socialismos europeos, todos ellos parte de un movimiento internacionalista, así se decía entonces, de liberación de la clase obrera.  Pero la sociedad es fluida, cambia. Si no fuera así la política sería inútil.

El siglo XX, sobre todo en sus años centrales, fue el siglo de los socialistas, convertidos en socialdemócratas al optar por la participación política con las condiciones que imponía la democracia burguesa y el abandono de la revolución como objetivo. La opción reformista fue un éxito tan espectacular que, por un lado desacreditó a la alternativa soviética que declinó imparablemente tras el telón y, por otro, acercó la clase obrera a los estándares de vida de las clases medias haciendo difusos sus límites, hasta su práctica desaparición. No hay que olvidar además que al devaluar cualquier alternativa creíble consolidó y expandió la democracia hasta convertirla en el único sistema compatible con el progreso y la dignidad humana. A la vez que esto ocurría una nueva revolución tecnológica, cuyo techo y consecuencias estamos aún lejos de ver, convertía al obrerismo industrial, base y motor del movimiento socialista, en historia.

¿Qué pasó con la conciencia de clase entre unos individuos que se veían ahora formando parte de las clases medias, ya no del antiguo proletariado, vocablo que devino en arcaísmo confinado en los textos canónicos del movimiento obrero? Que se fue diluyendo lentamente. En vista de la fuga de las bases, precisamente por el éxito de su política, algunos socialistas intentaron una transformación (tercera vía de Tony Blair) que les aproximaba al liberalismo. Pero el crecimiento económico y el bienestar parecían imparables en esos años ¿Por qué preocuparse de la política partidaria que cada vez parecía más un juego de profesionales políticos, que los ciudadanos se acostumbraban a observar desde la distancia?

Y en esto llegó la crisis. De hecho las crisis no habían dejado de aparecer puntualmente, como es propio del capitalismo, pero ésta era de las que marcan época; se alimentaba de la revolución tecnológica y de sus efectos secundarios (globalización), como las tormentas tropicales de las altas temperaturas del suelo o del mar.

Los felices ciudadanos que olvidaban su pasado obrero (con éxito, todo hay que decirlo) flotando en el limbo de las clases medias se vieron súbitamente arrojados a los infiernos. Reaccionaron con sorpresa e indignación, pero habían perdido la conciencia de clase, así como el sentimiento de solidaridad y el proyecto de nueva sociedad que traía anejos. Se volvieron contra el stablishment y sus elementos más cercanos: sindicatos, partidos de izquierda, pero también contra otras instituciones, el propio sistema político, la globalización y el progreso tecnológico. En tales circunstancias los predicadores sin escrúpulos y los pescadores en río revuelto han hecho su agosto y los votos de desclasados, trabajadoras en paro o en precario, universitarios subempleados, antiglobalización, etc. han caído en cascada en populismos de diversa catadura (M5S italiano, Podemos…), sin despreciar a la ultraderecha (UKIP británico, FN en Francia…). En las recientes elecciones francesas hemos visto como Le Pen obtenía su crecimiento en los antiguos caladeros socialistas y comunistas.

La crisis económica pasará, pero la conmoción política que se cernía sobre el socialismo desde finales del XX por haber perdido las bases a causa de sus propios éxitos, no. Con la mentalidad pequeñoburguesa recién adquirida, los que lo sostenían antes, lo culpan ahora de sus desgracias. ¿Quién recuerda que fueron las políticas igualitarias, que impulsó la socialdemocracia, las que los había rescatado del proletariado, eso que suena tan rancio, pero que fue tan real.

Da igual la forma que adopte la crisis en cada país y en cada partido concretos. Lo que importa es que por todas partes sus antiguos seguidores encuentran más esperanzas en los populismos o los liberalismos de nuevo cuño. La hora del socialismo parece haber pasado.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Excelente artículo...