14 oct 2008

Reflexiones sobre la democracia (4). El Estado

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Decía Espinoza que el fin del Estado es la libertad; sin embargo, en la historia reciente, pocas veces hemos tenido pruebas de ello: en sus orígenes, el Estado se identificó con la monarquía autoritaria que evolucionó hacia el despotismo; la revolución lo puso en manos de la burguesía, que, utilizándolo en su interés, impidió a otras clases el acceso a su control; los regímenes totalitarios que asolaron la vida política de los europeos en el siglo XX, lo sacralizaron, y arrasaron las libertades en su nombre. En el campo de las ideas, el liberalismo quería –quiere– un Estado reducido a la mínima expresión, lo suficiente para garantizar las libertades mercantiles, pero no tan grande como para que las altere interviniendo en nombre de nada; la izquierda revolucionaria veía en el Estado un instrumento utilizado por unas clases para oprimir a otras y, o bien proponían su inmediata destrucción –anarquistas– o bien pronosticaban su desaparición con la supresión de las clases –marxistas–; el fascismo identificó al Estado con la nación, dirigida de modo totalitario por el partido y concebida como una unidad étnica, de civilización –cuyas raíces había que buscar en un pasado histórico mitificado– que convertía al ciudadano en el peón de un proyecto quimérico al que no le cabía otra alternativa que someterse; el llamado socialismo real –URSS y repúblicas populares– se diferenció del fascismo en que sustituía el mito de la nación por el de la sociedad comunista.


Un panorama siniestro que no ayuda a contemplar al Estado con ojos esperanzados; pero hay otras formas de verlo tan alejadas de su deificación, de raíz hegeliana, como de su minimización, heredera de Smith. A pesar de todas esas desviaciones hoy el Estado es el único garante de los derechos individuales y, por lo tanto, el espinazo, la osamenta de la democracia. Con ella nos hemos convertido en ciudadanos, es decir, en individuos con derechos y, para ejercerlos, necesitamos del Estado, que nos aporta el marco, los instrumentos, la defensa… el medio que los hace reales, tangibles y efectivos.


No hay que descartar un futuro, quizás no muy lejano, en que gocemos –gocen nuestros descendientes– de una democracia universal en la que el Estados no sea más que una reliquia histórica –como son hoy las monarquías– en la que solidas instituciones de ámbito mundial soporten la garantía de los derechos. Hoy por hoy, el debilitamiento del Estado –que ya es perceptible por el efecto combinado de la globalización y la fuerza arrolladora del neoliberalismo, a menos que la actual crisis produzca un giro apreciable– nos deja inermes frente a las grandes corporaciones, que no ven en nosotros a ciudadanos sino a consumidores; las iglesias, que nos consideran rebaños a los que pastorear; los nacionalismos que nos confinan en rediles construidos a base de muros y fronteras; todos interesados, por razones diferentes, en despojarnos de lo que tanto esfuerzo costó conseguir y consolidar: el libre ejercicio de los derechos individuales.


La democracia es posible sin el Estado, pero cuando éste haya desaparecido por la natural evolución de la sociedad política –no absorbido por los aparatos generados por el capitalismo o por fuerzas retrógradas–, entre tanto uno y otro, democracia y Estado se sostienen mutuamente, viviendo en una simbiosis, en un equilibrio, que haríamos bien en mantener.
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Ilustración: GIORGIO DE CHIRICO, Las musas inquietantes. 1916.

13 oct 2008

El papel

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En el proceso histórico en el que nacen y desaparecen civilizaciones y culturas, pensamos que el azar o quizás fuerzas que nos cuesta identificar, impulsan o frenan a unas sobre otras, generando una secuencia que, en apariencia, no parece tener otro motor que la fuerza física o espiritual de sus actores o protagonistas. En los años más oscuros del periodo de la historia que hemos llamado Edad Media –despojándola injustamente de otra personalidad que no sea la de servir de nexo o frontera entre el mundo clásico y el Renacimiento­– floreció y alcanzó un esplendor inusitado la cultura árabe. Su éxito fue tan espectacular que en poco tiempo cubrió un espacio que iba del Indo o el Xin Jian, en el Este, al Atlántico africano o los Pirineos, en el Oeste. Una hazaña explicada tradicionalmente por la fuerza imparable del pueblo árabe convertido, de pastor y caravanero, en ejército incontenible de la nueva fe; pero, descontando ingenuidades, la explicación es a un tiempo más compleja, por la multiplicidad de factores, y más sencilla, porque son menos grandilocuentes y heroicos. Me referiré a uno de ellos tan sólo, en apariencia modestísimo, si nos atenemos a lo que la historiografía al uso nos tiene acostumbrados, pero, de hecho, decisivo: me refiero al invento y la difusión de las técnicas de fabricación del papel.

En la antigüedad el papiro –entramado y prensado de tiras de las hojas de esta planta– y después el pergamino –preparado de pieles finas– habían sido los soportes de la escritura durante siglos en la cuenca mediterránea. El primero frágil y escaso, el segundo excesivamente caro. En el siglo octavo el Islam había entrado en contacto con la civilización china en la ruta de la seda. Antes de que acabara el siglo, en Samarcanda, se fabricaba papel usando técnicas desarrolladas siglos antes en China –T’sai-Lun en el 105 a. de C. inventó un procedimiento que consistía en macerar y prensar una mezcla de cortezas vegetales y trapos–. En el transcurso de un siglo tenemos constancia de que había talleres en Bagdad, Egipto y Córdoba. La lengua árabe, el Corán y la civilización que sustentaron habían encontrado un instrumento de difusión de increíble eficacia. Ni los 400.000 volúmenes que se dice que tenía la biblioteca de Al-Hakan en Córdoba, ni la inigualable brillantez de la cultura, ni la vastísima y fulminante difusión del islam pueden explicarse sin el papel, vehiculo de impensable capacidad para su propagación, casi universal[*].

Una vez más una innovación tecnológica, en apariencia modesta, revolucionó la historia. El mundo cristiano se benefició en la medida de su proximidad al Islam: en España se escribe ya sobre papel un misal mozárabe del Monasterio de Silos, sin duda antes de 1036, fecha en que el rito mozárabe fue sustituido por el gregoriano; en Inglaterra, en cambio, no aparece hasta el s.XIV. Se había superado el cuello de botella que estaba entonces en la dificultad y la escasez de un soporte adecuado para la escritura; a partir de ahora éste abundaba y el freno se trasladó a la lentitud con que podían hacerse las copias, ya que no existía otro procedimiento que el de escribirlas a mano. No se superaría este nuevo reto hasta la invención de la imprenta.

Precisamente la imprenta fue el otro gran salto en la democratización de la cultura y el saber, pero ya los musulmanes no se beneficiaron de ella –llegó a Egipto tres siglos después de que los occidentales la redescubrieran, y por iniciativa de éstos–. Era el tiempo de occidente y la imprenta hizo con ellos lo que el papel con los musulmanes.
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[*] J. von KARABACEK: Papel árabe. Ed Trea. Gijón, 2006
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La dignidad del hombre anuncio

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Ha saltado a la palestra estos días: una autoridad madrileña ha anunciado, valga la redundancia, que se van a tomar medidas para salvaguardar la dignidad de los trabajadores prohibiendo la práctica comercial del hombre anuncio, que han proliferado últimamente en la ciudad. Cierto que resulta lamentable ver a un inmigrante con no muy buen aspecto, mostrando un enorme cartel que reza: COMPRO ORO; sin embargo, el recurso de utilizar el propio cuerpo como soporte de anuncios publicitarios es hoy habitual y, desde luego no degrada a aquellos que los llevan. Los protagonistas son deportistas de todas las especialidades imaginables, actrices, modelos y cualquiera cuya imagen sea reconocible por el gran público. Desde luego no cuelgan de sus hombros el enorme escapulario publicitario que imaginamos cuando pensamos en un hombre anuncio, sino que se fotografían ante paneles cubiertos de publicidad, cubren su ropa deportiva de innumerables logos, exquisitamente diseñados, de aquellas empresas que patrocinan su actividad, o protagonizan sketch en los medios de comunicación, con resultados casi siempre patéticos por su incapacidad para el arte de la interpretación.


¿Qué es lo indigno? ¿Por qué Fernando Alonso puede mostrarse con un mono deportivo en el que no queda un centímetro libre de publicidad, sin perder su dignidad, o Ronaldiño puede hacer el ridículo comiéndose unas natillas, sin merma de su prestigio, y, sin embargo, nos produce vergüenza ajena –de lo que deducimos la indignidad de la situación– cómo alguien porta uno de esos cartelones publicitarios, mal concebidos y de dudoso gusto?


Lo que nos inquieta es la contemplación de la pobreza. Tanto da que se manifieste en alguien que pide limosna en un portal, como en un hombre anuncio. Prohibiendo una u otra cosa no salvaguardamos la dignidad de nadie –eso no se consigue más que haciéndole asequibles los medios con los que atender a sus necesidades– sino que sólo nos protegemos de un espectáculo que nos abochorna.

30 sept 2008

Lo sabemos todo...

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Conocemos la génesis de los acontecimientos, hemos leído, hemos oído, hemos contado mil veces cómo se han contratado las hipotecas basura y cómo han pasado al mercado financiero, actuando como un virus en un medio propicio; sabemos que una élite de ejecutivos irresponsables, pero que reciben sueldos millonarios, bonus fantásticos y ahora, cuando los echan por una gestión nefasta, indemnizaciones de decenas de millones de dólares por sus contratos blindados, han sido los responsables directos por su afán de obtener altísimos beneficios en el más corto plazo; estamos al corriente de que la burbuja especulativa fue posible gracias a la abundancia de liquidez, al dinero barato que inundó los mercados desde que se atajó la crisis de las punto com y de los tigres asiáticos con inyecciones de dinero público, tal y como se está haciendo ahora; nadie ignora que la política de dejar hacer de los gobiernos, impuesta por una minoría de capitalistas jaleados por supuestos sabios de la ciencia económica, ha creado el caldo de cultivo necesario para la catástrofe. Todos sabemos que el desmoronamiento del sistema financiero significa la escasez del crédito y éste el freno de la producción, el paro, los déficit en las haciendas públicas, la reducción o desaparición de las políticas sociales y la miseria.


Se me dirá que, con las variantes propias de los tiempos, todas las crisis se parecen como gotas de agua. Es cierto. Sin embargo, una diferencia clara de la actual sobre las precedentes es que ahora todos lo sabemos todo. En las anteriores los que sufrían las calamidades de la depresión sólo conocían sus efectos. Hoy, por algo estamos en la sociedad de la información, la gran mayoría también conocemos las causas, el desarrollo, los responsables y en cierto modo podríamos predecir las catástrofes que generará. Es más, en otros tiempos sólo podíamos comunicar nuestras ideas, nuestras frustraciones, nuestros deseos a los que teníamos en nuestro entorno físico o, más lejos, utilizando el cauce de partidos, sindicatos u otras asociaciones similares, que a su vez imponían las limitaciones que les convinieran; hoy vivimos la revolución de la información, de la que este medio es ejemplo, y la comunicación no tiene límites. Sin perder un ápice de nuestra individualidad podemos estar al corriente, informarnos exhaustivamente y tomar decisiones prestando nuestro concurso a aquellas acciones que nos interesen.


Estoy convencido (¿será otra ingenuidad?) de que si la crisis, como parece, empieza a sentirse con dureza y se prolonga meses, quizás un año o más, se van a ir generando respuestas, primero localizadas, pero después globalmente, que pueden también ser muy contundentes. Hemos visto ya dos guerras mundiales, una economía global, la crisis global ¿veremos quizás la revolución global?


Siempre he tenido la tonta manía de pensar que el futuro será mejor, porque... otro mundo es posible.

29 sept 2008

La segunda muerte del liberalismo

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Es un hecho que estamos viviendo momentos cruciales para el sistema económico. Parece que el liberalismo con el que se movían los mercados, especialmente los financieros, ha tocado a su fin. Los grandes bancos de inversión, hasta ayer gigantes todopoderosos, convertidos en la bandera de un capitalismo ensoberbecido, caen uno tras otro como fichas de dominó, arrastrando aseguradoras y hasta cajas de ahorros. Puede ser, y yo lo espero porque la alternativa a corto plazo es mucho peor, que las medidas puestas en marcha en USA (con dificultades) y también en Gran Bretaña, frenen el proceso, pero no detendrán cambios importantes, que nos situaran en otro escenario en unos años.


Sin embargo, no hay que exagerar; ésta no es la primera vez que muere el liberalismo. En la segunda mitad del XIX la doctrina, casi recién estrenada, triunfó, obteniendo vitalidad de la enorme actividad que generaba la segunda fase de la revolución industrial (instalación de las redes de ferrocarril, nuevas industrias…). Los días negros vinieron en 1873, la primera gran crisis del sistema, pero su asfixia no llega hasta 1929, que curiosamente también nació en las finanzas. Para salir de la depresión generada por el Crack hubo que romper con todos los dogmas de la no intervención, las políticas keynesianas, como el New Deal americano, firmaron el certificado de defunción del liberalismo. Las dos guerras mundiales que se sucedieron en el XX y sus respectivas posguerras con las necesidades de reconstrucción que implicaban, no hicieron otra cosa que confirmar lo acertado de la intervención estatal.


Como todo termina, también lo hizo esta fase: la crisis de 1973 no respondió a las recetas keynesianas y la siguiente década fue comandada por Thatcher y Reagan en el Reino Unido y en EE.UU. respectivamente, convencidos ambos de las tesis del liberalismo, renacido en algunos círculos académicos (escuela de Chicago) y de los negocios. Empieza entonces el desmantelamiento del Estado de bienestar, las privatizaciones del sector público y la desregulación de los mercados. Había resucitado el liberalismo, al que se unió el prefijo neo para darle apariencia de novedad y justificar un cierto fundamentalismo. Esta vez los nutrientes que le dieron volumen fueron las nuevas condiciones y los negocios nacidos del auge de las nuevas tecnologías. Para colmo, la debacle de la URSS justificaba la desconfianza en el socialismo y desprestigiaba e invalidaba sus tradicionales tesis intervencionistas.


Hoy agoniza de nuevo el liberalismo, de forma escandalosa y poco digna, pero el capitalismo, al que sólo imponía unos retoques, sigue gozando de buena salud, de hecho no existe en el horizonte una doctrina, un sistema alternativo que lo amenace. En 1929 acababa de triunfar la revolución bolchevique en Rusia y amenazaba con extenderse por toda Europa y, aún así, superó todas las dificultades. Hoy las perspectivas para el sistema son más optimistas; tendrá que cambiar de estilista, pero seguirá siendo el mismo.