17 dic 2009

Marruecos y el Sahara Occidental

¿Tiene Marruecos alguna razón para reivindicar el Sahara Occidental como propio? Todos los estados del mundo recurren a la historia para fundamentar la soberanía que ejercen o pretenden ejercer sobre sus territorios. Es una de las razones por las que la desdichada disciplina se falsifica, se tergiversa o se interpreta forzadamente. De hecho los estados nacionales son un invento relativamente reciente en el devenir histórico, pero todos ellos se consideran herederos de fórmulas anteriores, a veces atávicas, y no siempre justificadamente si nos atenemos a una interpretación algo rigurosa de la historia. Por eso aquí nadie está libre de pecado ni de conflictos. Podríamos argumentar que es fácil salir de los atolladeros soberanistas que se presenten preguntando a los habitantes del territorio qué quieren ser; sin embargo, el principio de autodeterminación no está universalmente reconocido: en España no lo está para los territorios en donde existe un problema de este tipo. Por supuesto que hay argumentos sólidos para ambas posiciones.


Marruecos es un vecino difícil para España, o quizás habría que decir que ninguno de los dos hemos sabido encauzar la vecindad por una vía de amistad sin conflictos. Lo cierto es que desde España se le demoniza con frecuencia y con cualquier excusa y probablemente a la inversa. ¿No será que nos cuesta entender sus razones porque no ponemos la empatía necesaria? Que no sea un dechado de auténtica democracia me parece un argumento tramposo, lo son menos otros países con los que mantenemos buenas relaciones y, en todo caso, además de no haber alcanzado nosotros la excelencia en ese tema, hace tan sólo treinta años estábamos peor de lo que hoy está Marruecos ¿Se le olvidó a alguien?

En la Edad Media el Sahara Occidental era tan solo un camino, una de las rutas por las que llegaba al Magreb y a Europa el oro y la sal, dos productos vitales en todas las épocas. En el siglo XI una confederación tribal, los almorávides, imbuidos de fundamentalismo religioso islámico, se hizo con el dominio de la zona y del Magreb y fundaron Marraquech, creando así el nombre de Marruecos y, para muchos, el fundamento de la nación marroquí. Habían salido del Sahara Occidental. Desde ese momento y con los poderes que siguieron, almohades, benimerines y las dinastías herederas (wattásida, saadita y alauí), se controló desde Marruecos mal que bien, total o parcialmente, esa ruta hasta al menos el siglo XVII. Entre tanto la expansión colonial ibérica había creado algún enclave en la costa para que sirviera de apoyo a la navegación, base de la ulterior reclamación española que convertiría en colonia el territorio (finales del XIX).

Es posible que el interés de Marruecos por la zona decayera a la vez que su valor estratégico como ruta del oro y de la sal, y que seguramente aumentó en el momento en que se hizo evidente su riqueza en fosfatos, producto igualmente estratégico y, por si era poco, ahora el petróleo; pero el interés no es algo privativo de los magrebíes, sino que lo encontramos en el género humano sin excepciones, incluidos los saharauis. Lo que no es discutible es que Marruecos mantuvo una relación de dominio o control durante siglos del territorio. Que eso justifique o no su pretensión actual de soberanía es cuestión de opiniones, pero no se puede negar sin más, como algunos pretenden, ¿o acaso Argelia puede alegar más títulos sobre el inmenso territorio del Sáhara que controla, sin que nadie lo cuestione, salvo el de haber formado parte de una misma colonia francesa? Por otra parte, exigir a nuestros vecinos la ejecución del referéndum supondría que nosotros tendríamos que tomar de la misma medicina, aceptando el de Gibraltar o permitiéndolo en Ceuta y Melilla si nos lo piden, por no hablar de otros que todos tenemos en mente.

A mi juicio la posición de España debería ser la de salvaguardar la amistad con Marruecos como objetivo de mayor valor, y presionar desde la amistad para el progreso de los derechos humanos en la zona; la forma de organización territorial no nos compete. Tampoco deberíamos movernos en exceso por un sentimiento extemporáneo de mala conciencia por los abusos de la colonización, que no fueron excesivos, o las incoherencias de la descolonización que ya no está en nuestra mano cambiar.


8 dic 2009

Aminatu

Las personas nos movemos por consideraciones morales, intereses materiales y una infinidad de factores difícilmente identificables, casi nunca hay un imperativo ético que anule a todos los demás, aunque a veces lo presumamos así por el deseo de vernos, o que nos vean, como personas íntegras. Las instituciones que soportan los intereses y los derechos de un amplio colectivo humano no deberían tener estos problemas de conciencia, primero porque la conciencia es individual y, después, porque, en este caso, es más factible objetivar, analizar y depurar fines y métodos. Siempre habrá una zona difusa, de definición vacilante, que dé lugar a conflictos, en donde habrá que resolver según la lógica de esas instituciones, sin confundir sus deberes con los del individuo.

En el caso Haidar, me parece a mí que se está pidiendo al gobierno que se comporte como lo haría un individuo o una ONG, olvidando su especificidad, que le obliga a seguir el imperativo de los intereses generales del Estado, que son su razón de ser. Aminatu Haidar tiene perfecto derecho a inmolarse por lo que considera su patria, pero ni ella ni nadie tiene ninguno para exigir al gobierno de España que sacrifique sus intereses, o los que estime superiores, por acompañarla.

Podemos y debemos criticar la actuación del gobierno de Marruecos que ha violado los derechos humanos al expatriar a la saharaui, incluso presionar para que se la resarza, pero sin perder de vista que mantener unas relaciones amistosas con ese país es de gran valor para España. Los beneficios que obtendremos no serán sólo económicos, si es esto lo que acongoja las conciencias, sino de valor moral mucho más alto: que Marruecos dé por concluida la colaboración en materia de inmigración nos traería de nuevo el drama de las pateras con sus secuelas de muerte y sufrimiento; una mala relación podría relajar al gobierno magrebí en la lucha por cerrar el paso al terrorismo que se desarrolla en el sahel (acaban de secuestrar a tres cooperantes españoles) y cuyo objetivo somos nosotros como occidentales; nuestro vecino, pese a las deficiencias fácilmente observables, está más cerca de los modos democráticos que la mayoría de los países árabes y, puesto que todos nos beneficiamos de su estabilidad política, habría que colaborar en esa línea desde la amistad, con la que se va mucho más lejos que con la presión hostil, ¿son necesarios ejemplos?. No hablo de Ceuta y Melilla ni de intereses económicos porque es innecesario y aburrido insistir en la evidencia.

Existe una mala conciencia por la colonización del Sahara Occidental y por el modo en que se descolonizó que nos lleva a simpatizar con los saharauis y a demonizar a Marruecos. El problema procede de la segunda oleada imperialista, en la que España no participó salvo en lo que entendió necesario para la seguridad de su territorio: el Sahara se contempló entonces como un glacis de seguridad para Canarias; era un desierto transitado por algunas decenas de miles de individuos de organización tribal y sobre el que el rey de Marruecos quizás ejerció, o pretendió ejercer, alguna autoridad en el pasado. La descolonización, forzada por las circunstancias, frustró las esperanzas de los saharauis que aspiraban a construir un estado nacional, imbuidos ya de ciertos valores occidentales, pero posiblemente inviable por su escasa población y la enormidad del territorio (hubiera sido el país menos poblado del mundo). Es razonable que nos sintamos obligados con ellos, pero no hasta el punto de lastrar gravemente la relación con Marruecos, de la que se derivarían bienes superiores.

Siento por Aminatu más compasión que empatía. De hecho creo que no comparto su escala de valores: la dignidad personal, con ser importantísima, no me parece el valor supremo ante el que han de claudicar cualesquiera otros bienes, por ejemplo la seguridad de los propios hijos; el amor a la patria, que en este caso no ha existido más que como un anhelo de reciente implantación en el corazón de algunos, tampoco justifica, a mis ojos, una actitud tan radical; el poco aprecio que parece sentir hacia posibles damnificados por su actitud, aunque hayan mostrado inclinación por ella, tampoco me parece de recibo. Lamentando profundamente su situación, no comparto su actitud.

Por último ¿puede alguien afirmar que detrás de todo esto no hay una maniobra para abortar un acercamiento de posiciones entre el gobierno marroquí y una posible mayoría de saharauis del interior, que parecía haberse iniciado? Nunca lo sabremos, por el ocultismo de Marruecos, que ni siquiera es capaz de darnos un censo del Sáhara, pero también de los saharauis que hacen otro tanto con la población de Tinduf.

1 dic 2009

¿Qué Europa?

Hay gente que escribe porque tiene las ideas claras; otros lo hacen precisamente porque no las tienen y necesitan despejar sus propias incertidumbres; pero hay quien no sólo no tiene certeza alguna al comenzar sino que finalizando comprueba que sus dudas aumentaron. Me ha ocurrido esto con mucha más frecuencia de lo deseable y si no borré lo escrito, tantas veces, fue más por pereza que por honestidad intelectual. Con el tema de hoy me puede ocurrir otro tanto, lo aviso (me aviso) de antemano.

¿Cuántas posibles Europas hay? Contestar que infinitas no es demasiado original pero sí quizás lo más acertado. Si por posible entendemos que tengan posibilidades ciertas de verse realizadas el número se reducirá drásticamente. El problema es que entre lo que nuestra imaginación es capaz de concebir y lo que la realidad ofrece suele haber distancias abismales. Cuando hablo de realidad incluyo en las circunstancias con que nos encontramos las imágenes de los otros, de los que no comparten las nuestras.

A mediados del XIX muchos centroeuropeos se sentían alemanes pero no contaban con un Estado, o mejor dicho, había más de treinta que merecían ese calificativo. Una generación después Alemania era una gran potencia (produce escalofríos esta expresión, a los nacionales de emoción patriótica a los ajenos de temor) y lo había logrado convirtiendo los sueños de los románticos nacionalistas en la pesadilla de tres guerras sucesivas («a sangre y fuego» según expresión de Bismarck, su hacedor). De Italia se puede decir otro tanto, cambiando escenarios y protagonistas. Ambos podrían ser modelos, pero todos rechazaríamos los modos y muchos también el resultado.

Poco antes Napoleón había casi unificado Europa, pero de no ser porque portaba la aureola de la revolución podríamos, por las intenciones, comparar su imperio con el de Hitler. Antes aún, Carlos I (V como emperador) concebía una Europa unida bajo su cetro como la Universitas Christiana de resonancias medievales. Podemos concluir que los antecedentes tampoco son alentadores, pero sí tan grandilocuentes como fracasados.

Cuando después de la guerra se dieron los modestísimos primeros pasos para la unidad la única gran idea era superar la catástrofe. Ahí radicó su éxito. La característica esencial de la UE ha sido siempre la modestia y lo utilitario de cada paso, sin cerrar nunca la posibilidad de avanzar más. Así superó a todos los numerosos intentos de integración surgidos en el mundo, casi siempre estancados a corto plazo cuando no rotundamente fracasados y, aunque con ralentizaciones y crisis, nunca dejó de avanzar. Contó con líderes brillantes, grises mandatarios y hasta opositores poderosos, pero todo fue aprovechado para avanzar con pies de plomo y afianzar posiciones. El manoseado déficit democrático no es más que la cristalización de la reticencia de los propios ciudadanos a desnudar de soberanía a sus Estados; conviene no olvidar que uno de los frenazos y más aguda crisis de todos los sufridos, aún por superar, se produjo por la negativa popular en referéndum a la Constitución en Francia y Holanda y después al Tratado de Reforma en Irlanda. Preocupa a la izquierda la orientación económica, pero no sé de qué otro modo podría ser cuando los Estados socios militan sin excepción en el neoliberalismo; la prioritaria preocupación por el mercado común me parece una de las claves del éxito, no un defecto.

Hoy se da un paso más; después de la ampliación que a muchos pareció excesiva, demasiado rápida o prematura se hacía necesaria una reforma de la arquitectura interior y de los mecanismos; ¿es poco?, ¿demasiado?, ¿mal orientado? Lo importante es que permita seguir adelante. El resultado que vamos obteniendo puede no ajustarse a nuestros sueños, pero al despertar no nos encontramos con una realidad deleznable o inasumible. Los sueños son individuales, de difícil transmisión, podemos vivirlos en soledad; la realidad es el escenario de la convivencia, de lo compartido.





26 nov 2009

La mujer ¿nace o se hace?

La mujer ¿nace o se hace? Simone de Beauvoir ya había contestado mucho antes de que se nos ocurriera preguntarlo, nada menos que medio siglo atrás: «No nacemos mujeres, llegamos a serlo»; y no era una hipérbole o cualquier otro recurso literario, sino que su valor semántico era justo el que enunciaba. Todavía hoy a la inmensa mayoría le parecerá absurda la pregunta; las parejas que van a tener descendencia lo primero que saben de su vástago es el sexo, si es niño o niña ¿cómo no considerar estúpida la cuestión? Quiero aclarar antes de seguir adelante que la demanda podría hacerse igual respecto de un hombre, solo que desde ese parámetro nadie se planteó el asunto ¿por qué será?

En la última mitad de siglo se han tambaleado muchos de los principios en que basábamos nuestra cultura, uno de los últimos es la propia identidad sexual. El movimiento queer la niega rotundamente: las identidades de género, hombre, mujer, homosexual, lesbiana, no son más que constructos sociohistóricos sin fundamento biológico o “natural”.

Cuando sufrimos con más dureza que nunca –seguramente porque somos más conscientes que nunca– los terribles efectos del machismo en su último esfuerzo por salvar el chiringuito patriarcal del naufragio evidente, se nos anuncia, bien adobado con artilugios científicos, que ser macho o hembra es humo; se nos propone la abolición de los sexos. Como solución radical al problema no tiene precio: ¿qué será del machismo si se pone en cuestión la existencia de los machos? Sin embargo la teoría queer va más allá de la preocupación por este problema, que es sólo un síntoma del patriarcalismo; lo que pretende es borrar los límites, los artificiosos (¿?) perfiles,dicen, que nos encasillan forzadamente en una identidad, programándonos en nuestro comportamiento social y arrebatándonos la libertad, las riquísimas posibilidades que como humanos contaríamos desde el nacimiento. El efecto secundario sería la desaparición de los conflictos de género. No es poco, macho… digo… colega.

Si se decretara la abolición de machos, hembras, homosexuales, lesbianas y demás especímenes de la parafernalia sexoidentitaria reinante, yo de acuerdo; al fin y a la postre la edad me ha conferido ya el papel de espectador del circo nuestro de cada día. Por cierto, volviendo a las mujeres, que es con las que empecé, para ser un invento tampoco han estado tan mal ¿o sí?

21 nov 2009

Esclavos

Los romanos usaron la palabra servus, de la que procede siervo y sus derivados; esclavo viene de eslavo, utilizado por los griegos de Bizancio – denominación étnica que acabó por significar la condición jurídica por su abundancia– y de ahí pasó al latín tardío y al árabe. En todo el mundo antiguo la esclavitud fue habitual, incluso llegó a constituir en Grecia y en Roma la base del sistema económico. A partir del siglo III se fue degradando el modo de producción esclavista hasta desembocar en el sistema de servidumbre: los esclavos por un lado y los campesinos libres por otro se habían convertido en colonos, siervos, que quedaron sujetos a la tierra, una forma mitigada de esclavitud. La expansión colonial desde el XVI resucitó con fuerza inusitada esta vergonzante institución, a la vez que desaparecía la servidumbre, hasta que la Ilustración y la formulación de los derechos humanos lo minaron ideológicamente, mientras el capitalismo industrial lo dejaba sin sentido económico. En el XIX quedó fuera de la ley en todo el mundo occidental; hoy sólo se mantiene legalmente en Mauritania.

Pero la esclavitud tiene unas fronteras difusas que han habitado millones de personas: siervos, indígenas bajo el régimen colonial, mujeres, niños, presidiarios, minorías de todo tipo, cautivos… Se puede asegurar que históricamente la mayor parte de la población del mundo ha vivido en situación de esclavitud o semiesclavitud, lo que no dice mucho a favor de la humanidad. Afortunadamente la evolución económica la dejó sin sentido utilitario y la expansión del concepto de ciudadanía la convirtió en despreciable. Tanto las iglesias cristianas como los mulah o ulemas islámicos suelen alardear de haber sido los primeros en la condena de la esclavitud. Nada más falso.

En la Biblia la esclavitud no sólo se presenta como algo natural, sino que en ocasiones Jehová incita a los judíos a masacrar y esclavizar a pueblos enteros. Jesús parece no verla, no pronuncia una sola palabra sobre ella; Pablo, si bien declara que todos somos hijos de Dios, exhorta repetidamente en sus cartas a los esclavos a que acepten su condición, sean sus amos cristianos o paganos, y vean en sus dueños al Señor. Los Padres de la Iglesia hablan de la esclavitud en diversas ocasiones y con varios motivos, pero ninguno se pronuncia en contra. En la Hispania visigoda los concilios de Toledo legislan sobre ella, pero no precisamente para prohibirla o limitarla, en uno de ellos decretaron la esclavización de todos los judíos. No conozco ningún documento de la Iglesia hasta el S. XIX –en que las autoridades civiles la prohíben– que la condene, ni anatematice o repruebe a los que comercian con ella o tienen esclavos. De hecho los monasterios fueron propietarios de esclavos y también los papas y las altas jerarquías de la Iglesia. En América el debate sobre si los indios podían ser sometidos o no a esclavitud se resolvió porque la Corona los consideró súbditos y, por tanto, sometidos a su protección; así y todo, el sistema de encomiendas y la mita fueron instituciones esclavizadoras –fray B. de las Casas, pretendía defender a los indios sugiriendo la importación de esclavos negros–. Por ninguna parte hay trazas de una oposición de la Iglesia, que, en su abyecta exaltación del sufrimiento y la mansedumbre, no encuentra motivos para su condena.

El Islam no sale mejor parado. Alguna frase en el Corán que puede interpretarse favorablemente es desmentida en seguida de palabra y de obra. La institución de la poligamia se convirtió en la excusa para la esclavitud sexual de las mujeres. Ninguna otra cultura ha degradado a la mujer de forma más profunda y generalizada que la islámica, aunque la bobaliconería occidental le haya quitado hierro cubriéndola de literario y romántico exotismo –los califas de la época clásica sostenían harenes de miles de mujeres, todavía visibles hoy (es un decir) en Arabia–. Los musulmanes utilizaron esclavos hasta en la administración y el ejército con lo que mantenían al Estado alejado de los súbditos a los que controlaban despóticamente, como ocurría con los jenízaros turcos capturados de niños entre los cristianos para educarlos como un cuerpo militar de élite. Fueron mercaderes musulmanes los que con un rosario en una mano y el látigo en la otra abastecieron los puertos del índico y del mediterráneo de mercadería humana.

En este asunto de la esclavitud la moral laica, la ética ciudadana, se ha mostrado muy superior a la religiosa.