25 feb. 2011

EE.UU. e Israel


Se sabe que los primeros años de vida son decisivos en la formación de la personalidad de un individuo. No sé si es científicamente lícito trasladar esta evidencia a las comunidades, aunque algunos psicólogos sociales analizan los comportamientos colectivos utilizando las mismas herramientas que el psicoanalista. Es posible que elementos de la idiosincrasia de los pueblos y aspectos de su comportamiento como nación en su devenir histórico puedan explicarse así, sin perjuicio, claro está, de otros condicionantes más generales y primarios.
Los orígenes de Estados Unidos están en el desembarco de los llamados padres peregrinos en las costas de Nueva Inglaterra en el siglo XVII. Eran un grupo de puritanos de la rama calvinista que huían de la guerra de religión desatada en Gran Bretaña y que buscaban la fundación de una nueva Jerusalén en tierras americanas. Hoy no dudaríamos en calificarlos de fundamentalistas religiosos. Su periplo oceánico lo interpretaban como una repetición, como trasunto del de los judíos por el desierto en busca de la tierra prometida. La Sagrada Escritura guiaba sus pasos, no eran otra cosa que el nuevo Israel. Pero, como aquellos, tantos siglos atrás, tendrían que desalojar del nuevo hogar  a sus ilegítimos ocupantes. Como en tantas ocasiones, por fortuna, el mandato divino concordaba con sus intereses: los colonos venían provistos de la moral calvinista del trabajo, de la búsqueda del éxito mediante el esfuerzo personal, en la que los indios no hacían otra cosa que estorbar y, naturalmente, fueron empujados hacia el Oeste y a la postre aniquilados. Designio divino, lean la Biblia. Todavía hoy una porción muy elevada de norteamericanos creen en ella y la interpretan a pies juntillas.

He colocado como ilustración de este artículo una pintura de John Gast, artista americano del XIX, que representa a Columbia, imagen idealizada de mujer que, como la Marianne francesa en el país galo, ésta simboliza a la nación americana avanzando hacia el O., sembrando la civilización y el progreso (colonos, telégrafo, ferrocarril) y empujando hacia las tinieblas a los animales salvajes y a los indios. Es la apoteosis del destino manifiesto teoría de raíces religiosas por la que los norteamericanos han sido señalados por el dedo divino para civilizar América y ocupar como pueblo elegido todo el solar continental desplazando a las razas inferiores, entre las que además de los amerindios están los latinos. El paralelismo con el Israel bíblico es evidente y a los piadosos americanos no se les escapa.

El proceso que en Palestina se ha llevado a cabo durante el siglo XX de penetración de colonos judíos primero y ocupación masiva y militar después, desplazando a la población palestina hasta la penosa y trágica situación actual, es vista por una parte sustancial de la ciudadanía americana, imbuida del mensaje bíblico, como la consecuencia natural y deseable de una situación aberrante, como la consumación del deseo divino para con el pueblo elegido. Además, ¿acaso ellos no han protagonizado en sus orígenes el mismo episodio, repitiendo, como en un ritual, el protagonizado por los primitivos hebreos?

Sin duda los grupos judíos en USA controlan algunas posiciones clave en la economía, la cultura y la sociedad americanas formando un lobby influyente; también es verdad que el antisemitismo es una realidad en una sociedad tan racista como la americana, lo que pugna en sentido contrario; pero, este sentimiento que he tratado de explicar arriba y que tiene su origen en los inicios de la nación americana, transformados en relato mítico, es a mi juicio la única explicación al extraño fenómeno del compromiso inconmovible del Estado americano con Israel frente a los palestinos. La falta de una explicación lógica para tan conmovedora solidaridad se debe a que las razones son de carácter místico, pertenecen a la categoría de los mitos, de las creencias religiosas, en una amalgama que mezcla el nacionalismo con el fundamentalismo religioso y que genera simpatía hacia un pueblo en el que históricamente se miraron como en un espejo: «Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas[…] En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos», escribía el pastor puritano John Cotton aleccionando a sus compatriotas colonos en 1630.

3 comentarios:

jaramos.g dijo...

Extraordinario artículo, a cuyo altísimo nivel ya nos estás acostumbrando. Jeje. Tengo una pregunta, como casi siempre también: ¿no pesaron más en la "fundación" del Estado de Israel (hecha así como a la trágala) motivos de orden geoestratégico?, ¿no se trataba de crear una especie de guarnición "occidental" en aquel ámbito dominado por musulmanes? Saludos, amigo ARC.

A. R. C. dijo...

Es posible, pero cuando se produjo, la región no era para USA todavía una zona demasiado importante. Recuerda que Palestina, con el actual territorio judío era colonia británica. Además la ayuda tan incondicional le ha proporcionado más quebraderos de cabeza con los países árabes que beneficios, o eso creo.
Saludos.

jaramos.g dijo...

Gracias.