6 jun. 2011

Más a propósito de las RR. AA.

La Ilustración, un movimiento que careció de la espectacular eclosión artística del Renacimiento, también de su amenidad, fue la clave que abrió definitivamente las puertas de la modernidad en Occidente. En el XVIII, la universidad, era una institución obsoleta de la que poco se podía esperar en lo que a innovación se refiere, por su anquilosamiento y por el dominio que sobre ella ejercía la Iglesia, que, a esas alturas, era un factor de inmovilismo, cuando no reaccionario, en absoluto de progreso. La iniciativa privada sólo podía venir de las élites ilustradas que deseaban y creían dos cosas: que la felicidad del pueblo sólo la traería el progreso material; y que, éste, sólo encontraría su camino por la vía del laicismo, no en contra, pero si al margen de la Iglesia. Los monarcas absolutos de la época se sintieron impelidos a impulsar y patrocinar el movimiento, convirtiéndolo en eje programático, en lugar de la sujeción exclusiva a intereses dinásticos y el compromiso obsesivo con misiones escatológicas, propios de generaciones anteriores.

El resultado fue la proliferación de instituciones culturales, científicas, económicas… muchas veces patrocinadas por la corona, de ahí el epíteto de real con que se dotan muchas en sus denominaciones. Las “sociedades económicas de amigos del país”, las “reales fábricas”, “el Real Gabinete de Historia Natural” (origen del edificio del Museo del Prado), “jardines botánicos”, “observatorios astronómicos”, y, por supuesto, las “Reales Academias”. Ninguno de ellos tuvieron la menor vinculación con la universidad ni con la Iglesia, aunque a veces participaran clérigos “ilustrados”, que alguno había. No hay duda de que fueron un factor de progreso y modernización y contribuyeron poderosamente a romper la modorra universitaria que seguía dándole vueltas a Aristóteles y Santo Tomás, al “Corpus iuris Ciuilis”  y al “Digesto”, o a las enseñanzas de Hipócrates, como si poco hubiera ocurrido desde entonces. Al  tiempo fijaron la novedosa vocación laica del conocimiento y del progreso, el  cual cambiaba de sentido y de sustancia.

 La presencia de la corona no sólo cubría un vacío que existía en la sociedad civil, sin apenas nervio todavía, sino que reivindicaba el papel del Estado en la formación y como guía de los súbditos (función que antes ejerció la Iglesia). Además proporcionó un factor de centralidad, de racionalidad y de homogeneidad o uniformidad, nada despreciable en el momento en que se formaba el Estado moderno.

Durante el XIX y parte del XX las reales academias languidecieron.

En 1938, plena guerra civil (III año triunfal en la terminología de los rebeldes), el gobierno de Franco creó el Instituto de España, organismo de nombre rimbombante, en su simplicidad, que debería reunir y coordinar a las ocho reales academias. En su proyecto totalitario y centralizador el nuevo Estado quería revitalizar las antiguas instituciones infundiéndoles el espíritu nacionalista de la dictadura. Una buena parte del esfuerzo fue sólo retórica, pero la verdad es que sí que les quedó un cierto tufo nacionalista, como prueba que, con el nacimiento de las autonomías, los gobiernos regionales no hayan resistido la tentación de plantar en sus territorios abundantes esquejes de academias para, con el nacionalismo periférico, combatir el españolista. En 2010 el gobierno central, con discreción, pero seguramente con intención, volvió a legislar sobre el Instituto de España, del que ya nadie se acordaba.

Los tiempos cambiaron. Hoy la universidad ha recobrado parte de su prestigio y, si bien no siempre puede competir con las entidades del capitalismo moderno, lidera al alimón con ellas (en España casi en solitario) el progreso en el conocimiento científico y en la tecnología. En cambio las reales academias dormitan y cuando despiertan nos traen mensajes de otros tiempos, como si sus provectos miembros se empeñaran en contarnos las batallitas de sus años mozos. Esa es la sensación que nos ha producido el “afaire” de la Real de la Historia.

Quizás se pueda justificar su existencia como instrumentos con los que premiar carreras meritorias, como cementerios de elefantes ilustres y sabios, pero todos les pedimos que sean discretas y, por favor, que no molesten. La vida va hoy por otros caminos que nada tienen que ver con dictaduras políticas ni academicismos, que no son sino dictaduras culturales.

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La ilustración es la Real Cédula de 1738 por la que se crea la Real Academia de la Historia.

4 comentarios:

jaramos.g dijo...

Excelente recorrido histórico, de esos que dicen elegantemente la pura y santa verdad, "manque" pese. En el caso concreto de la RAE (y las de otros países "hermanos"), yo creo que la situación es un tanto peculiar, porque su objetivo no toca la investigación, como en las demás, sino el uso: guía e incluso dictamina sobre la manera en que los hablantes del español deben comportarse al hablar y escribir, sin perjuicio de que luego cada uno haga lo que le plazca. Vista así, creo que la RAE tiene una labor interesante (con todas las pegas de detalle que se le puedan poner). Sobre todo por una razón: si no existiera, cumplirían esa misma misión los medios de comunicación, con mucho menos criterio o, mejor dicho, con criterios más interesados y por tanto discutibles. Salud(os).

Mark de Zabaleta dijo...

Explicación clara y directa de la evolución, utilidad y significado de estas peculiares RR.AA....

Saludos
Mark de Zabaleta

Arcadio R. C. dijo...

Llevas razón. En el artículo había incluido un parrafo sobre la RAE, con la que hacía una excepción, pero lo suprimí porque me pareció que quedaba demasiado largo.
Por cierto que he intentado colocar un comentario en tu blog y no lo he conseguido. No se a qué se debe.
Saludos

Arcadio R. C. dijo...

Saludos Mark, gracias por tu visita.