21 jun. 2011

Todos los políticos (no) son iguales

Observo como el frutero de enfrente carga un saco de patatas y una gran bolsa de naranjas y cruza la calle, sin duda para dejarlos en el bar que hay en los bajos de mi casa. El del bar podría haber comprado en el mercado de mayoristas y se habría ahorrado el precio de la intermediación del frutero. Uno u otro podrían, incluso, haber comprado directamente en la plantación. El agricultor, a su vez, obtuvo en el mercado las patatas que utilizó de siembra, más los abonos y productos que él no sabe o no le interesa producir. Puede ser que cuando se dé una vuelta por la ciudad y pase por el bar, tome un pincho de tortilla que habrá sido preparada con sus patatas, sólo que pagará por ellas muchas veces el precio que obtuvo al venderlas. Hay que tener en cuenta que todas estas vueltas que dieron las patatas las dio el dinero, sólo que en sentido inverso y haciendo escala en varias instituciones financieras, generando más gastos y más remuneraciones para otros tantos intermediarios. Nuestra sociedad es así, compleja, pero gracias a ello gozamos de un bienestar infinitamente mejor que el de los primitivos que tenían una economía de autoconsumo. Con todo, muchos optan personalmente por una vida más sencilla, se instalan en el campo renegando de buena parte de artilugios, servicios y demás zarandajas de la vida moderna tecnificada y consumista. Es una opción de vida respetable, pero si, buscando una mejor “calidad de vida”, se generalizara esta actitud, de algún modo daríamos un salto atrás.

La política es la forma que tiene la sociedad de gestionarse.  A economías primitivas y sociedades simples corresponden estructuras políticas igualmente sencillas. Intentar gestionar una sociedad moderna con los instrumentos políticos de los primitivos no es sino un esfuerzo romántico abocado al fracaso o a la falsificación, como los que pretenden vivir en naturaleza pero utilizan los recursos sanitarios, las comunicaciones o la seguridad de la sociedad moderna, de la que, en definitiva, no pueden desprenderse. Somos hijos de nuestro tiempo.

La división del trabajo no es una maldición sino una conquista económica y social. Por lo mismo, la democracia representativa es una conquista política, y es el sistema que se corresponde con nuestras sociedades atestadas y complejas. La democracia directa no es viable ni deseable -la costumbre suiza de consultar en referéndum todo tipo de cuestiones retrasó el sufragio femenino ¡hasta 1971! y en USA la permanencia de la pena de muerte y del derecho a portar armas en muchos estados se debe a lo mismo-. La democracia representativa con el concurso de los partidos como intermediarios introduce flexibilidad en la negociación parlamentaria, permite un mayor control sobre los políticos que se ven sometidos al programa y la disciplina partidarias, estructura y articula los proyectos y permite mayores y más rápidos avances vertebrando a la ciudadanía  y ejerciendo una labor pedagógica, necesaria para romper las inercias conservadoras de las masas y sus excesos puntuales.

Los políticos en democracia tienen una tarea difícil: han de seducir al electorado, pero deben no caer en el populismo; han de cumplir las promesas con las que se comprometieron, pero deben tener la suficiente flexibilidad para adaptarse a las circunstancias, siempre cambiantes; por supuesto deben resistir a las mil formas de la corrupción. Finalmente, por razones obvias, nunca contarán con una adhesión unánime, así que su labor se verá siempre desde algún ángulo como abominable.

Lo bueno y lo malo de la democracia es que los conflictos afloran, se ven y se tocan, lo que crea un permanente estado de zozobra, y los que en todo momento aparecen como protagonistas son los políticos, ¡qué fácil hacerlos cargar con nuestros pecados! Porque todos amamos la libertad, pero la responsabilidad… Sin embargo, no debemos engañarnos, los conflictos existen siempre y si no los vemos es que se han tapado: eso hacen los regímenes autoritarios, creando una falsa sensación de bienestar en la que fácilmente se acomodan las mayorías, aunque se consiga con el aplastamiento de minorías, que devienen invisibles o despreciables.

No es tan difícil llegar a un sistema autoritario, basta con desprestigiar la democracia erosionando sus instituciones. Hay profesionales de eso.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Lo dijo Galbraith, " para manipular eficazmente a la gente, es necesario hacer creer a todos que nadie les manipula"


Saludos

Mark de Zabaleta