14 ene. 2013

Viaje al futuro


Si alejamos la vista de un objeto iremos perdiendo detalles hasta que al final sólo  distinguiremos su silueta, mientras que del color apenas si sabremos si era oscuro o claro; por el contrario, si nos acercamos veremos que se desenfoca, las líneas, antes nítidas y distintas, se multiplican y confunden hasta que, por último, queda reducido a una mancha informe. Ocurre lo mismo con la historia: alejarnos de los acontecimientos nos permite una comprensión global, pero al aumentar la distancia perdemos tantos detalles que la percepción correcta se hace problemática; estar demasiado próximos a ellos nos incapacita para percibir su verdadero sentido, para distinguirlos con claridad y hasta para identificar su dirección. Los contemporáneos rara vez fueron capaces de interpretar con acierto los acontecimientos que protagonizaban, como muestran los testimonios que nos dejaron. En las crisis sentían los trastornos que producían pero ni acertaban con las causas auténticas ni imaginaban siquiera lo que anunciaban.
 Desde la distancia han aprendido los historiadores que hay grandes ciclos en el devenir de la humanidad. Por otra parte, nadie cuestiona ya que los impulsos económicos están en el corazón del discurrir de la historia y son inseparables de las demás manifestaciones de la creación humana, como la hechura de las sociedades, la política, las relaciones internacionales, las construcciones jurídicas y hasta la especulación filosófica o el arte. Una profunda conmoción económica sacude inevitablemente todos los demás elementos del edificio humano. Un nuevo ciclo económico (nuevos modos de producción y de distribución del excedente) abre un nuevo ciclo histórico.
Hace cuarenta años se dio la última crisis de la era industrial: la crisis de la energía; podemos decir ya, con perspectiva de tiempo suficiente, que marcó el principio del fin de la era industrial. Durante unos 80 años, nos dice la historia, entre el XVIII y el XIX se gestó el tránsito del mundo agrario al industrial, produciendo gravísimas conmociones en las mentalidades, en la vida cotidiana, en la política, en las fronteras, en las relaciones internacionales…, con frecuencia violentas, hasta que se hallaron nuevos equilibrios. Así, la que llamamos crisis del petróleo, puede haber abierto la transición a un nuevo ciclo.
Lo cierto es que desde aquella del 73 las crisis han tenido que ver cada vez menos con la industria y sus factores (energía, materias primas, mercados...) y cada vez más con las finanzas, hasta la presente, a la que casi nadie duda en considerar sistémica o estructural, pero que es ya básicamente financiera, anunciando un cambio de paradigma económico. De la misma manera, en el XIX, paulatinamente, las crisis dejaron de ser agrícolas (de subsistencias) para convertirse en industriales.
Bebiendo de la experiencia que nos proporcionó ese precedente, habrá que suponer quizás otros cuarenta años de acomodos (y no son pocos los que se han producido ya), algunos de los cuales, puede que muchos, serán traumáticos; pero,  lo cierto es que la generación que asoma hoy a la vida verá un mundo radicalmente distinto, no necesariamente mejor que el presente, pero sí difícil de imaginar y, por lo mismo, inquietante.
Ante él sólo tenemos preguntas: ¿Cómo serán las relaciones entre el individuo y el nuevo poder POLÍTICO/económico o ECONÓMICO/político? ¿Qué papel jugará Occidente una vez que haya perdido, como parece inevitable, la hegemonía mundial? ¿Se habrán terminado de disipar los Estados actuales por la desagregación de sus partes y la consolidación de las instituciones supranacionales? ¿Espera a España, Reino Unido, Italia, Bélgica… una transformación semejante, aunque menos trágica (esperemos), que a Yugoslavia? ¿Qué lugar ocuparán las civilizaciones históricas (Islam, Oriente, África…), que parecen anunciar nuevos bloques, una vez que se diluya el cemento occidental con el que se fabricó la argamasa  para los primeros pasos de la globalización? ¿O no se disolverá? Y las conquistas sociales y los derechos individuales que parecen haber sido lo mejor de la civilización occidental y de este ciclo ¿se conservarán, se incrementarán o retrocederán?
Estamos demasiado próximos a los hechos para poder ver su potencial y sus querencias; el discurso profético se ha desmontado por la acción abrasiva de la razón sobre el pensamiento mágico; la prospectiva aún no se ha convertido en técnica fiable: más que nunca el futuro es una incógnita. Condenados a ver como se desmorona todo lo que creíamos firme, pero incapaces de atisbar los nuevos pilares, somos presa fácil del vértigo en este inevitable viaje al futuro. 

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Ciertamente sólo nos queda esa posible visión en perspectiva para poder aceptar tanto error....

Saludos
Mark de Zabaleta