10 nov. 2013

Perdiendo el control

El despuntar del capitalismo (baja Edad Media) fue temprano y su arraigo lento, difícil y paulatino, aprovechando las contradicciones del anterior sistema y formación social (feudalismo).
 El poder de los monarcas sólo podía crecer a costa de los nobles, auténticos beneficiarios del feudalismo, pero también principales sostenedores de la monarquía. Para ello los reyes tuvieron que buscar financiación allí donde había dinero: las ciudades (burgos), hogar de la burguesía. El proceso de pactos, complejo, accidentado y titubeante acabó convirtiendo, al cabo de unos siglos, a la nueva clase en protagonista de una revolución que acabaría con las monarquías y todo el sistema feudal.
Un temprano y pintoresco episodio de este proceso fue el protagonizado por Felipe IV de Francia (Felipe Augusto o Felipe el Hermoso) que dio pasos de gigante en la consolidación y prestigio de la monarquía francesa. Acosado por la necesidad de numerario que su política necesitaba expulsó a los judíos (1306,) con lo que no sólo no devolvía las deudas contraídas con ellos sino que confiscaba sus bienes (se echa de menos en España un estudio serio sobre los beneficios de la Corona con la expulsión de 1492). Por las mismas fechas, endeudado gravemente con la orden del Temple y ante su incapacidad para amortizar el préstamo optó por una solución política: disolvió la orden (1307), quemó en la hoguera a sus dirigentes y persiguió a sus miembros con la anuencia del papa Clemente V (un francés elegido bajo su presión) que previamente los había declarado herejes. La campaña propagandística de desprestigio con calumnias descabelladas fue el origen de la leyenda de los templarios que la literatura ha traído hasta nuestros días.  Las prácticas capitalistas incipientes no permitían aún la preeminencia de los capitalistas sobre los políticos.
Doscientos años después, en la cima del autoritarismo monárquico, los dos primeros Austrias españoles (Carlos I y Felipe II) arruinaron a varias generaciones de banqueros europeos que los financiaron (ya no ardían en la hoguera), al tiempo que reducían a Castilla a un yermo económico. Todo ello por una política dinástica desenfrenada, esencia de la monarquía autoritaria. El capitalismo todavía era un instrumento en manos de estadistas poderosos, aunque ya tan peligroso como cuchilla de doble filo.
Donde el Estado territorial no cuajó florecieron constelaciones de repúblicas urbanas gestionadas directamente por comerciantes o banqueros. El caso más notable es el de Venecia que supo construirse un imperio comercial y mantenerse durante varios siglos codeándose con los estados más poderosos, sin perder nunca su condición mercantil. En el Norte las ciudades de la Hansa, urbes de comerciantes, se coaligaron para imponer sus intereses mercantiles frente a las monarquías circundantes. Los Medici de Florencia lucían en su escudo de armas seis roeles que simbolizaban monedas por su primitivo oficio de banqueros; desde la Toscana lograron introducir sus monedas heráldicas en el escudo papal, obtuvieron para la familia nada menos que tres pontificados, y en el de alguna casa reinante (Catalina de Médici regente de Francia) ; sin embargo, al ennoblecerse “traicionaron” sus orígenes: todavía el prestigio de la sangre era mayor que el del dinero.
El capitalismo siguió medrando y ganando posiciones en los siglos siguientes, la expansión colonial es la mejor muestra; pero, en la década de los 30 del S. XX con el New Deal y en los treinta años que siguieron a la Segunda GM, pareció que la democracia social era capaz de mantenerlo a raya en todas partes en beneficio de una ciudadanía celosa de su libertad y sus derechos recién conquistados. Fue un espejismo.
A la salida de la crisis de los setenta el capitalismo se irguió en su pose más dura (neoliberalismo). Se deshizo de su pasada timidez, arrojo lejos cualquier tentación de condescendencia con la socialdemocracia, a la que arrebató programas, vaciándolos de contenido, y líderes, hipnotizándolos con sillones en consejos de administración y en la gerencia de super empresas; movió sus peones para ocupar puestos en los consejos de gobierno, en los bancos centrales y en las instituciones supranacionales que transferían las antiguas prerrogativas de los Estados a un limbo global recién estrenado; desde los departamentos de economía de universidades prestigiosas (financiadas con capital privado) a través de los medios de comunicación más eficaces (en manos del capital) se difunde, como una buena nueva revelada, la virtud esencial del sistema y el fin de la historia y las ideologías, porque el reino del capital ha llegado.
La situación se ha invertido por completo. El capital ejerce el poder sin tapujos colocando como valor supremo, el mercado.  El nuevo Maquiavelo no colocaría a la razón de Estado como horizonte de la acción del príncipe sino el mercado, y su recompensa no sería la gloria del poder sino el disfrute de la riqueza obtenida con la venta de su ciencia y de su conciencia. Las instituciones políticas y los políticos electos son instrumentos del capital, como en otro tiempo fueron instrumentos de la política las instituciones del capital. De la misma manera que las repúblicas mercantiles fueron la excepción a  la regla en el pasado, en los nuevos tiempos la excepción, que ya empieza a antojarse imposible, será una formación en la que el capital esté subordinado a la política.
La vida da muchas vueltas y las pasadas no parecen mejores que la que vivimos, la cuestión será controlar el movimiento, como parecía que conseguíamos por un momento. Pero no, ¡Lo estamos perdiendo otra vez!


No hay comentarios: