9 dic. 2013

Aniversario

He echado cuentas y resulta que he vivido ya algún año más con la Constitución que con Franco, eso sin contar los tres años cruciales en que se fraguó el nuevo régimen (75/78). Se repartan como se repartan lo cierto es que ya pasé el ecuador. Es una satisfacción poder decir que he vivido más tiempo a este lado que a aquel otro.
En tiempos del padrecito, que se autoproclamó caudillo, me agobiaba la idea de no vivir nunca la democracia, de pasar el resto de mis años en la indignidad del autoritarismo. Pero, todo pasa y también pasó el tiempo de la dictadura. Lo expreso de modo impersonal porque sinceramente creo que la voluntad consciente de las personas no fue decisiva. Hubo esforzados que arriesgaron su libertad y su vida, algunos las perdieron, y con su acción empujaron el proceso, pero fueron demasiado pocos. Lo cierto es que si se produjo una transición es porque el impulso decisivo para el cambio provino desde dentro; si hubiera venido de fuera se habría producido la ruptura.
No digo que la acción de la gente no pueda ser decisiva, digo que en este caso fue débil. Por eso me sorprende que se repruebe a las organizaciones donde se encuadraban los pocos que luchaban, tachándolas poco menos que de traidoras; cuando la realidad es que su margen de maniobra estaba lastrado por la inconsistencia de su base y un entorno acomodaticio y falto de criterio..
En los tres años que desembocaron en la Constitución se produjo una situación providencial. La derecha, desde donde se lideraba el proceso (no olvidemos que Suárez pasó de la jefatura del Movimiento a la Jefatura del Gobierno pre o prodemocrático) se desorientó y se fragmentó entre acusaciones cruzadas de traición o inmovilismo, especialmente después de la Ley para la Reforma Política (suicidio del Movimiento), la legalización del PCE, que provocó una grave crisis en el gobierno Suárez, y las primeras elecciones democráticas, que abrieron el camino a la Constitución al convertirse las Cortes elegidas en constituyentes, aunque sólo fuera por la fuerza de los hechos. Todo ello en el crucial año de 1977. Seguramente por eso en las duras negociaciones de la comisión y la ponencia acabaron por imponerse más elementos progresistas de lo que cabía esperar. Cualquiera que lea el texto hoy (no son muchos los que lo hacen) con objetividad se percatará de que la Constitución admite gestiones de gobierno más progresistas que cualquiera de las siete históricas anteriores desde 1812 y también más que los de cualquiera de los gobiernos habidos desde 1978.
Los que desde el progresismo abogan hoy por un cambio constitucional radical no tienen en cuenta, o eso me parece a mí, que: 1) hoy sería imposible, o poco menos, recuperar la atmósfera de consenso que se vivió hace 35 años, por lo que el resultado sería un texto partidario con una perspectiva de permanencia seguramente no  muy superior a la del grupo que la redactara; y 2) el neoliberalismo avasallador de hoy es quien se llevaría el gato al agua, así que habría que irse despidiendo de tantos elementos de progreso que componen el texto actual. No entiendo que desde la izquierda se prefiera hacer tabla rasa y elaborar un nuevo documento.
Paradójicamente el gobierno conservador que nos hemos dado es el menos inclinado al borrón y cuenta nueva. La fobia a los cambios que padece la derecha le lleva a preferir una constante y comprometida tergiversación de los mandatos constitucionales en su beneficio que la pura y simple sustitución. Su miedo al vacío juega a nuestro favor. Aprovechémoslo y actuemos en la oposición cotidiana desde el parlamento y desde la calle para impedir la legislación manipuladora del texto, pero no seamos tan estúpidos de entregarle en bandeja uno nuevo que, sin duda, será más reaccionario que el presente.
El argumento de que esta generación no la ha votado no se sostiene: la última vez que los norteamericanos, inventores de la democracia, votaron una constitución fue en 1777, casi una docena de generaciones atrás; los ingleses, por cierto, no lo hicieron nunca y en la mayor parte de la Europa occidental rigen constituciones más antiguas que la nuestra.
Así pues, en este 35 aniversario lo único que se me ocurre es desearle una larga vida, aunque para eso lógicamente habrá que estar abiertos a hacer retoques de vez en cuando. Por cierto que lo primero que habría que cambiar es el modo de hacer los cambios, oneroso para quien lo emprende y complicado para todos.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un gran artículo de "aniversario" !


Feliz Navidad
Mark de Zabaleta