29 dic. 2013

Ocio y negocio. El mito de la laboriosidad catalana y la holganza andaluza

Los latinos utilizaban el término negotium, que es la negación de otium (ocio), para expresar un quehacer o trabajo. Recurrir a una expresión negativa no es una casualidad sino el reflejo de una cultura que entendía propia de esclavos y libertos cualquier actividad productiva. En el otium se educaban las clases poderosas, como en Grecia, y de él salieron desde tantos logros del arte o la filosofía hasta las empresas militares que construyeron un imperio. El cristianismo no cambió nada al introducir la idea del trabajo como castigo por el pecado original.
Hasta la Edad Moderna no aparece una clase (la burguesía) que empieza a elaborar una ética del trabajo, a elevarlo a la categoría de valor. Solo las clases medias estaban en condiciones de verlo como la clave de su éxito y no como una maldición (campesinos siervos) o un deshonor (nobles). Por último, las revoluciones burguesas no sólo entregaron el poder político a las burguesías sino que también elevaron sus valores particulares a la condición de universales, con ellos su novedosa consideración del trabajo.
Los territorios peninsulares evolucionaron en los siglos pasados de distinto modo. En algunos se marchó pronto hacia un cierto igualitarismo social (Cataluña), pero en otros la evolución histórica se decantó por una gran diferenciación entre los poderosos detentadores de latifundios inmensos y un campesinado cada vez más miserable (Andalucía) En ningún caso se trató de una deriva azarosa o en la que tuviera influencia la voluntad de las gentes, sino que fue fruto de multitud de factores. El caso es que mientras en Cataluña se consolidaba un campesinado medio con la resolución de las guerras remensas, una parte de Andalucía apenas empezaba a recuperarse del caos de la repoblación, tras la conquista (“reconquista”), con un primer proceso de concentración de la propiedad en manos de poderosos nobles favorecidos por la monarquía en los repartos. El fracaso de las primeras repoblaciones y el poder adquirido por la nobleza y la iglesia permitieron que el proceso de concentración de la propiedad y la polarización social fueran creciendo desde entonces, al revés que en Cataluña.
La clase empresarial que enriqueció comercialmente e industrializó a Cataluña procede de aquel campesino medio y estable que se forjó en el esfuerzo personal y entró en el circuito comercial muy pronto; también de los comerciantes y artesanos que poblaban las ciudades mediterráneas a las que enriquecían y se enriquecían con su actividad, sobre todo desde que el poder creciente de los estados hizo retroceder la piratería. Era un mundo precapitalista en el que proliferaron repúblicas urbanas, a veces independientes pero también bajo la soberanía, más o menos pactada, de alguna corona. Un cierto ideal republicano y unos valores más burgueses que nobiliarios dibujaba su perfil ideológico.
Nada que ver con el sur peninsular donde la enormidad del territorio había sido insuficientemente repoblado hacía muy poco tiempo y la antigua población musulmana dispersada o expulsada, desquiciando por completo el sistema productivo y arruinando la agricultura y la actividad artesanal. El papel absolutamente dominante que adquirió la nobleza terrateniente y rentista consolidó y universalizó su sistema de valores. La sociedad entera percibía como modélico el estilo de vida deslumbrante pero ocioso de éste grupo, lo que se reforzaba por la dificultad de medrar con los métodos novedosos del capitalismo incipiente de otros territorios. Cuando comenzó el gran comercio con América desde Sevilla, se hizo como un monopolio de la corona, por lo que no revirtió para nada en el territorio andaluz, salvo en la misma ciudad, donde se instalaban representantes comerciales de toda Europa.
La sociedad andaluza entró en el mundo contemporáneo como una sociedad rural en la que no existía una clase capaz de invertir en actividades productivas, con mentalidad y formación empresarial. El dinero estaba en clases rentistas herederas o imitadoras de la antigua nobleza terrateniente. Los ricos no lo eran por el esfuerzo. Cuestión decisiva porque desarma moralmente a los emprendedores y desanima a todos.
Desde finales del XX las cosas han empezado a cambiar, sobre todo las mentalidades, pero faltan las estructuras y sobre todo el tiempo, mucho tiempo perdido caminando en la dirección equivocada.
El mito de la laboriosidad catalana y el amor a la holganza en Andalucía son eso, un mito, pero su existencia tiene una justificación. Individualmente considerados las diferencias desaparecen, pero sí es cierto que las sociedades tuvieron una evolución diferente que marcó sus respectivas idiosincrasias. Por eso el esfuerzo por la aproximación es necesario, y el peligro del desencuentro real.

3 comentarios:

Manuel Reyes Camacho dijo...

Están muy bien explicadas las causas de una y otra mentalidad y actividad. Pero me ha faltado algo: Es clara la influencia de la Iglesia Católica en la mentalidad andaluza señoritil de que el trabajo es un castigo divino, y por tanto es para los pobres (todo lo contrario que las Iglesias Protestantes), pero ¿cómo influyó la Iglesia en Cataluña?

Mark de Zabaleta dijo...

Excelente artículo. Efectivamente, es mejor buscar soluciones para estos mitos...respetando a todos!


Felñiz 2014

Arcadio R. C. dijo...

Perdona que no te haya contestado antes, pero he tenido un problema en la página que no me permitía hacerlo.
El poco aprecio al trabajo que la iglesia católica ha mostrado históricamente entiendo que es lo general; sin embargo, su función social capital es ser una fuerza conservadora y como tal seguirá los intereses de las clases dominantes sea la nobleza, las clases rentistas o la burguesía industrial. Con la aparición del capitalismo y la generalización del negocio bancario, que había estado en manos judías, la iglesia acabó por olvidar sus anteriores anatemas contra la usura. Se pueden poner mil ejemplos.
Un abrazo.