19 dic. 2013

Dos mejor que una

En los tiempos en que Zapatero andaba enredado en el lío de la reforma del estatuto catalán que él mismo había producido, fui abordado en la calle por una militante del PP que me invitó con entusiasmo digno de mejor causa a firmar “contra Cataluña” en una mesa instalada ex profeso. Cuando hace unos días he leído en la prensa el simposio que intelectuales e historiadores catalanes han celebrado en Barcelona con el lema “España contra Cataluña” no he podido por menos que relacionar ambos sucesos, aparte la estupefacción que me produjo la irresponsabilidad de dos líderes naturales: un partido de gobierno, al que se le supone experto en política y relaciones sociales, y un grupo de intelectuales, supuestamente ligados a la racionalidad y la ciencia.
Quizás en el futuro, cuando tengamos mejor conocimiento sobre la importancia de las emociones en nuestros actos y la relación entre emoción y razón, este tipo de sucesos se controlen mejor. Hoy por hoy, somos demasiado torpes, unos más que otros, para evitar desaguisados tan estúpidos, pero tan graves, como el que se ha perpetrado contra la relación España/Cataluña. Relación tan delicada que no existe un siglo en nuestra historia de los últimos quinientos años (desde que andamos más o menos juntos) que no haya vivido una o más crisis delicadas y peligrosas.
El centralismo siempre es una alternativa frente a la descentralización, si jugamos en el terreno de la racionalidad política. Puede producir tensiones como cualquier confrontación de ideas, desde luego nada que genere una situación incontrolable. Pero cuando el centralismo es la máscara del españolismo y la descentralización la de los nacionalismos periféricos, el choque es difícil de controlar: a las ideas se unen los sentimientos, manipuladores de la realidad, creadores de símbolos, tabúes y espacios sagrados (topográficos, funcionales o ideológicos), por definición intocables.  Se necesita entonces de finura política, de altura de miras, de verdadero liderazgo. Nos hemos encontrado, sin embargo, con un diseño político de trazo grueso, con miradas chatas, con líderes cuyas habilidades no van más allá de las del conductor de rebaños (por cierto que demagogo significa literalmente “el que conduce al pueblo como un rebaño”).
Dicho esto, fijemos la atención en los últimos acontecimientos. El gobierno, en una actitud que no entiendo, ha dejado la iniciativa a los independentistas, que han dado el último paso: fijar los términos y la fecha de la pregunta del polémico referéndum. Dicen de los suicidas que dejan siempre un cabo con el que se puede abortar en última instancia acto tan dramático, y parece que en este caso los catalanistas han actuado del mismo modo, consciente o inconscientemente: la doble pregunta que han ideado sería un intento de frustrar la independencia al borde mismo del abismo. Si las opciones sólo fueran elegir entre el statu quo y la independencia, el descontento actual es tal que muy probablemente se rechazaría la primera. Al proponer una más, que Cataluña sea un estado, sin más especificaciones, se abre la vía para una tercera posibilidad que rechaza la situación presente pero también la independencia. Sin duda la doble pregunta debilita las posibilidades del independentismo y abre una vía para la negociación que el gobierno del Estado no debería ignorar otra vez. Dos mejor que una.
La torpeza de la situación española se hace más evidente cuando se compara con el Reino Unido. Allí la iniciativa no la perdió nunca el gobierno y ante la presión del nacionalismo escocés ha cogido el toro por los cuernos y ha convocado un referéndum imponiendo la pregunta, que en este caso es única y clara: si o no a la independencia. El gobierno británico no ha permitido que se pudra la situación, que crezcan las frustraciones y que engorde el independentismo. La derrota del nacionalismo parece asegurada. En España con la misma pregunta es muy probable que el resultado fuera el contrario, porque aquí sí que hubo putrefacción. La exposición fue demasiado prolongada sin que nadie saliera a su encuentro con inteligencia positiva. Al contrario, se resistió con prepotencia desmañada, lo que sólo sirvió para agravar la situación.
A los mismos que nunca comprendieron el problema, porque únicamente lo encaran desde la perspectiva del nacionalismo españolista, les hemos encargado ahora su solución ¿Cómo van a arreglar algo cuya existencia se niegan a reconocer?  ¿O acaso significa otra cosa su inmovilismo?
Sólo se me ocurre formular una jaculatoria: ¡Que Dios nos ampare! A sabiendas, para los creyentes, de que Dios no se ocupa de política y para los ateos de que no existe.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Lo has dicho claro: Mucha torpeza !

Feliz Navidad
Mark de Zabaleta