17 sept. 2014

España y Cataluña

El catalanismo soberanista se zampa los siglos como rosquillas. De lo que hoy se habla en Cataluña es de 1714 (Guerra de Sucesión) o de 1640 (rebelión de los catalanes) y si me apuráis del matrimonio de Petronila y Ramón Berenguer IV (S. XII), coyunda que inició la vocación peninsular catalana y de cuando le viene la condición de principado, ya que como consorte de la reina de Aragón el conde usó el título de príncipe. En cambio apenas si recuerdan algo del XVIII para acá que no sea la lacra franquista; por cierto, soportada por todos los españoles (y financiada por unos pocos, algunos de los cuales eran catalanes y otros vascos), o aquella ocurrencia de Espartero de bombardear Barcelona desde el puerto cuando la polémica proteccionismo-librecambio (los industriales catalanes exigían proteccionismo, o sea, más Estado).


No he citado todavía el hito más popular en el ‘idilio’ Cataluña- España: la unión matrimonial de Isabel y Fernando (s .XV). En aquel tiempo los monarcas no pertenecían a ningún territorio eran los territorios los que pertenecían a los monarcas; los reyes a lo que pertenecían era a una dinastía. En este caso −eran primos− la misma para los dos: la casa de Trastamara. El matrimonio tuvo buen cuidado de no fusionar sus patrimonios; así que se trató de una Corona con varios Estados que permanecieron independientes entre sí hasta 1714.

Fue una unión asimétrica: Castilla multiplicaba varias veces el volumen demográfico y económico de la Corona de Aragón completa, de la que Cataluña sólo era una parte. La ley de la gravedad también funciona en política, así que el enorme peso de Castilla atrajo a los reyes a su territorio, a su idiosincrasia y se produjo una identificación que hizo que Castilla adoptara la política dinástica como propia. Política de la que los Estados periféricos se desentendieron pero, como no se habían fusionado, tampoco la financiaron. Sólo Castilla soportó el peso inmenso de la política imperial de los Austria (sucesores de los Reyes Católicos). Precisamente la revuelta de los catalanes en 1640 fue porque la corona intentó obligarles a participar (Unión de Armas) en algo (la política exterior) que se entendía en beneficio de todos, en realidad de la dinastía, que, desde luego, era común (la confusión entre intereses dinásticos e intereses nacionales es mal de la época).

 Los Decretos de Nueva Planta (1707/1714) con los que se castigaba a los Estados de la Corona de Aragón por su desafección en la Guerra de Sucesión estableció por vez primera un Estado centralizado en los territorios de la Corona, con la excepción del espacio vasco que había permanecido leal. Con la pérdida de sus libertades medievales quedaban reducidos a provincias y liquidada la confederación en que había consistido la Corona Hispánica desde el XV al XVIII.

Suceso lamentable para el catalanismo en seguida mitigado por los beneficios de la nueva situación: por primera vez se abrían para Cataluña los mercados peninsulares y coloniales. Este suceso unido a otros factores permitió que desde el XVIII hasta nuestros días Cataluña fuera incrementando su peso económico y demográfico relativo frente a Castilla, arrasada por la fiscalidad, la emigración y la guerra endémica de los siglos XVI y XVII.

La tardía industrialización no arraigó en muchos lugares, pero uno de ellos fue Cataluña que se aseguró los mercados peninsulares gracias al proteccionismo más o menos discutido y constante de los gobiernos de Madrid (véase lo dicho arriba sobre Espartero). En el S. XX la situación económica y demográfica con que se había iniciado la unión centralizada (S. XVIII) se había invertido por completo. El centro de gravedad se había desplazado a algunos puntos de la periferia: Cataluña y País Vasco los más importantes. Ahora la ley de la gravedad trabajaba a su favor, atrayendo capitales e inmigrantes, aunque la inercia política siguiera concentrando el poder en Madrid.

La II República y la Transición quisieron compaginar inercia y gravedad inventando el proceso autonómico, que ahora se cuestiona. En el intermedio Franco impuso de nuevo un furibundo centralismo en la toma de decisiones, pero Cataluña no resultó perjudicada económicamente, sino todo lo contrario, como es sabido.

La cuestión es: el peso de Cataluña empezó a ser importante y su riqueza destacada desde que se produjo la unión definitiva en el XVIII, con la pérdida de su constitución medieval, no al revés, como parecería deducirse del discurso soberanista. El ‘España nos roba’, que a efectos de balanza fiscal contemporánea resulta tan discutible, a nivel histórico no tiene fundamento alguno, según demuestran los hechos.

El virtuosismo de los nacionalistas, cualesquiera que sean, en la manipulación histórica es digno de admiración, suponiendo que nos quedaran ganas de admirar algo después de la que está cayendo.

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Interesantes precisiones...

Un cordial saludo

Manuel Reyes Camacho dijo...

Gracias por esta lección de historia que aclara muchas cosas de las que embrollan los nacionalistas.