29 nov. 2014

Memoriza una carta y métela en el montón...

Desde las primeras elecciones democráticas (1977) se vio que el electorado condenaba a la marginalidad al único partido que había mantenido una oposición activa a la dictadura durante casi cuarenta años, el PCE. Las municipales del 79 ratificaron el suceso, aunque el pacto PSOE-PCE sobre el gobierno local lo disimulara −a esas alturas del siglo el estalinismo ya no era una amenaza y, de hecho, el partido español había venido haciendo profesión de fe democrática, condenando a la URSS por los sucesos de Checoeslovaquia y dotándose de instrumentos ideológicos acordes: el eurocomunismo, cuyo esbozo había nacido en Italia (PCI); costó más la puesta al día en la organización que conservó retazos y reflejos estalinistas mucho tiempo−. La mayoría del electorado se situaba claramente en el centro (UCD/PSOE), despreciando la radicalidad, tanto a la derecha (AP/FN) como a la izquierda.


La constatación de que las elecciones se ganan en el centro ha ido produciendo la concentración de opciones en ese espacio, reduciendo la confrontación a un bipartidismo imperfecto. Lo bueno ha sido la estabilidad y una cierta facilidad para la normalización democrática. Lo malo la hipertrofia de los dos partidos que han colonizado espacios crecientes de la administración con la penosa secuela de la corrupción. En resumen, la derecha radical ha sido o absorbida por el PP o arrojada a las tinieblas extraparlamentarias; en la izquierda se  arrinconó a IU y se invisibilizaron otras opciones, con la excepción de las izquierdas nacionalistas, tan beneficiadas por la ley electoral como todos los nacionalismos periféricos.

El proceso se desarrolló con el protagonismo de políticos, ciudadanos, instituciones... Ahora que la crisis política ha estallado sólo se le ven incongruencias y deformaciones y todo el mundo se desentiende de la obra colectiva: nadie estaba allí, y los que son incapaces de negar la evidencia callan. Por eso, como es claro que los jóvenes físicamente no estaban allí, aunque los individuos como agentes políticos personifiquen intereses colectivos perdurables, se han convertido en actores indispensables de la regeneración.

Personas jóvenes no significa ideas nuevas. Las ideas tienen vidas más duraderas y fluidas que los individuos. En realidad los nuevos protagonistas están construyendo su arsenal político en un collage con retazos hallados en el vertedero de la izquierda, engrosado en los últimos tiempos por la ansiedad de encontrar el asidero que impidiera el hundimiento que, como daño colateral, producía la prosperidad. Por ejemplo, Podemos ha resucitado algunos andrajos organizativos del pre estalinismo tuneándolos con las nuevas tecnologías y prácticas sociales en la Red y presentándolos como novedosos y ultrademocráticos sabido es que los adjetivos que se adhieren al vocablo democracia solo sirven en realidad para limitarlo o anularlo. Los politólogos que acaudillan la organización saben además que las sociedades del capitalismo avanzado, que ha desclasado a las capas explotadas, y no por casualidad, son incapaces de sentirse atraídas por una izquierda nítida que diagnostique la situación a la luz de la dialéctica de clases. Así pues, han diseñado una estrategia y un discurso capaz de fascinar no solo a los votantes de la izquierda, claramente insuficientes, sino también a los que depositaban su papeleta en el centro, aunque su ADN ideológico esté muy a la derecha... Y si hay que hacer malabares, se hacen.

Para ganar unas elecciones en el tótum revolútum que vivimos puede ser una estrategia (¿estratagema?) acertada, pero no entiendo qué es lo que está en la mente de sus dirigentes para ‘el día después’. ¿Cómo conservar a la izquierda contentando a la derecha, o viceversa? ¿Cómo conseguir que el cosmos neoliberal (Europa, mercados…) toleren la subversión en uno de sus dominios?

No nos engañemos, los modos de la democracia son educados, amables, civilizados y tolerantes, pero imposibles de utilizar con un programa radical y un discurso incendiario. Si alguien nos hace ver lo contrario es que nos está confundiendo con algún juego de manos. Puede ser divertido, pero es una faena para los embaucados, para los colegas que mostraron las cartas desde el principio y, a la larga, suicida.

Toma una carta y memorízala. Métela en el montón…

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Es un juego de trileros en el que, como dijo Galbraith: "para manipular eficazmente a la gente, es necesario hacer creer a todos que nadie les manipula"...

Saludos