11 dic. 2014

Divagaciones

A estas alturas de la película (cerrando la secuencia 72) si algo me ha quedado claro es que los momentos y las situaciones en que uno puede decir ‘esto está claro’ son escasos. No soy original, lo sé, las filosofías antiguas ya descubrieron la capacidad que tiene la experiencia, o sea, la vejez, para el descubrimiento de la propia ignorancia. Según parece en el único mundo donde pueden encontrarse verdades absolutas es en la matemática que, por cierto,  es criatura de la mente humana con sus leyes y reglas, o eso creo; ni siquiera en la ciencia positiva es posible otra cosa que descubrir verdades parciales siempre sometidas al soplo de un cambio de paradigma. No digamos en las disciplinas sociales a las que muchos niegan incluso la condición científica. Y sin embargo no hay nada que altere más nuestra tranquilidad que la incertidumbre. La naturaleza nos ha fabricado con la semilla de la infelicidad incorporada.


Si la vida es así ¿no sería lícito buscar seguridad por otros medios? Desde luego es lo que hacemos, validando constantemente ‘conocimientos’ de dudoso pedigrí. De ahí que mis verdades ‒puedo decirlo así, con un posesivo‒ no coincidan con las de mi vecino sino por casualidad. ¿Cómo lo hacemos? ¿Con qué criterio? Sin duda postergando la lógica y recurriendo a nuestros intereses, que, por mor de la emotividad, nunca presentaremos en público desnudos sino vestidos o travestidos según las circunstancias del momento y de nuestra conciencia ‒otro artilugio de la mente al que habría que echar de comer aparte, permitidme la expresión.

Tanta complejidad y tan inseguros itinerarios no pueden conducirnos sino al escepticismo como única actitud honesta y la más proclive al descubrimiento de verdades útiles, es decir, compartibles universalmente, no sólo entre los miembros de la tribu.

En la articulación de la sociedad hace tiempo que renunciamos al criterio tribal, que hace referencia a un origen genético común, mítico la mayoría de las veces, pero práctico para el fin que se buscaba. Ahora bien, en la respuesta mental a los desafíos del Mundo, y de nuestro mundo, el que construimos para cobijar nuestra vida social y la confortabilidad de nuestro yo, ahí sí que hacemos tribu en cada paso. Precisamente el pensamiento, que parece tan libre, tan individual y tan ligero, necesita como ninguna otra cosa de báculos y apoyos en hombros ajenos. Por eso es tan insólito encontrar voces independientes. Por eso lo primero que se ve de nuestro pensamiento son los signos de la tribu a la que pertenece. Por eso las verdades universales, verdaderamente útiles por compartibles, son tan difíciles de hallar, o de manejar.

Sólo el escéptico es capaz de ver la relatividad de los emblemas de la tribu propia y de acercarse a la convivencia fuera de ella. Pero en la suya, naturalmente, estará mal visto, especialmente en momentos críticos que es precisamente cuando más falta hace. Dolorosa pero evidente contradicción.

En realidad yo había empezado a teclear con la intención de escribir un poco en torno al problema nacionalista, pero me enredé con la introducción, una cosa son las intenciones y otras los resultados. Seguro que hay una explicación. Mientras la buscamos podríamos reflexionar sobre la diferencia entre ‘esto está claro’, tantas veces escuchado, y ‘aclaremos esto’, tan pocas veces pronunciado con sinceridad. Eso es lo que quería decir.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Ha quedado claro....

¿No?

Saludos