12 nov. 2016

Demagogias y populismos

La democracia también puede ser tiránica. Sin el imperio de los derechos individuales y el respeto sagrado a las minorías la democracia se manifiesta como una tiranía de la mayoría. Así la percibieron y denunciaron algunos antiguos notables (Platón, Aristóteles…), aunque ellos no acertaron a echar de menos los derechos ni de los individuos ni de las minorías, se limitaban a constatar que no había color entre el gobierno de los ilustrados (minoría) y el del populacho ignorante (mayoría). Por eso clamaban contra la demagogia de los politicastros de la época que conducían al pueblo como un rebaño, que es lo que significa la palabra, invirtiendo los términos de la democracia. El perfecto demagogo debe convencer a los apacentados de que se mueven por  iniciativa propia, siguiendo sus propios intereses y sin que nadie los arree.


Yo no logro distinguir entre demagogia y populismo. Si acaso, en el populismo de izquierdas percibimos algo que, con benevolencia, podríamos calificar de doctrina y que ha surgido en un intento de declararse heredero de una izquierda moribunda. Se redime así, o lo intenta, de ser pura táctica para conseguir y conservar el poder. Desde luego, sus referentes ideológicos son cuatro charlatanes emergidos de las aguas del postmodernismo y el postmarxismo; pero, ahí están. El populismo de derechas, la otra demagogia, es más descarnado, es ágrafo y analfabeto. Su último engendro: Trump. Tiene como precedente ilustre en la Europa reciente a Berlusconi y, en España, aunque en tono menor porque no logró alzar vuelo desde lo local, a J. Gil. Como se ve los primeros reclutan a sus líderes en los suburbios del subempleo académico, los últimos son potentados histriónicos fogueados en el mundo del espectáculo televisivo o deportivo. Los nichos ecológicos donde prosperaron son diferentes (justificando en parte que se les apliquen los ya venerables calificativos de izquierda o derecha) pero no sus objetivos, coincidentes en la ambición de poder para satisfacer egos enfermos o necesitados de revancha.

El populismo luce como característica fundamental un maniqueísmo social puerilizante y peligroso que mitifica a un sector, ‘el pueblo’ y demoniza a otro, ‘la casta’, sobre quien se cargan todos los males. Y como a los delincuentes convictos se les priva de ciertos derechos civiles no parece descabellado hacer lo mismo con esos otros enemigos del 'pueblo', tanto más peligrosos porque gozan de libertad. De cualquier forma, aunque no se consumara la pena de privación y todo quede en el pensamiento, llegados a ese punto, ya tendríamos un sector presionado y discriminado. Habríamos llegado a las puertas de la tiranía, pero seguiríamos alardeando de democracia.

Dicen que lo peor de Trump es su imprevisibilidad. En realidad es imprevisible cualquier poder político que se haya obtenido por obra y gracia de la demagogia o el populismo porque nunca sabremos si, enfrentado a la realidad, volverá a la racionalidad, aunque sea en la forma más extrema de su opción, izquierda o derecha, o si nos conducirá por los caminos de la irracionalidad hacia el desastre. El problema es que los demócratas, por una cuestión de principios, nunca los frenarán con acciones extraordinarias, pero ellos, en cambio, tendrán muchos menos escrúpulos para recurrir a la excepcionalidad ya que parten de la puesta en cuestión o de la negación explícita del sistema.

Cuidado, que los votos los carga el diablo.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un artículo muy bien desarrollado...