5 ene. 2017

Cuarenta años después


Alberto Garzón, capturado en la órbita de Podemos a la que arrastró a IU, continúa con sus críticas al papel de la izquierda y del PCE en particular durante la Transición. Son razonadas y serenas, lo que las hace muy efectivas, pero también frías, lo que denota distanciamiento emocional. Le falta empatía con los compañeros que protagonizaron aquella lucha con pasión, entrega y dificultades que en nada desmerecen de las suyas, muy al contrario. Posiblemente este reproche al pasado de su partido para justificar su propia posición no le rinda los réditos que espera porque se basa en la recuperación de remotas esencias, que ¿habrá que decirlo otra vez? no eran democráticas, en el sentido universalmente aceptado hoy. Encerrado en su laberinto no acaba de encontrar una salida airosa.


La juventud adolece de un problema: subestima el pasado; seguramente tanto como lo sobrestimamos los viejos. Pertenezco a la segunda categoría (muy a mi pesar), y digo esto y aquello por si, atendiendo a tal condición, hubiera que aplicar algún descuento a los argumentos que aquí se exponen; también para que se comprenda que buena parte de la petulancia que exhiben los jóvenes dirigentes de la ‘nueva’ izquierda tiene una raíz biológica temporal que un proceso de maduración normal no pueda diluir.

La generación que accede ahora a la política no vivió la Transición, es un pasado que no les pertenece, piensan, y lo repudian. Que los jóvenes de derechas no adopten tan claramente este sentimiento se debe a las actitudes  conservadoras de su sector político, lo que hace que aquello que en su día rechazaban por peligrosamente avanzado, consolidado por el tiempo y la práctica, se convierta en patrimonio a defender. En la izquierda, por el contrario, se dan con intensidad y porfía sentimientos de ruptura para avanzar sin trabas hacia su horizonte utópico de igualdad. Sin embargo no debemos caer en el espejismo de creer que toda esa juventud que rechaza hoy el pasado es de izquierdas, la acompañará siempre o permanecerá en ella mucho tiempo, la mayoría apostatará rendida por la edad o por la mejora de la coyuntura: el afán revolucionario en la lucha por la igualdad suele aflojar a la misma velocidad que sube el PIB. Eso ocurrió desde la Transición hasta 2008, año en que los truenos nos hicieron recordar a Sta. Bárbara.

Pero ¿qué hizo la izquierda entonces (1975/78) para que ahora se le tache de traición o, al menos, de proyecto agotado, digno de ser sepultado en el baúl de los recuerdos? Pactar, buscar acuerdos, desde luego no sin antes haber intentado la ruptura. No sé si por conservadurismo, por inercia, porque temía más a la izquierda que a los restos ajados del franquismo de los setenta, por no resucitar la situación del 36 o por qué, lo cierto es que la gente, digámoslo con la expresión que gusta a la ‘nueva’ izquierda, rechazó nítidamente la ruptura. La obligación de la izquierda en tal situación era buscar el pacto. Conviene no olvidar que si, a casi cuarenta años de distancia, ahora tenemos tan presente la Transición de la que nos separa el mayor periodo de prosperidad que viviéramos jamás los españoles, en el 75, a la misma distancia temporal, se tenía más presente la guerra y la durísima y larga postguerra. El estudio libresco, académico introduce racionalidad en el análisis histórico, pero la vivencia de los acontecimientos construye la emocionalidad que va a conducir nuestros actos en el futuro.

En Portugal, donde no se había vivido una guerra civil pero si una larga dictadura, se había optado muy poco antes por la ruptura democrática. Como consecuencia se vivió un periodo de inestabilidad con experimentos de gobierno comunista, cambios constitucionales, etc., hasta lograr el equilibrio. Invito a que se me diga en qué nuestro vecino nos ha aventajado desde entonces.

En torno al 75 yo era un joven de izquierdas militante y comprometido, en posesión de casi todas las verdades y, como no, convencido de que la ruptura era la única opción aceptable. Hoy me alegro de que la realidad me ganara por la mano.  Así, de este modo, dimos pasos de gigante y no sé si lo que se hubiera ganado de otra manera hubiera compensado lo que se haya perdido de ésta.