13 jun 2015

Erre que erre

De niño me daba risa cada vez que oía aquella hipérbole evangélica  recriminando a los que «ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio». Trataba de imaginar a alguien realmente con una viga en un ojo y me ganaba la hilaridad. Ya no me río porque cada día me encuentro con algún caso tal cual lo dicen las Escrituras. La estrambótica exageración no es del redactor evangélico sino de la vida, que nos regala o castiga a diario con esperpentos del estilo. El desparpajo con que muchos ven los problemas de los demás y, llenos de buena voluntad y una desvergüenza olímpica, aconsejan soluciones, situándose a si mismos fuera del escenario como si fueran cuerpos etéreos, sin nada que ver con este mundo salvo para lo que venga en su beneficio, es para mí un misterio que me tiene embobado. Quizás sea una cualidad de ciertas clases o individuos singulares cuya condición e idiosincrasia no se me alcanzan. La capacidad de análisis tiene su límite en cada mente y en la mía este asunto queda al otro lado.

9 jun 2015

La gran pitada

Los historiadores que  en el futuro analicen la evolución del nacionalismo en Cataluña sin duda apreciarán la incidencia que en el fenómeno ha tenido el Barça y su triunfal andadura de los últimos años. Que el club ha sido un catalizador de intereses políticos es una evidencia imposible de ignorar. Tampoco se puede olvidar, como contrapunto, que el RCD Español se creó para atraer a aficionados no nacionalistas, inmigrantes (charnegos) y que el Real Madrid ha sido identificado con los intereses del Estado o del centralismo. En realidad la mezcla del deporte de masas con la política no es una novedad.

5 jun 2015

Casi que prefiero los corruptos

No sé a qué temo más si a los corruptos o a los puros. Al fin y al cabo los primeros pueden enviarse a la cárcel si sus corruptelas afectaran a las leyes, y si sólo a las conciencias, cargarían con un baldón inhabilitante. A los puros en cambio solo nos los podemos quitar de encima elevándolos a los altares (Gandhi, L. King…), pero desde allí pueden seguir con la monserga ética por los restos. Otra opción, más heavy, es la satanización: Robespierre, un puro donde los haya, fue convertido en demonio por sus adversarios y una historiografía perezosa, con lo que dejó de incordiar (Como nota al margen apuntar que los tres citados fueron sacados de este mundo con violencia; en general se toleran menos que los corruptos que no suelen pasar de la cárcel).

3 jun 2015

El circo

Hay muchos que se muestran encantados con la coyuntura que nos ha tocado vivir este 2015, a la que califican de interesantísima. Pero si, como es costumbre veterana, equiparamos la vida pública a la pista de un circo, este es el momento en que salen los payasos para entretener al respetable mientras se prepara el número siguiente del que entrevemos algún movimiento turbador. Por buenos que sean clowns y augustos, y estos lo son de sobras a juzgar por lo que hacen llorar (de risa o de pena), uno no puede olvidar que después vienen los trapecistas a ponerte el estómago en la garganta, o el lanzador de cuchillos, escalofriante. Para que el símil se acerque más a la realidad consideremos interactivo el espectáculo e imaginémonos esperando los cuchillos que nos cortarán el aliento aunque salven la carne, o subiendo, con el vértigo acuestas, a la altura y fragilidad imposibles del trapecio.

1 jun 2015

Una lección (gratis) de psicopolitología

Estoy por jurarlo, el braceo de Rajoy no es el normal de un registrador de la propiedad. Un braceo corriente empieza en el hombro y se acentúa en la articulación del codo de manera que brazo y antebrazo avanzan juntos en cada paso, aunque más el antebrazo. En el caso que nos ocupa el brazo permanece inmóvil en su posición vertical, más flácido que rígido, mientras el antebrazo oscila con energía arriba y abajo. Digo que no es el de un registrador porque estoy seguro que es sobrevenido, muy probablemente desde que el sujeto comenzó a verse con opciones para el liderazgo, y si algo es Rajoy, aparte de gallego, es registrador, la política, aunque se la haya trabajado, le cae mal. Como camisa de once varas, dirían los antiguos.