9 jun. 2015

La gran pitada

Los historiadores que  en el futuro analicen la evolución del nacionalismo en Cataluña sin duda apreciarán la incidencia que en el fenómeno ha tenido el Barça y su triunfal andadura de los últimos años. Que el club ha sido un catalizador de intereses políticos es una evidencia imposible de ignorar. Tampoco se puede olvidar, como contrapunto, que el RCD Español se creó para atraer a aficionados no nacionalistas, inmigrantes (charnegos) y que el Real Madrid ha sido identificado con los intereses del Estado o del centralismo. En realidad la mezcla del deporte de masas con la política no es una novedad.


Hace casi mil quinientos años, estalló en Constantinopla una revuelta que costó la vida a unas 30.000 personas y amenazó la del emperador Justiniano, después de que casi le costara el trono. Había empezado en el hipódromo donde las carreras de carros despertaban una pasión incontenible y una enorme rivalidad entre equipos (verdes vs. azules), que, inevitablemente, se confundían con antagonismos políticos. El deporte, convertido en espectáculo de masas, es tentador como arma política: en el reino de las emociones multitudinarias la manipulación es golosa y fácil.

Que en la Grecia clásica se interrumpiera la guerra para acudir a las olimpiadas no dice nada de su apoliticismo, sino todo lo contrario (es como si alegáramos la “tregua de Dios” como demostración de apoliticismo en la Iglesia  del Medievo). Entonces los juegos eran una festividad religiosa y la religión una actividad importante de la polis, ejercida por magistrados. En nuestros tiempos la Olimpiada de Berlín de 1936 fue utilizada con descaro por el nazismo para galvanizar los sentimientos de los alemanes hacia el régimen. La de Moscú de 1980 fue boicoteada por los enemigos políticos de la URSS, que montaron una paralela. Son secuelas del encuadre de los atletas por nacionalidad, para lo que nadie ha encontrado alternativa desde que M. de Coubertin pusiera en pie el invento.

En España la Copa del Rey fue antes Copa del Caudillo, Copa del Presidente de la República, y por último, o en principio, Copa del Rey (Alfonso XIII). El afán politizador de las instituciones se mantuvo sin desmayo durante más de un siglo, pero al final la manipulación política del evento se volvió contra el manipulador, con los resultados vistos.

Importe o no la pitada al himno nacional por los hinchas del Barça y el Athletic, lo cierto es que habrá contribuido un poco más al abismo que se abre entre nacionalistas periféricos y el resto, para satisfacción de aquellos. Justo lo contrario de lo que se pretendía cuando se creó el torneo y se situó bajo patronazgo de la Jefatura del Estado. Las circunstancias políticas cambiaron, así que también deben cambiar las instituciones. Es tan sencillo como que la Copa del Rey pase a ser La Copa, sin patronazgo real y sin himno.

Nunca se podrá evitar por completo la politización de actividades ciudadanas, en principio neutrales; quizás ni siquiera sea deseable. Pero sí es bueno que se aparte la confrontación política de escenarios donde lo que domina son las emociones llevadas a punto de ebullición.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Al final lo resumes perfectamente...

Saludos