15 ene. 2010

Haití


La Tierra es un astro maduro, por eso es habitable, pero conserva zonas en las que la desmesura de sus pulsaciones nos retrotrae a otros tiempos geológicos: el Caribe es una de ellas. A tono con los terremotos, volcanes, huracanes y tifones que la habitan o visitan habitualmente, el paisaje humano es igualmente convulso, dicen que por su condición histórica fronteriza, la misma explicación que para los fenómenos naturales; y es que las zonas de contacto, sea entre placas tectónicas, entre masas atmosféricas o entre civilizaciones, generan inestabilidad y fenómenos desmedidos en sus consecuencias, además de inauditos o sorprendentes.

La primera novela que leí de Alejo Carpentier fue El reino de este mundo, una historia fabulosa y veraz, valga la contradicción, de la revolución haitiana; me dejó impactado. Mi falta de familiaridad en aquel entonces con el realismo mágico (lo real-maravilloso según Carpentier) me produjo problemas de comprensión que no mitigaba una familiaridad mayor con el surrealismo. Con el tiempo se ha asentado en mí como un hito en la historia de mis lecturas. El terremoto de Puerto Príncipe, una catástrofe en los límites de la comprensión, me ha recordado aquel libro y me ha movido a ofrecer como homenaje a las víctimas un fragmento en el que A. Carpentier narra la muerte de Henri Christophe, esclavo liberado, antiguo cocinero en Ciudad del Cabo y autoproclamado rey de Haití, en su palacio de Sans Souci, versalles caribeño, abandonado ya por su corte de duques y condes ex esclavos, ante el avance de los mulatos republicanos.


«Pero, en ese momento, la noche se llenó de tambores. Llamándose unos a otros, respondiéndose de montaña en montaña, subiendo de las playas, saliendo de las cavernas, corriendo debajo de los árboles, descendiendo por las quebradas y cauces, tronando los tambores radás, los tambores congós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del Vodú. Era una vasta percusión en redondo, que avanzaba sobre Sans-Souci, apretando el cerco. Un horizonte de truenos que se estrechaba. Una tormenta, cuyo vórtice era, en aquel instante, el trono sin heraldos ni maceros. El rey volvió a su habitación y a su ventana. Ya había comenzado el incendio de sus granjas, de sus alquerías, de sus cañaverales. Ahora, delante de los tambores corría el fuego, saltando de casa en casa, de sembrado en sembrado. Una llamarada se había abierto en el almacén de granos, arrojando tablas rojinegras a la nave de forraje. El viento del norte levantaba la encendida paja de los maizales, trayéndola cada vez más cerca. Sobre las terrazas del palacio caían cenizas ardientes.

Henri Christophe volvió a pensar en la Ciudadela. Ultima Ratio Regum. Mas aquella fortaleza, única en el mundo, era demasiado vasta para un hombre solo, y el monarca no había pensado nunca que un día pudiera verse solo. La sangre de toros que habían bebido aquellas paredes era de recurso infalible para las armas de blancos. Pero esa sangre jamás había sido dirigida contra los negros, que al gritar, muy cerca ya, delante de los incendios en marcha, invocaban Poderes a los que se hacían sacrificios de sangre. Christophe, el reformador, había querido ignorar el vodú, formando a fustazos una casta de señores católicos. Ahora comprendía que los verdaderamente traidores a su causa aquella noche eran San Pedro con su llave, los capuchinos de San Francisco y el negro San Benito, con la Virgen de semblante oscuro y manto azul, y los evangelistas, cuyos libros había hecho besar en cada juramento de fidelidad; los mártires todos a los que mandaba encender cirios que contenían trece monedas de oro. Después de lanzar una mirada de ira a la cúpula blanca de la capilla, llena de imágenes que le volvían la espalda, de signos que se habían pasado al enemigo, el rey pidió ropa limpia y perfumes, hizo salir a las princesas y vistió su más rico traje de ceremonias. Se terció la amplia cinta bicolor, emblema de su investidura, anudándola sobre la empuñadura de la espada. Los tambores estaban tan cerca ya que parecían percutir ahí, detrás de las rejas de la explanada de honor, al pie de la gran escalinata de piedra. En ese momento se incendiaron los espejos del palacio, las copas, los marcos de cristal, el cristal de las copas, el cristal de las lámparas, los vasos, los vidrios, los nácares de las consolas. Las llamas estaban en todas partes, sin que se supiera cuales eran reflejo de las otras. Todos los espejos de Sans-Souci ardían a un tiempo. El edificio entero había desaparecido en ese fuego frío que se ahondaba en la noche, haciendo de cada pared una cisterna de llamas encrespadas.

Casi no se oyó el disparo, porque los tambores estaban ya demasiado cerca. La mano de Christophe soltó el arma, yendo a la sien abierta. Así el cuerpo se levantó todavía, quedando como suspendido en el intento de un paso, antes de desplomarse, de cara delante, con todas sus condecoraciones. Los pajes aparecieron en el umbral de la sala. El rey moría, de bruces en su propia sangre.»

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